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jueves, 29 de octubre de 2020

Bienaventurados, dichosos, felices…

¿Qué dijo Jesús?

La utopía del hombre moderno es alcanzar en vida la máxima felicidad posible. Este deseo lo va a llevar a una búsqueda incesante y en ocasiones desesperada, en la que muchas veces va a fluctuar entre la satisfacción y la frustración y, se prolongará durante toda su vida. 

Este empeño de alcanzar dicha felicidad se lo plantea en términos de esfuerzo, dedicación y constancia pues es de ella su artífice y le permitirá ocasionalmente rasguñar algunos instantes en los que se ha de sentir y sin falsedad o engaño, feliz. 

Esta tanta su necesidad de felicidad que ha llegado a desestimar que esta pueda llegar a ser plena y la ha partido y repartido en pequeños trozos a los que llama “momentos” que de tanto en tanto cada persona logra tener a lo largo de toda su vida. 

Incluso ha llegado a afirmar que la suma de estos breves y fugaces momentos hacen un más plausible mejor que la felicidad como un todo; y aunque esto pueda sonar lógico no logra dar explicación al sufrimiento al que ve como hostil y del que huye despavoridamente: en el dolor la felicidad fenece. 

Lejos queda a esta noción moderna de la felicidad el darle intención, propósito y dirección a lo que a la vida arropa cotidianamente: el sufrimiento; mucho menos entra dentro de su competencia plantearle a la persona un ir más allá de lo inmediato, orientarlo a la trascendencia y buscar la plenitud, pues se queda contenida en lo efímero de un instante al que proclama único y el cual tiene que ser aprovechado ya que quizá no se repita ni vuelva. 

En resumen, hoy día la felicidad se la plantea como una producción personal, un premio al esfuerzo, el pináculo que conquista el hombre exitoso y al que se puede llegar por el empeño y la constancia. Esta felicidad es producida por la acción e intervención de cada uno para ser sentida en esta vida y que no tiene segundas oportunidades ni tampoco mira más allá del instante en el que acontece. 


Cuando Jesús proclama felices, dichoso o afortunados ¿es a esto a lo que se refiere? ¿Esta es la noción de felicidad que promueve Jesús? 

Sin lugar a dudas no, no era a esto y aunque algunas versiones de la Biblia traducen el término griego utilizado en el texto bíblico por “felices” o “dichosos” e incluso “afortunados”, el sentido que recoge el sentir de Jesús y el sentido espiritual bíblico es el de “Bienaventurados” y más específicamente “Bendecidos”. 

Es un verdadero desafío espiritual entenderse, valorarse, sentirse y verse bendecido por Dios en los momentos de tribulación, dolor, enfermedad, tristeza, persecución, abandono, hambre, desconsuelo. La idea de “felicidad” choca de frente con estas realidades que forman parte de la vida y que se hacen presentes y a veces envisten sin compasión a todos sin excepción. 

Entendemos entonces que la intención de Jesús en este discurso de la Montaña es el de abrazar en la bendición de Dios a todos aquellos que han sido y se sienten excluidos de ella. 

Jesús hereda una manera específica de entender la Bendición de Dios, esta está claramente asociada a la felicidad y al bienestar procurado por Dios. Una persona bendecida es aquella que abunda en bienes de todo tipo, familia, posiciones, prestigio y privilegios. Todas estas cosas son señales de bendición y su carencia no apunta directamente a la noción de maldición sino a de ausencia de la Bendición que otorga a Dios a los suyo. Cabe destacar, además, que otro elemento presente en esta noción de bendición es que ésta se recibe como un premio a la fidelidad y la probidad.  

Evidentemente esto deja por fuera a una inmensa mayoría que ve su vida ajena a este don de Dios y no entiende el porqué de sus sufrimientos, pobreza, enfermedad y “humillación”. 

Jesús consciente de esto los llama, los convoca y los congrega; los recoge, los acoge y los asiste. Se sienta a su lado, les concede su tiempo, les comparte los sentimientos de su corazón y les imparte sus enseñanzas; renueva en ellos su ser para sí mismo y su ser para Dios. 

Así pues, Jesús antes de proclamarlos “Bienaventurados” los hace sentirse Bendecidos. 

Nuestro desafío espiritual hoy día sigue siendo el planteado por Jesús en la Bienaventuranzas y es justamente este: sentirnos en todo momento bendecidos por Dios y favorecer que la bendición de Dios alcance a aquellos que viven el dolor, la enfermedad, la pobreza y necesidad, la marginación y la humillación, y en toda clase de tragedia que afecte lo humano y al ser humano. 

Bendecido seas si así lo hicieras. 

Yerko Reyes Benavides

viernes, 23 de octubre de 2020

Lo que Ama Dios

Todos estuvieron de acuerdo, nadie opuso resistencia, ni si quiera de pensamiento cuando Jesús convino que el primer y fundamental mandamiento es “amar a Dios por sobre todas las cosas”. 

Incluso hoy día por más peros o reparos que pongamos a ciertas cosas de la fe, las iglesias o las diversas religiones, todos convendremos como lo hicieron entonces en este elemental mandamiento para la vida de todo creyente. Ninguno opondrá resistencia, por más atractivas que les resulten las cosas de este mundo, que antes que nada y primero que todo ha de estar Dios, aunque esto a la hora de llevarlo práctica deje mucho que desear. 

Ahora bien, la cosa no queda ahí, hay más. Jesús pudo expandirse en consideraciones sobre este mandamiento, explicaciones, formas de hacerlo presente en el cada día, consejos entre otros comedimientos; incluso esperaban que lo hiciera. Como Maestro que era tenido por muchos, no estaban de más las enseñanzas que pudiera ofrecer al respecto del mandamiento dado por Dios a Moisés. 

Hemos acá de hacer una implícita pero necesaria observación: Jesús pocas veces habló, enseñó, o actuó según lo esperado. Una cualidad que lo hace sorprendentemente atrayente nos son tanto sus milagros sino ser completamente impredecible. 

En esta ocasión, también Jesús hace lo que no se esperaba; él trae a consideración un elemento de la ley que a nosotros nos hace eco y al que le damos completamente aprobación, valor y sentido que comparta protagonismo con el Madamiento de la ley de Dios: el amor al prójimo y el amor a sí mismos. 

Como en todo lo de Jesús, hay más, y aquí también lo manifiesta, Jesús no da puntada sin dedal y aunque no le estén requiriendo ese “plus” él ofrece, más al tratarse del mandamiento fundamental. Apela a lo que era sabido por todos pero el olvidado por muchos, dice Jesús: “Y el segundo, es semejante al primero: amaras a tu prójimo como a ti mismo”. 

Aquí hacemos una breve aclaratoria, Jesús no se inventa este mandamiento “segundo”, ya estaba establecido como ley para todo Israelita, el libro de Levítico da fe de ello (Cf Lv 19,18). Sin embargo, al ser un precepto y no un mandamiento muchos lo pasaban por alto desestimando su fundamental valía. 


¿Por qué, pues, Jesús se toma la atribución de equiparar este precepto con el primer mandamiento de la ley de Dios? 

No entraremos en la polémica si Jesús tenía o no autoridad para equiparar este precepto con los mandamientos y sobre todo tratándose del principal, el primero y el más importante. Los mandamientos proceden de Dios, y sólo Dios puede cambiarlos, modificarlos, transformarlos o incluso eliminarlos. 

Si los Israelitas en el justo instante histórico en que esto está aconteciendo tenían o no conciencia de que Jesús era el Hijo de Dios vivo, Verdadero Dios, es debatible, sin embargo, ni si quiera el doctor de la ley tiene inconveniente en convalidar el planteamiento de Jesús pues se presenta como válido, oportuno y necesario (más ahora en nuestro tiempo). 

Por otra parte, también podemos apelar para dar explicación esto, a lo que nos señala el Apóstol Juan: No podemos decir que amamos a Dios al que no vemos si no amamos al prójimo a quien si vemos (Cfr 1Jn 4, 20) y mucho menos se hace creíble aquella misma afirmación si ni si quiera existe en nosotros el amor propio. 

Unido a este argumento, hay otro que en lo personal me es mucho más sugerente y con el cual damos cierre a este escrito, porque la reflexión queda abierta. 

Para explicarlo sin ir a conceptuaciones teóricas, me valgo de esta anécdota: Un día conversando con un amigo le pregunté cómo iba su matrimonio, entre las cosas que me digo me quedé con una de la cual me valgo y que me ha servido de mucho; me dijo: “para amar a mi esposa como ella se merece he tenido que aprender a amar hasta al gato que tenía antes de casarnos”. 

¿Por qué enlaza Jesús estos dos mandamientos? 

El amor no se teoriza, se da y se recibe. 

En el planteamiento de Jesús hay más que solo ideas, nociones o conceptos; hay una vivencia, una experiencia intima de reciprocidad, una relación y una realización. 

Así pues, y valiéndonos de lo anterior, diremos: para amar a Dios como Dios lo merece hemos de amar lo que Él ama. 

No será para nada difícil la conclusión de esta reflexión que la dejo en tus manos. 

¿Qué ama Dios para que yo lo ame como él lo ama, y amándolo lo ame a él por encima de todo? 

Yerko Reyes Benavides

domingo, 23 de agosto de 2020

¿Quién dices que soy yo?

Meditando estaba el texto del Evangelio, y de repente me surge una inquietud: ¿cuántas veces he leído la Biblia completamente, desde el “En el principio” (Gn 1,1) hasta el “Amén” del final (Ap 22,21) sin saltarme ni uno solo de sus versículos, capítulos y libros? 

A mi memoria llega el recuerdo de al menos un intento, hace mucho tiempo ya, en la época de la universidad. Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, pasaron sin esfuerzo delante de mis ojos. Josué, Jueces, Rut, Samuel 1 y 2 junto con 1 y 2 de Reyes, fueron un paseo de delicias bíblicas; pero, al llegar a 1 de Crónicas… las Crónicas se me volvieron una piedra dura de romper… y si mal no recuerdo, hasta ahí llegó ese primer intento. 

No todo quedó saldado, luego vinieron algunos otros intentos, quizá no tan sistemático como quiso ser el primero, pero de salto en salto, aparecieron los libros proféticos y sapienciales: Job y el Cantar de los Cantares, joyas de la literatura bíblica, Isaías y Jeremías quienes, en lo personal, estremecen siempre  para que me levante y siga, el sillón donde pretendo permanecer en devoto confort. 

Entretenido en esos pensamientos, apareció una segunda inquietud: ¿Qué hay de los Evangelios? De eso, doy fe que a los cuatro los he leído “de pe a pa”. Cómo no iba a leer los únicos libros que me hablan de aquel que llamó mi atención y del que quise conocer antes que a la religión misma: Jesús de Nazareth. 
Si soy creyente, es por Jesús; si soy cristiano, es por Cristo… y si soy católico es por decisión y convicción. 
A la fe llegué atraído por la presencia y la persona de Jesús, y mucho antes de entender que aquello que leía era Palabra de Dios, para mí, era el lugar que me permitía conocer de primera mano a aquel quien me había cautivado. Así que, sí, los cuatro Evangelios, no una sino muchas veces, puesto que a pesar de haber leído reiteradas veces a Marcos, Mateo, Lucas y Juan, todavía siento con la misma intensidad la necesidad de conocer por medio del testimonio de ellos -que históricamente estuvieron cerca- a Jesús, pues todavía hay mucho que descubrir allí, por ellos, de Él. 


Jesús un día, caminado en la compañía de sus amigos, los discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? 

Las respuestas ofrecidas por ellos, estuvieron dentro del estándar de los que no tienen idea de quien se trata Jesús: Juan el Bautista, un Profeta como de los de antaño, Elías que ha vuelto… y algunos (creo, pero el autor del Evangelio no lo puso por puro respeto) quizá la mayoría dirían: perdón, ¿de quién qué cosa? 

Aquel cuestionamiento era, tan sólo el aperitivo, al plato fuerte: 
¿Y ustedes quién dicen que soy yo? 
Y antes que nuestra memoria nos lleve automáticamente a la respuesta dada por Pedro, detengamos el impulso y pensemos antes: 

¿Cabe hoy día, seguir preguntándose sobre quien dice la gente que es Jesús? y más importante aún: ¿tiene sentido volver una vez más a responder a la pregunta “y tú quién dices que soy yo, más cuando ya hemos respondido en tantas otras ocasiones? 

Por otra parte, y sin olvidar esto que es de suma importancia: ¿no se necesita conocer primero a alguien para poder responder sin equivoco a esa pregunta? 

Indudablemente, así es. 

Durante mucho tiempo he intentado responder por mí mismo a esa pregunta. Y lo he hecho de variadas maneras, teniendo en cuentas diversos criterios, posturas, nociones, contextos, argumentos, elementos y también dimensiones, incluso en la variedad de los propios sentimientos y estados de ánimo. Sin embargo, no importa cuántas veces haya respondido personalmente a esta pregunta que hace el mismo Jesús sobre si; siempre surge la necesidad de ir a la fuente por más. 

Más argumentos, más experiencias, más nociones, más conocimiento, más investigación, más reflexión, más meditación, más contacto, más oración… y agrego un elemento que estuvo ausente durante mucho tiempo: más fe. 

Y ahora desde la fe, vuelves al Evangelio a buscar a Jesús, hombre y Dios. 

¿Te animas? 

Ten en cuenta que la respuesta de Pedro, no fue dada desde su intelecto, experiencia o conocimiento. Tampoco fue dada desde su emoción o sentimientos hacia Jesús. Y aunque mente y corazón estuvieran en sintonía, fue desde su fe que él responde y no le tiembla la voz al hacerlo. 

Esta respuesta, inspirada, movida y sustentada en por su fe, la convierte en única, intima, espiritual y suya; exclusiva. De ahí la necesidad de volver a la Palabra, siempre y en todo momento pues, es alimento y sustento de nuestra fe, sin la cual no hay respuesta posible que nos ponga delante de Jesús, y él mirándonos con amor a los ojos nos defina. 

¿Quién dices que soy yo? 

Yerko Reyes Benavides

domingo, 26 de julio de 2020

Ligeros de Equipaje

La vida es un viaje que se hace ligero de equipaje. Seguramente en algún momento te has tropezado con esta frase o alguna otra semejante, has empatizado con ella, pero de ahí no has pasado. 

Un día mirando la televisión me quedé pensando, si una persona comprara tan sólo la mitad de las cosas que se ofrecen por este medio, no tendría lugar para almacenar tantas cosas que vienen con la “supuesta promesa” de hacer la vida más sencilla y por ende y también por suma, más feliz. 

Los armarios se va llenando de cacharros polvorientos; los closets de ropa que no se usa, los gabinetes de la cocina de aparatos que no hacen más rica la comida y la casa deja de ser un hogar para convertirse en un almacén, incluso de personas. 

El tener se vuelve una obsesión y a muchos les da prácticamente lo mismo si son cosas, títulos, dinero o personas. El acumular se vuelve el propósito del vivir y el buscar, el explorar, el crear e incluso el aprender se asume como actividades de fin de semana. 

Dos son las tentaciones a las que el hombre de hoy sucumbe fácilmente: darle importancia a lo que no tiene y pensar que lo que tiene lo define. En ambas situaciones la persona llena su equipaje de lo superfluo y se hace esclavo de lo que le es dado como recurso para realizar su viaje por la vida; el medio lo convierte en el fin de su existir y la felicidad se transforma en su mayor utopía. 

La búsqueda como acción define al ser humano; está escrita en su naturaleza, de puño de su Creador; es, en otras palabras, el ADN de su esencia biológica y espiritual. El ser humano no alcanzará la plenitud de su existencia si no es en constante, continua y perseverante búsqueda, incluso después de haber encontrado. 

