miércoles, 16 de agosto de 2023

Desafío Espiritual

Nos suele pasar con más frecuencia de lo que pensamos, estar esperando que Dios obre de manera extraordinaria, un suceso por medio del cual, no queden dudas de su acción e intervención en nuestra vida.

Meditando en esta idea, y mirando la propia experiencia, interpelando a las expectativas personales, puedo decir sobre esta intervención, no se trata específicamente de aquello que entra dentro del rango de “milagros”, entendidos estos, como acciones inexplicables para la razón que son obra única de Dios y están más allá de las leyes naturales que rigen nuestra existencia.

No, hay un rango menor, que espera una parte de nuestro ser, que sea la intervención de Dios en el acontecer de nuestros días; que nos deje perplejos, admirados, sobrecogidos, emocionalmente conmovidos, espiritualmente sorprendidos; ese algo que esté fuera de la rutina, de lo aburrido y monótono de lo cotidiano; un destello de gloria, un cántico celestial audible, “un nos sé que” distinto y fuera de lo común, que conmueva al corazón desasosegado y desgastado de más de lo mismo de todos los días.

Sin darnos cuenta, y eso no tiene nada de malo, sino que es un proceso natural de nuestra mente, hacemos cosas en automático; dejamos a la costumbre y al hábito que hagan cosas por nosotros y para nosotros en un desgaste mínimo de conciencia. Este estado automático de la conciencia va desde cosas tan simples como cepillarse los dientes, bañarse o preparar el desayuno, hasta realizar acciones más complejas como sostener conversaciones con otros o realizar las tareas de siempre: caminar, trasladarse de un lugar a otro, escribir, hacer una llamada, trabajar, etc.

¿Te has dado cuenta de esto?

Hay momentos, que no son pocos, en los que estás en un “estado automático de conciencia”: estás, pero no estás; y hasta te pasa, que no suele ser frecuente, hay ocasiones en que caes de repente en cuenta; es decir: te das cuenta; y el estado de conciencia despierta. Despierta la conciencia, que no es aquella que habla cuando estás por hacer algo malo, sino esta que te permite ser consiente de ti mismo en al aquí y el ahora; te ves a ti mismo, un tanto desubicado en lo que estabas haciendo o diciendo, mientras estabas en automático; y hasta sientes la necesidad de pedir disculpas por no haber sido esa tu intención.

Nos resulta familia del dicho “sólo vemos lo que nos conviene” y es una verdad de la sabiduría popular que encuentra su sustento en la ciencia que nos ofrece datos para corroborar que, la capacidad de ver de los ojso es mayor que la selección de datos que hace el cerebro para mostrarnos como visto por ellos.

Esta selección es otro de esos procesos “automáticos” de los que hemos venido hablando. A qué obedece esta selección: intereses personales; preferencias, hábitos, actitudes arraigadas, gustos, motivación, instinto. ¿Podemos cambiar el estado automático de funcionamiento del cerebro? No, este seguirá haciendo su trabajo, es cuestión de economía de recursos psicosomáticos; pero podemos enseñarlo a mirar: haciendo una intervención consciente y re-educando nuestros hábitos, modificando lo que nos interesa y dando prioridad a lo que es relevante para nuestra existencia y naturaleza espiritual.

Dicho con otras palabras, he de desarraigar de mi inconsciente lo que me enseñaron a ver y hacer el esfuerzo consciente de aprender a ver lo que no me enseñaron a ver. Y este es uno de esos grandes desafío que todos hemos de enfrentar en algún punto de este existir nuestro, si queremos experimentar el sosiego espiritual.

Un ejemplo, que no es ejemplo sino situación de vida en muchos: el que está invadido por la tristeza, sólo ve tristeza a su alrededor. ¿Es que desparecieron de su entorno las alegrías? No, siguen estando presentes, sólo que ha elegido – inconscientemente o a veces muy conscientemente – no verlas, ni dejarse tocar por ellas.

Dios es, y Dios está, como las alegrías - mencionadas en el ejemplo - .

“Yo soy el que soy y voy siendo” le dijo a Moisés (Cfr. Éxodo 3,14). “Yo paso por ti” y en mi paso dejo que descubras y percibas mi presencia: le anuncio a Elías que subió a la montaña para contemplar el paso del Señor (Cfr. 1Reyes 19, 9-13).

Jesús mismo es la expresión humana visible de la presencia divina invisible y por su palabra somos transformados: “esto se los he dicho para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a ser plena” (Juan 15,11).

Si no ves a Dios cada día, todos los días, no es capricho de Dios no dejarse ver. ¿Acaso Él puede faltar a su promesa y dejarnos desatendidos tan sólo un día?

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final del mundo” (Mateo 28,20)

Que nuestros ojos vean y que nuestros oídos oigan, y nuestro corazón sea capaz de sentir el amor de Dios, no se declara, ni tampoco es cuestión de suerte o de milagros.

Dicho sea de paso, esta es la manera bíblica y muy de Jesús de hacernos un llamado y enseñarnos a salir del “estado espiritual automático”, en el que también entramos, dejando incontables vacíos en nuestro interior.


El desafío espiritual, propuesto implícitamente hasta ahora, no es tan complicado, se trata de ver y de oír. Ajá, me dirás, eso lo hago todos los días, y hasta con cierta atención. Yo ahora te respondo, lo que haces consciente de lo que ves y de lo que oyes no es todo lo que viste o lo que oíste, hay más. Hemos de educar a la mente para que nos informe aquello otro que la vista vio y el oído oyó y lo descartó, por no corresponder al hábito al que le acostumbramos a percibir en su estado automático.

Hay una práctica muy antigua, ampliamente recomendada por los padres espirituales y los santos, que nosotros hemos menospreciado o hemos desestimado en la práctica: el Examen de Conciencia. Hemos reducido su ejercicio a una mera revisión nocturna en la que enlistamos los pecados cometidos en la jornada, que serán materia para una futura confesión. Ya ves, si no hay confesión entonces no hay revisión y el examen de conciencia sólo desaparece.

Si el examen de conciencia lo entendiéramos como un ejercicio del espíritu y su práctica la asumiéramos no como una revisión, sino como un hacernos conscientes; no de nuestros pecados, sino del paso de Dios en nuestro día a día; cada día estaríamos habidos y buscaríamos caer en cuenta, cómo, en qué o en quién Dios se está haciendo presente.

Un Desafío espiritual para ti: ¿Te atreves?

Quince minutos cada noche, serían suficientes, para contemplar nuestro día, ver y oír, cuaderno en mano, y apuntar aquellas situaciones, acciones o acontecimientos que nos sucedieron en donde, con toda humildad y fe, podemos reconocer y decir sin más, si Dios no hubiese estado ahí: qué hubiese sido de mí.-

Quince días de ejercicio consuetudinario, comenzarán a hacer la diferencia, y permitirán que al día siguiente nuestra vista y nuestro oído estén atentos al paso de Dios por nuestra vida.

Noventa días de ejercicio ininterrumpido, harán de esta práctica un hábito arraigado, y sus frutos no se harán esperar: “su alegría, será nuestra alegría”.

No te desalientes; será la primera tentación a vencer, si te pasa que llegada la noche y después de los quince minutos no haya nada en tu cuaderno. Persevera e insiste; pide al Espíritu Santo el don del discernimiento que deja expuesto al alma el designio de Dios.

Te desafío.

Yerko Reyes Benavides

No hay comentarios.: