viernes, 14 de junio de 2019

Dios no es Alfa ni Omega. Dios es Eternidad

“El amor nunca deja de ser. 
Pero si hay dones de profecía, se acabarán; 
si hay lenguas, cesarán; 
si hay conocimiento, se acabará”.
 (1 Cor 13,8) 


Al hacer lectura de los Evangelios, y no nos pasa con otros textos, tenemos la sensación que lo que leemos está en el horizonte de nuestro presente; y a la vez es pasado; puesto que es un hacho que ya aconteció con respecto al momento en que hacemos lectura de ello. 

Así pues, el Evangelio es un presente porque nos narra un acontecimiento que nuestra mente lo siente como aconteciendo –incluso podemos hacer el ejercicio de la imaginación de visualizarnos inmersos en la escena que se narra- estamos ahí, nos sentimos incluidos, incorporados. 

A su vez es un pasado, porque la razón nos dice que ese acontecimiento ya es historia, ya sucedió, y por más que usemos la imaginación cosa que por lo general no hacemos con ese propósito –que recomiendo- no podemos cambiar nada de lo acontecido. 

Por otra parte, el tiempo futuro no aparece en nuestra conciencia, puesto que desde nuestra perspectiva, desde nuestra situación, mucho de lo que se nos relata no creemos aparezca en nuestra historia venidera. El hecho que cuenta la Escritura, cuenta para sentirnos identificados de momento, o para reciclar el un pasado que nos pasó, pero pocas veces nos sentimos a prepararnos para un futuro que nos puede suceder y de hecho, así sucede, el Evangelio nos pasa y pasará. 

Este extraño prólogo para estas líneas que voy escribiendo, en este mi presente, serán leídas por ti en tu presente, pero para mí serán mi pasado, con la esperanza que en mi futuro tu presente, te sirvan para meditar en tu futuro. 

¡Qué relativo es el tiempo! ¿No te parece? o ¿no será acaso que el tiempo es una simple ilusión, muy útil eso sí, pero sólo ilusión a la final?. 

Lo que si podemos decir, y seguramente será algo que traerá polémica, por la forma categórica de hacer la siguiente afirmación: 

Estamos del todo seguros que el tiempo no existe, no al menos para Dios. Dios no es “Alfa”, Dios no es “Omega”; ni tampoco “Alfa y Omega”. Para Dios no hay principio, ni tampoco fin: Dios es Eternidad. 
“El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. (1 Jn 2,17) 
Albert Einstein nos condujo a través de la física a la relatividad del tiempo, que dio origen a las teorías cuánticas. Sin embargo, no siendo yo un experto en física, ni mucho menos en matemática, me quedo con la noción básica del tiempo: herramienta que nos sirve para medir la presencia de la materia en el espacio. 

La Eternidad no es un período de tiempo, sino un estado, y ese estado es un “siempre”, una “constante”, un “presente”. Dios no “fue”; Dios no “será”; Dios no “es”; Si pensamos a Dios fuera del paradigma del tiempo: Dios es un Dios que siempre “está siendo”. 

Esto respondería a algunas de nuestras preguntas, sobre todo las que son fruto de la desesperación que surge de la tragedia que sacude nuestra “temporal” existencia: ¿Por qué Dios se demora en responder a mis suplicas? ¿Por qué Dios no actuó en estás circunstancia? 

Diremos pues, para explicarlo mejor que, el que está bajo las prerrogativas del tiempo (pasado, presente, futuro) y de las horas y días hace depender su existir y su ser, entonces sufrirá la “demora” de Dios. 

Lo diremos de otro modo: Dios no actuó, en un tiempo pretérito o remoto, nosotros somos los que hemos constatado la acción de Dios en “nuestro pasado” –nuestra historia personal o colectiva- en lo que ya forma parte de nuestro recuerdo (aprendido o no). 

Por otra parte Dios no actuará, en un futuro cercano o lejano, al tiempo que demarco ahora, cuando se mira hacia adelante. Somos nosotros los que “confiamos” y “esperamos” la acción de Dios en un futuro; ese futuro es el nuestro, no el de Dios. 

¿Qué nos queda? 

Entender que Dios “está actuando”, ahora, no porque esté respondiendo a mis suplicas, sino porque Dios estás siendo Dios “en lo que yo digo es mi hoy y mi ahora”. Para Dios no hay nada que se postergue, no deja pendientes para resolverlos en “otro momento”. 
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. (Mt 24,35) 
Tener paciencia para esperar que el la acción de Dios que se está realizando en mi hoy y mi temporalidad, se despliegue en la Eternidad de Dios. 

No desesperar por el tiempo presente, como si no existiera un mañana; y mejor aún: “la Eternidad”; la misma de la que por Cristo y en Cristo soy participe y heredero. 

Es correcta y muy acertada que reza: “Nada es para siempre”

Si, así es, ningún mal que aqueje al ser humano es y dura para siempre, y menos tiempo aqueja al alma, si se hace consciente no hay sufrimiento que tenga en la existencia la última palabra; esa la dice cada uno cuando toma la decisión de no ser por más tiempo víctima de su propia tragedia. Cuando en el tiempo presente, se cae en cuenta que si bien es cierto el dolor es destructivo e impacta con fuerza sobre la vida, éste puede ser aprovechado de forma consciente para expandir la capacidad natural de la esencia humana. 

Sólo el Amor es para siempre 

Y en esta afirmación no hay error, puesto que Dios es Eternidad. Dios no nos “amó”; Dios no nos “amará”: Dios nos está amando. 
"Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor". (1 Cor 13,13) 
En Dios no hay contradicción. 

Yerko Reyes Benavides

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