La tercera tentación del hombre actual es dejar de buscar luego de haber encontrado. Quien cree que por estar ya casado no necesita seguir buscando enamorar y enamorarse de su esposo o esposa, hunde las bases de su vida familiar en la arena. El que piensa que ya no necesita seguir buscando luego de haberse titulado, termina prendiéndole velas al diploma que colgó en la pared; por mencionar un par de ejemplos. 

En el otro extremo de este hilo, están los que, ahora por moda o por tendencia se declaran abiertamente “imperfectos”. Me dan pánico y terror aquellos que se definen a sí mismos “orgulloso de ser imperfecto” o “imperfectamente feliz”. ¿En serio? 

Eso es sólo un pretexto para esconder la pereza de buscar, de crecer y anhelar ser cada vez mejores; de descubrir en su humanidad nuevas posibilidades para expresar su ser, su sentir y su existir; la desfachatez de exigir de los demás una inmerecida aceptación y la indolencia espiritual de ni si quiera hacer el más mínimo esfuerzo en la conversión personal. 

A los que transitan estos senderos, y los que fueron educados en la otra escuela, a todos hemos de recordarles que lo maravilloso del ser humano no es que sea imperfecto sino perfectible. Ser imperfecto no es argumento para la culpa o razón para el orgullo, en ambos casos la persona queda estancada, interiormente detenida, espiritualmente paralizada. 

El estancamiento espiritual que observaba Jesús en su tiempo, probablemente fue razón suficiente para que al hablar del Reino de los Cielos, lo presentara como uno de los mayores desafíos, que lo alcanza sólo aquel quien no ha renunciado a seguir buscando y el que no se ha sepultado bajo los escombros de unas posesiones que no le hacen cada vez más pesada la maleta. 


A propósito de esto, uno de los títulos que Jesús recibe en los Evangelios, y es quizá el menos reconocido pero el que más me gusta, es con el que Lucas lo identifica en el pasaje del Camino a Emaús; le llama “el Peregrino” (Cf Lc 24,18). Así como Jesús, somos peregrinos, estamos tan sólo de paso. 

Jesús a sí mismo se sabe de paso. No pretende ser rey (Cf Jn 6,15) y el Reino del que habló no pertenecía a este mundo (Cf Jn 18,36). Él no ha venido a quedarse, no ha querido si quiera que le pongan una tienda para alojarse (Cf Mt 17,4), su corazón no está apegado a las cosas de este mundo, aunque sabe que de lo que el hombre lo llena hablan sus labios y dice de sus acciones (Cf Lc 6,45). 

Él mismo está en búsqueda e insiste que el fundamento de la relación con el Padre Dios es pedir, buscar y tocar y en ello ser insistentes y perseverantes (Cf Mt 7,7-12). El propósito de su paso es la glorificación de Abbá -Papito/Papaito- a través de las palabras y las acciones (Cf Mt 6,15) y en la glorificación del Padre estará la suya propia como el Hijo del Hombre y unidos él también nosotros somos glorificados (Cf Jn 17,1-25). 

Jesús no habla de la “felicidad” puesto que no hay dicha en ganarse a sí mismo; el gozo y la realización están en la negación y en la entrega generosa de sí mismo: “nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). 

Quien asume para sí un proyecto de vida tan grande, tan ambicioso, tan exigente y a la vez tan generoso, no puede sino andar ligero de equipaje y saberse de paso; sintiéndose peregrino por este mundo va llenando su maleta no sólo de buenas intenciones, sino de amores entregados que la hacen más ligera, pues la llena de vida. 
¿Cuánto pesa tu equipaje? 
Como un epílogo al devenir de esta reflexión: Si en algo nos ha de servir este tiempo atípico que estamos viviendo, es el de otorgarnos un ambiente –extremo, en algunos casos, trágico y doloroso en otros- para descubrir lo verdaderamente valioso de la vida y lo que es realmente fundamental en nuestra vida persona y, darnos además, un contexto idóneo para deshacernos de lo superfluo que, no son sólo cosas, sino también pensamientos, sentimientos y emociones; criterios, hábitos y apegos; vanidades, orgullos y soberbias. 

Yerko Reyes Benavides

domingo, 26 de enero de 2020

¿Lástima o Compasión?: Los Sentimientos de Jesús

Entre los fines que tuvieron los evangelistas al poner por escrito todo lo concerniente y lo sucedido con Jesús (Cf Lc 1,1-4), no está hacer una exposición detallada de los sentimientos, emociones y afectos del de Nazaret. 

Lucas, en el prólogo de su Evangelio, es el único que explícitamente expresa la razón de escribir “ordenadamente” las cosas: Dar consistencia y credibilidad a la enseñanza trasmitida. Así, pues, ni si quiera Lucas tiene intención de detallarnos esos rasgos de la personalidad de Jesús que atraen ahora nuestra atención. 

El hecho de que ningún autor sagrado haya tenido como propósito describirnos las emociones, carácter o cómo Jesús manifestaba sus sentimientos, implica que no estén presenten en sus Escritos. 

Abordar la “vida emocional” del Señor, no es tarea para un artículo. Lo que si podemos hacer, y es la meta que nos trazamos, acercarnos al Corazón del Maestro, a través de uno de sus sentimientos; uno en específico, uno que tiene eco en los cuatro Evangelios y que nos habla del sentir de Jesús en su interior. 

