lunes, 25 de noviembre de 2019

No hay prisa, la Navidad puede esperar

No hay prisa para hacer llegar la Navidad, mas ya se percibe el apuro, sabemos la razón del apremio. 

No es un secreto, más en ello no pensamos, cuando nos sumergimos sin más a este desafuero navideño que no tiene nada que ver con Belén, una estrella en el firmamento, pastores en la noche acurrucados apacentando su rebaño; a una mujer encinta; una familia de camino a la que pilla lejos de casa, el alumbramiento de su hijo; un pesebre, una mula, un buey. 

"Pongamos la navidad” se escucha mucho decir, y no es el apremio de la llegada de diciembre el que  trae el afán, ya ha comenzado a verse esa “navidad” colgada en paredes, postes, plazas, avenidas y comercios. Esta “navidad” se inicia en noviembre, a veces antes, el "espíritu navideño" la mueve, también se mete, antes de tiempo, en algunas casas con el titilar de sus luces rojas, amarillas, azules y verdes. 

Incluso a los templos ha llegado la costumbre, modo y moda de esta navidad: colocar los adornos, luces, guirnaldas, bolas y estrellas. También un árbol decorado hace gala a la entrada de la iglesia. Se escucha con emoción la invitación a participar “en familia” del encendido de las luces en la parroquia (tradición traída de plazas y centros comerciales). Los niños se entusiasman, se dice; una forma de incultura el evangelio, arguyen los más grandes... ¿no será que la realidad es otra? 

No, no hay apuro...ni prisa.. la Navidad puede esperar; mientras, va creciendo la esperanza que, anima y alegra al corazón, ante la inminente llegada del Señor.

No creas, no soy un amargado, o un aguafiestas, ni en nada me asemejo a un Ebenezer Scrooge (personaje del libro: Cuento de Navidad, escrito por Charles Dickens en 1843). 


Quiero todo a su tiempo y quiero tener tiempo para vivirlo en su justo y verdadero significado: la Navidad llegará a este corazón en su momento, pero ahora es el tiempo de Adviento, y en sus días quiero preparar mi ser para un gozo real y hacer de esta Navidad algo sin igual y a todas diferente. 

Quiero detenerme a contemplar cómo se va encendiendo, semana a semana una pequeña luz de esperanza, de amor y confianza en mi corazón y mi mente, y no encandilar mi conciencia con la fantasía de un centenar de luces y estrellas. 

Quiero el sosiego de la noche y en su silencio mirar al cielo, detenerme y con paciencia ver si puedo contemplar en su firmamento la Estrella que a mi espíritu haga emprender el camino que lo lleve al encuentro de aquel Niño nacido en la humildad de un pesebre. 

Quiero ir poco a poco, sin prisa, no tengo apuro, ni tampoco quiero apresurar el momento del encuentro, quiero sentir la nostalgia de su amor que se aviva en este tiempo. 

Quiero dar con la razón que me haga desprenderme de esta comodidad de repetir año a años lo mismo, distraer la pena, embriagar la soledad, harta el vacío con majares de una mesa ocasional dispuesta para la temporada. 

Quiero que se despierte en mí el deseo de trascender, descubrir la razón del porqué todo Dios acogió en su divinidad esta mi humilde humanidad y la hizo suya; y por esa humanidad divinizada y esa divinidad humanizada exaltar mi existir y hacia ella orientar los pasos que me queden. 

Quiero soñar de nuevo; renovar mi esperanza, recuperar el valor para vivir la plenitud de vida que trae a su llegada el Dios hecho hombre. No quiero quedar atrapado en la vanidad de una navidad sin expectación y sin Dios.

No, no hay prisa, la Navidad puede esperar, aunque la otra haya ya llegado; no quiero que vuelva a pasarme, que de tanto apurarla, una vez más se me pase y me quede fuera de la moción espiritual que conlleva su paso sutil. 

Quiero darme tiempo: Bienvenido sea el Adviento. 

Yerko Reyes Benavides

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