domingo, 14 de abril de 2019

Jesús Nazareno


Jesús, Cristo y Señor, al contemplar tu rostro tan herido y tu cuerpo maltratado, no deja de recorrer por todo mí ser una sensación que estremece mi alma hasta la raíz misma de mi fe.  
Es Jesús el hijo de María, su padre fue José el carpintero de Nazaret: ese es el que por todos se entrega:  
Para una nación rescatar, uno sólo ha de morir;
uno ha de ser crucificado para la humanidad redimir.  
Jesús Nazareno, el de mi corazón admirado; castigado hasta no quedar lugar de tu cuerpo sin la señal de una saña que no es humana. 
No proferiste insulto ni reproche alguno; dejaste que sobre ti se vertiera todo el odio que en corazón humano pudiera ser cobijado. 
Tú, mi Jesús, el de Nazaret, te lo quedaste todo, y no te quejaste ni te dejaste quitar, por más golpes que te dieran la voluntad de amar hasta el extremo.  
Tu cuerpo hasta más no poder fue humillado, vejado, avergonzado por la ignominia de esta humanidad, que con un ensañamiento pocas veces visto sobre ti se abalanzó.  
Tú, Nazareno, admirado de mi vida, lo quisiste todo para ti, para que no quedará más en esta humanidad que ya dejabas, un ápice de crueldad sin ser perdonada, y así, en tu compasión ser del todo limpiada: lavada su afrenta.  
Nazareno venerado, te veo llevando la cruz sobre tus hombros, y aunque mi mirada quisiera quitar para no verte, por mi causa castigado, no tengo cómo agradecerte el que por mi hayas muerto y resucitado. 
Nazareno amado, el dolor que en esta vida pueda padecer te lo ofrezco. 
Este sufrimiento mío no se compara con el tuyo por mí recibido, pero si en algo ayuda, estoy dispuesto a caminar contigo una y otra vez hasta los Calvarios donde los amores mueren como semilla en tierra sembrada y renace la esperanza de la Vida Nueva en ti engendrada. 
Amén

Yerko Reyes Benavides

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