No hace tanto, en una conversación sostenida entre un grupo de personas, en el que me encontraba, surgió el dilema que lo voy expresar de la forma más sencilla que me es posible: 


¿Lastima o Compasión? 


No quiero hacer las veces de adivino, pero seguramente ya tú, mi apreciado lector, hiciste –instintivamente- tu elección. 

Sí, el término “lastima”, lamentablemente, no goza de popularidad; y aunque no hayamos hecho el ejercicio de ir a buscar el origen, la etimología y el significado de estos vocablos, nos decantamos como sentimiento –positivo y agradable- por la “compasión”. 

El asunto, no queda ahí. Surge, en la mencionada conversación una pregunta: 


Y en Jesús ¿lastima o compasión? 


Imagen de Cristo del siglo IV
No voy a mantenerte en ascuas hasta el final, esperando una respuesta: Compasión: Jesús sentía compasión. 

¿Cómo podemos estar seguros, si los evangelios no hablan de los sentimientos de Jesús? 

Precisamente, al no hablar de los sentimientos de Jesús, nos hablan de los sentimientos de Jesús, y nos dan la certeza que éstos eran completamente reales. Te pongo un ejemplo: 

Mateo 9,36: 
“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ellos, porque andaban extenuados y cansados, como ovejas sin pastor”. 
En esta cita que tomamos del Evangelio de Mateo, el escritor no nos habla de los sentimientos de Jesús, sino de la gente, aquellos que buscaban con imperiosa necesidad al Señor. Pero al hablarnos de ellos, Mateo menciona el sentir de Jesús en su interior. Los ve, los contempla, siente a la gente, valora su esfuerzo, hace suya su necesidad: se compadece

Este sentir de Jesús es real, es auténtico y verdadero. No es un recurso literario, no es una analogía o una simbolización: Jesús siente compasión. Y de esta experiencia genuina, aprendemos también nosotros. 

El sentimiento que inunda el corazón de Cristo, no lo deja como simple espectador de la necesidad, del sufrimiento, de la miseria de la gente, sino que lo lleva a fijar posición y a actuar: 
“Vengan a mí, todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”. (Mt 11,28) 
Y también encontramos en el Evangelio de Juan: 
“Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Jn 10,11.14). 
De lo expuesto, vamos comprendiendo lo que implica el sentir y consentir la compasión como  una emoción y como un sentimiento. Tenida por nosotros, la compasión nos hace sentir el sentir de Jesús. 

¿Qué es lástima? 

En la conversación citada, surgió esta inquietud: Jesús también sintió lástima. De hecho existe un texto del Evangelio que así lo reseña. 

Abramos aquí un paréntesis y, antes de continuar, pesémonos un ratito por los vocablos “lástima” y "compasión": 

Lástima: del latín: “lastimar” que a su vez se relaciona con el vocablo, también latino “blastemar”, lo que resultaría en “observar a quien padece”. 

Por su parte, "Compasión" trata de una palabra que procede del latín ‘cum passio‘ y que podría traducirse como ‘sufrir juntos‘ o ‘lidiar con emociones‘. Pero a su vez el verbo ‘passio‘ procede de la palabra griega ‘pathos‘ que se relaciona con el sufrimiento interior de la persona. Así se entiende que la compasión es la manera con que participamos del sufrimiento del otro. 

Resaltemos una de las diferencias que nos deja la etimología de estas palabras: 
  • La compasión implica acción. Por tanto, se trata de un sentimiento activo. ¿Qué significa esto? Pues que la persona que practica la compasión hace todo lo posible para eliminar o mitigar el sufrimiento del otro. 
  • La lástima implica pasividad. La persona que siente lástima manifiesta un sentimiento pasivo o, lo que es lo mismo, expresa tristeza pero ausente de acción, aunque esté viendo a alguien sufrir por alguna razón. Se trataría de un sentimiento menos duradero. 
Mateo 20, 34: 
“Entonces Jesús, teniendo lástima de ellos, tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista, y lo siguieron”. 
Hemos de resaltar, que no en todas las versiones de la Biblia que existen, este texto, el término utilizado para describir el sentimiento de Jesús lo traducen como “lastima”. Sin embargo, la curación de los ciegos, es uno de los pocos textos en donde el sentimiento del Señor, lo traducen utilizando el vocablo “lástima”. Otras maneras en las que ha sido traducido son: “misericordia”; “conmovido”; no puede faltar el “sintiendo compasión” y, una que en lo personal me atrajo mucho: “movido por la ternura” (Cf. Biblia Kadash Israelita Mesiánica). 

Lo que no podemos dejar de resaltar, es que sea “lastima” o sea “compasión”, Jesús jamás se queda absorto en su sentimiento, sino que, siempre responde solícito a la necesidad de quien en su tribulación y dolor acude a él. 

En ti, ¿qué hay: lastima o compasión? 

Yerko Reyes Benavides 

PE: Si quieres profundizar sobre el tema de la compasión en Jesús, te remito a las fuentes: Mt 14,14; 15,32; 18,27; Mc 5,19; 6,34; Lc 7,13; Lc 10,33 (toda la parábola del buen samaritano); entre otros textos de los Evangelios.

viernes, 19 de abril de 2019

Las Siete Palabras

Meditación 
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Desde hace algún tiempo he tenido la intención de sentarme con calma a escribir unas líneas cuyo propósito sean abordar las Palabras proferidas por Jesús en el momento final de su vida entre nosotros. 

