jueves, 14 de septiembre de 2023

A Un Paso de la Misericordia

“¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregó al Hijo!
Necesario fue el pecado de Adán
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”

Qué extraños son los recovecos que transita el pensamiento cuando se deja llevar por las ideas e imágenes que van surgiendo en los tiempos de meditación. Pudieran parecer distracciones que interrumpen la buena intención de ejercitar al intelecto y al espíritu en esos ratos de esmerada concentración. Sin embargo, precisos son para caer en cuenta de aquellas verdades que si no se transitasen esos caminos, no descubriría el corazón su necesidad de contemplar y dejarse transforma en ellos.

Lo dicho anteriormente no es una mera abstracción de la mente, sino el resultado de uno de esos “caer en cuenta”. Y ¿qué me di cuenta en esa ocasión? Que en la meditación como ejercicio, no existe pérdida de tiempo, aunque los resultados obtenidos no sean los esperados o planificados…

Un afirmación me rondaba hacía rato en el pensamiento: “Feliz la culpa que mereció tan gran Redentor”. Tal vez te resulte familiar este texto, pues se cita con gran solemnidad en la noche de la Vigilia de Pascua, formando parte del Pregón Pascual que se proclama inmediatamente después de la bendición del fuego con el que es encendido el Cirio, signo de la Resurrección de Cristo.

No he de negar que esta cita, aun siendo de mis favoritas, sólo la estaba dejando retumbar en las paredes de mi alma, cada sábado santo, y aunque mi gusto por ella es innegable, había llegado a un acuerdo tácito, de comprender sin entender; es decir, la frase por si misma se entiende y como se entiende, se deja pasar sin buscar las implicaciones de ésta en la vida personal.

Y, ¿qué se entiende de ella? que es una exclamación de regocijo que alaba la grandeza de Cristo, como el salvador del hombre, que en la fragilidad de su naturaleza es redimido en gratuidad por la oblación del Verbo Encarnado.

Dichoso, no es el pecado, sino dichosa es la persona que es redimida en el amor de Cristo; feliz es el hombre al que en su culpa y pecado no se deja excluido de la liberación que llega por el mismo Dios hecho hombre, quien sometiendo su divinidad a la humildad del siervo, lo hace por su entrega, y junto a él, hijo de Dios.

Justo en el verso anterior del Pregón, se afirma, y admira la contundencia con el que se dice: “necesario fue el pecado de Adán”. Y pensar en esto nos puede dejar en conflicto: ¿Es que el “Exultet” (nombre latino del himno pascual) exalta el pecado? No, no lo hace, suya no es esta afirmación, sino de San Agustín quien resume de esta manera el paralelismo entre Adán y Cristo hecho por San Pablo en la carta a los Romanos (Cfr. Rom 5,12-21).

(Entre paréntesis, una lectura que recomiendo y que yo mismo me vi en la necesidad de hacer y tuve que retomar hacer con la afirmación de san Agustín en mente, llave en mano que abre la puerta para dar cuenta de lo que el Apóstol contempla al encarar a Adán con Cristo).

San Agustín entiende, al interpretar el texto paulino, y con él podemos hacerlo nosotros, aunque nos cueste un poco reconocerlo: sin pecado, no hay necesidad de salvación; sin pecado, no hay necesidad de perdón; sin pecado, no hay redención, ni tampoco redentor.

El eco de la voz del profeta resuena en esta ocasión diciéndonos que la acción del Salvador será la pacificación de la creación entera; pues por su entrega: “de las espadas se forjaran arados y de las lanzas podaderas”. (Cfr. Isaías 2,2-5)

Por cierto, ni Pablo, ni San Agustín nos invitan a pecar, sino a no convertir el pecado en una excusa para justificar, por un lado, la fragilidad de nuestra condición humana; y por otro para anular toda acción de nuestra parte que procura el bien para los demás e incluso el  propio.

Evitar el pecado sigue siendo la consigna para el hombre y la mujer de fe; sólo que la actitud, y una que es profundamente más evangélica, no es la evitación, sino buscar y procurar la bondad del corazón a semejanza del corazón de Jesucristo.


No se equivoca quien ama, erra quien deja de buscar el amor de Dios.

En esta misma Carta, Pablo se descubre a sí mismo en contradicción, una que él afirma no entender: “dejo de hacer el bien que quiero por el mal que no quiero” (Cfr. Romanos 7, 19-25). Sin embargo, esto con lo cual nos podemos sentir identificados, sólo sucede cuando vencido el temor a equivocarse y dominado el sentimiento de culpa, por la fe en Cristo y en virtud a su gracia, se sigue, a pesar de las dificultades y los imprevistos, insistiendo en el camino de su Amor.

Al contrario de lo que creemos, Jesús no nos reprochará de tantas cosas como suponemos; uno sólo será su reproche: habernos sido vencidos por el miedo, dejando de hacer todo cuanto estaba en nuestros manos, para amar a la medida de su amor.

En este quehacer que es el quehacer del que vive el mandamiento de Cristo entregado a los Apóstoles: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Cfr. Juan 13,34.36 ) los brazos cruzados no existen, se ama amando y no evitando pecar; y mientras nuestro amor, en la práctica, se hace semejante al de Jesús, caemos en cuenta que en el amor está presente la misericordia como una de sus manifestaciones más extraordinarias:

Para recibir y para dar…

Ahora entendemos por qué es “feliz la culpa” tal cual como lo afirma san Agustín, porque sin ella no hubiésemos experimentado la plenitud de la Misericordia de Dios que se ha manifestado extraordinariamente en la entrega de Cristo.

No hay cabida al temor en aquel que en verdad ama.

Lo dicho, extraños son los recovecos que transita el pensamiento para traernos a la conciencia de que son muchas los pretextos de los que nos valemos para no arriesgar y justificarnos a nosotros mismo en nuestros temores.

Quizá con ello evitamos la contradicción que reconoce Pablo en su proceder, pero también desaprovechamos la ironía del Amor de Dios, que aun equivocándonos no deja de manifestarse en nosotros, y más se muestra cuanto menos lo merecerlo.

Buscando hacer el bien que quiero, y aunque aparezca el mal que no deseo, incluso ahí, sin mérito de nuestra parte, salimos ganando, pues, al caer en cuenta que hemos errado, quedamos a un paso de la misericordia de Dios, que no evita seguir amándonos.

Yerko Reyes Benavides

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