Según la tradición fueron Siete las Palabras pronunciadas por Jesús, teniendo en consideración sólo aquellas que pronunció  desde la cruz. Sin embargo, al revisar los textos del Evangelio, nos damos cuenta, y sin ser peritos en la materia, que cada autor relata a su manera y según su intención el único y mismo acontecimiento de redención: la muerte del Jesús en la cruz y no coinciden entre ellos en la número exacto. 

Si nos fijamos bien, en cada Evangelio, su autor tiene matices propios, detalles que terminan siendo únicos. Marcos -el primero de los Evangelio escrito y conocido-  destaca algo que Mateo -el que le sigue en el orden cronológico de aparición- no lo hace y ni si quiera se percata; y así los demás. Eso si, vale mencionar,  no hay contradicciones entre los relatos presentados por ellos; ni tampoco entran en conflicto histórico; su más grande diferencia radica en los detalles de redacción y lo que cada uno quiere presentar de ese momento específico. Esto es totalmente comprensible porque cada persona tiene una manera de observar un acontecimiento de forma propia y personal, dándole significado propio y autónomo a lo que percibe y luego comparte, haciendo una selección de lo que quiere presentar y lo que desea silenciar. 

Para no dejara suelta esta idea, miremos el Evangelio de Juan: es el único que describe el momento en el que Jesús ya crucificado tiene el gesto de amor más grande para con su Madre, la Virgen María y la deja al cuidado y protección de Juan, el discípulo más joven de entre todos. En los demás Evangelio se menciona la presencia de María y otros acompañantes más todos omiten este detalle que si muestra Juan. Así pues, el hecho es que María su Madre estaba ahí acompañándolo y habían otras mujeres, entre ellas María Magdalena. Pero la “palabra" -una de las siete- pronunciada por Jesús sólo aparece en el Evangelio de Juan. 

En el Evangelio de Mateo no están algunas de las Palabras que Lucas propone fueron pronunciadas por Jesús desde la Cruz, y lo mismo pasa con Marcos. La mayoría de los autores, los que ofrecen una reflexión sobre estas palabras versan en las propuestas por Lucas y complementadas con Juan.

Dicho esto, hagámonos la idea de que necesitamos releer los cuatro relatos de la pasión, crucifixión y muerte de Jesús y lo que cada evangelista nos comenta aconteció ahí, según su visión y versión. 

Más que meditar las “7 Palabras”, como acto piadoso, uno entre tantos que se realizan en los días cercanos en los que la Iglesia conmemora la muerte de Jesucristo, vayamos a la fuente, no dejemos que otro nos cuente que a cuento suena de tanto que se ha contado.

Leamos de propia mano los Evangelios. No uno, ni dos, sino los cuatro. Cada autor da fe de los sucedido. Cada uno con su estilo, con su intención y propósito; a final de cuentas todos coincides en el mismo punto dar testimonio de que esta vez no se trató de un “alguien”, un "uno" u  “otro más” de entre tantos que fueron crucificados por los romanos; sino de Jesucristo, nuestro Señor; y tratándose de él, también en la Cruz hubo algo que no se había visto jamás. Paso algo inaudito e insólito: aquel a quien estaban crucificando de forma inclemente, tuvo el gesto de amor más grande que ninguno hombre había teniendo en situación semejante, jamás antes: el del Perdón
“Perdónalos porque no saben lo que hacen”
No, no se perdona al que te está lastimando, no al menos en el momento, quizá con el pasar del tiempo, cuando las heridas se cierren, y queden algunas cicatrices. 

No, no se perdona en el momento en el que te están lastimando; quizá lo más noble que alguno pudiera hacer es guardar silencio; o cuando mucho proferir gritos lastimeros a ver si se logra conseguir de parte del verdugo algo de compasión; pero no, no se le perdona; no, no ahí, no en vivo, no cuando las manos y los pies están siendo traspasados por los clavos; no cuando se han infringido tantos golpes e insultos; no, ahí no. 

Esta fue la Primera Palabra de Cristo desde la Cruz, cuando todavía no había sido colgado en ella, ni elevado sobre el suelo. Es la primera palabra con la que comienzan los autores su reflexión de ellas. 

Quizá lo que plantee ahora carezca de relevancia, pero me he hecho esta pregunta, y por ella no me había animado a escribir sobre este tema puesto que me parecía restrictivo para la reflexión: ¿Las 7 Palabras sólo cuentan las que fueron pronunciadas por Cristo en la Cruz? 

Investigando he notado que la “manera tradicional” de presentar la meditación de las 7 palabras es iniciando con la primera que Jesús dice desde la cruz, así que sí; ahí comienza cuando Cristo es clavado violentamente y adherido cruelmente en la cruz. Desde ese instante comienzan a contarse las “últimas palabras” que Jesús pronunciara, y acá vale insistir “desde la cruz”, porque no fueron las únicas palabra que el Señor dijera en el tránsito de su Pasión, Agonía y Muerte; ni tampoco fueron las "últimas" que pronunciase en Vida. 

De camino al Gólgota (lugar de su crucifixión) Jesús tiene un diálogo precioso que los Evangelios recogen por completo. No son palabras sueltas, es una proclamación, un detalle de gentileza y sobre todo de preocupación sincera. Llevando sobre sus hombros el madero en el que iría a ser crucificado; agotado y deshidratado; herido y maltratado en formas que nos son muy difíciles de imaginar, Jesús consciente de lo que a su alrededor sucedía, tiene la nobleza de detener su marcha y de consolar con sincera consideración a las mujeres que le iban acompañando y lloraban por él: 
“Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí...”
No, está “Palabra” no aparece entre las siete; pero no puedo dejar de pensar en ella, puesto que es reflejo de lo que iba sucediéndose en el interior de aquel a quien habían castigado y torturado de tal forma que muchos esperaban que se espíritu ya se hubiera quebrantado y comenzara a renegar de todo cuanto él había compartido como “hijo del Hombre” y “Mesías y Señor” para la gente. 

Muchos por menos de lo que le hicieron a Jesús, lo habrían hecho; hubieran renegado hasta de su propio existir para complacencia de sus verdugos, y así, detener la tortura a la que estaban siendo sometidos.

No, no es el caso de Jesús y. él va totalmente consciente de ello.  

Las 7 Palabras tuvieron su momento y su lugar: la cruz. Sin embargo, no podemos simplemente llegar a ellas olvidándonos del contexto más amplio.

Cada palabra no fue pronunciada por una persona que estaba cómodamente sentada en un sillón tomándose un jugo o un café. Fueron dichas por alguien a quien por decirlas se infringía a sí mismo un dolor tan grande que era preferible no hacerlo y quedar en absoluto silencio. Cuando Jesús llega al Calvario lo hace con la "vida pendiendo de un hilo": agotado y sin fuerzas, totalmente castigado: "su rostro era irreconocible, ni si quiera perecía un ser humano". 

¿Por qué, si esto era así, Jesús, más allá de todo el dolor que le infringían en su cuerpo puso hasta el último ápice de su fuerza, para pronunciarlas? 

Estaba muriendo, y lo sabía, él mismo había apurado el trayecto de esta “Hora”, la hora de su glorificación y la glorificación del Padre. Había llegado sólo, nadie lo acompañaba, y aunque había gente a su alrededor: María, su Madre; María Magdalena, Juan y otras mujeres; él estaba sólo, nadie podía tomar su lugar, ni si quiera el Padre: 
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. 
No, no lo habían dejado sólo, solo que hay ciertas caminos que se transitan en soledad. La soledad se convierte en el único lugar donde lo único que queda es la propia existencia, donde todo lo demás desaparece, y aparece el yo auténtico, dando la última batalla, la que se pelea contra el miedo. Esta batalla, aun en la Cruz, donde no había posibilidad alguna a su favor que la ganase, Jesús vence la última tentación y deja sin autoridad al tentador.

Vencido el miedo llega la libertad y Jesús la reclama para sí y los suyos. 

No, Jesús no había sido abandonado en el clímax de su agonía. El grito no de quien se siente despojado, ni tampoco de aquel que reprocha su infortunio, sino del guerrero que está dando entregándose a sí mismo en la contienda final y demanda el auxilio de lo alto para despojar de todo poder y autoridad al mal y a su propagador.

Y así pasa: aunque para el mundo la cruz era el signo del fracaso más rotundo, Cristo sale triunfante y victorioso, en el Ara de la Cruz el gran vencido es el tentador y su derrota el quedar sin poder ni autoridad sobre la humanidad. 

Hace poco, me invitaron a acompañar el ejercicio piadoso del Via-Crusis. Acepté con gusto. Es propio del tiempo litúrgico de la cuaresma realizarlo. (Sólo que, y es la pregunta que tantas veces me he hecho: ¿por qué hacerlo sólo en cuaresma? El ejercicio queda como una práctica de temporada. No hay una norma que impida hacerlo en otros momentos del año y en otros tiempos litúrgicos, por ejemplo en tiempo ordinario. Las cosas hechas por costumbre, o porque así esta mandado, o porque esa es la tradición, no me acomodan muy bien. Trato de hacer las cosas por convicción y también respondiendo a la necesidad, un Itinerario de vida espiritual como proceso de crecimiento. Evidentemente hay cosas que tienen su momento y son más sugerentes dentro de su contexto propio; pero no es “la forma” inamovible de hacer algunas cosas). 

Este Via-Crusis no tenía nada de particular. Era un Via-Crusis “estándar”; es decir “lo típico". El detalle era la expectativa que me había hecho y lo que buscaba: hacer una verdadera meditación de los pasos de Jesús hacia el Calvario; sentirme haciendo con Jesús el camino hacia la Cruz. El ambiente se presta, me dije, un lugar tranquilo y al resguardo, en un edificio cerrado. Mi sorpresa fue que no fue así. El Via-crucis se iba a realizar recorriendo las calles. Tampoco esto es algo atípico, en muchas partes se organiza esta actividad recorriendo las calles aledañas a los templos, o en los sectores de las comunidades. No es raro tropezarnos con un grupo de personas portando crucifijo y velas por las calles de nuestros vecindarios. 

Esto no me incomodó, sólo que no era lo que esperaba, como ya he comentado. Comenzamos el Via-Crusis: Primera Estación. Te adoramos ¡Oh Cristo! y te bendecimos. Que por tu santa cruz redimiste al mundo… Segunda Estación, Tercera, Cuarta… Y a medida que avanzábamos por más esfuerzo que hacía no lograba concentrarme. Mis pensamientos se iban con mis ojos a lo que primero reclamara su atención. Quinta Estación… Nada, mi imaginación revoloteaba. Sexta Estación, el sonido de una canción se escuchaba a lo lejos, en mi cabeza retumbaba su letra. 

De pronto, una idea pasó por mis pensamientos, ayudada por una imagen colocada en uno de los altares que un vecino preparó para demarcar la Estación que ahí correspondía. La imagen: Jesús Nazareno. Y ahí todo desapareció, no sentí más la canción que seguramente seguía sonando. ¿Qué estación era? No lo recuerdo. 

Una idea se hizo presente, sólo una, y ella bastó para el resto del recorrido: 
¡Qué difícil hubo de ser para ti, Jesús, haber mantenido la concentración! 
Seguramente necesitaste de todas tus fuerzas, las que ya no te quedaban para no distraerte y comenzar a divagar en pensamientos neuróticos, propios de los que han recibido un castigo en la magnitud en el que tú lo recibiste. 


Fue justamente ese estado de concentración el que te permitió hacer lo inimaginable. Lo que nadie en su lógico raciocinio hubiese podido hacer.

El mundo a tu alrededor no desapareció. Ni tampoco la gente que estaba ahí. Las personas por las que hacías esto, incluso los que no se esperaba un detalle de bondad de tu parte bajo esas circunstancias, las tenías presente en tu corazón que latía veloz, taquicárdico ya, por la falta de sangre que irrigará tu pecho para su normal funcionamiento. 

“Ten compasión de mi cuando llegues a tu reino”. Le dijo uno de los que junto con él habían crucificado ese mismo día. Ellos habían caminado delante. Si la “crucifixión de Jesús” se apegó a las maneras romanas de impartir semejante castigo, los que ya estaban en el Gólgota debieron haber hecho el mismo recorrido que poco después haría Jesús; más no se les recuerda. Nada extraordinario había en aquellos dos. 

Jesús, pudo haberse echo el que no escucho, de hecho no hubiese sino extraño que lo hiciera, sus oídos debía retumbar por la intensidad de la presión que ejercía sobre su cráneo la corona de espina. El dolor de cabeza que debió estar sintiendo en ese momento lo pudo dejar sordo. Pero Jesús, lo escucho y no lo dejó así; de inmediato busco la manera de acomodar su cuerpo en la cruz, agonía en cada movimiento, pero Jesús quería mirarlo a los ojos mientras le contestaba; concentra su fuerza en los pies para así poder despegar su pecho del leño, que sus pulmones recibieran un poco de aire para poder hablar. No me imagino lo dolorosos que fueron esos movimiento, pero Jesús los hizo y le dijo:
“Hoy, te lo aseguro, estarás conmigo en le Paraíso”. 
Estas nos son las palabras de un desquiciado por el dolor, de una persona delirante por la agonía que ha perdido el control de su consciencia. No, claro que no, al contrario son las palabras de un hombre que tiene todas las facultades de su mente activas, sus emociones bien enfocadas, sus sentimientos bien determinados.

El sabe quién es y qué está haciendo, hasta el último suspiro del poco aliento que a este punto le va quedando en el cuerpo.. 
¡Qué maravillosa concentración, la tuya Jesús! 
Estabas ahí, sabiendo lo que hacías, y no te dejaste arrebatar la paz para hacer todo cuanto tenías pensado hacer y proceder en total libertad a pesar de lo que estaba aconteciendo contigo ahí en la cruz.  Y fuiste libre, libre para amar en donde cualquiera hubiese odiado con todas las fuerzas de su ser. 
¡Qué vergüenza la mía!
Y no, no por no haber podido concentrarme en esa actividad de ocasión.
Me avergüenzo pues me  haz hecho detenerme a pensar en mis actitudes y las respuestas que he dado en los momentos de tensión, de riesgo, de dolor y sufrimiento; en las ocasiones en las que he sido agredido física y emocionalmente; y no, no se parecen a las tuyas: ¡Qué vergüenza!  
Qué vergüenza al desafiar el perdón que tú me das no perdonando las ofensas que profieren en contra de mi, pero más cuando me quedo acomodado en escrúpulos que son la forma religiosa de enmascarar los miedos. Y vergüenza me ha de dar el seguir sintiendo culpa por los pecados ya perdonados.  Desestimo con todo ello el poder de tu gracia, la gracia de tu agonía en la cruz conquisto para mi. 
Delante de mi siempre has estado.

Tu ejemplo, tu testimonio, pero sobre todo tu amor siempre; acompañando a la humanidad y qué poco hemos aprendido de ti. Perdemos la concentración fácilmente. Nos dispersamos y nos quedamos con lo más básico, lo instintivo de nuestra naturaleza. 

Qué fácil es amar cuando se nos ama. Pero tú nos enseñaste que en ello hay poco mérito. El amor se vive de verdad cuando se sigue manifestando aun cuando no es correspondido. Cuando es capaz de expresarse de formas imaginadas. Cuando el que ama sigue amando y no deja de hacerlo aun cuando pide un poco amor y recibe en cambio hiel: “Tengo Sed”. 

No, Dios no nos necesita para ser Dios. Se equivoca aquel que dijo que sin nosotros Dios no podría ser Dios. Si bien es cierto que es nuestra consciencia –el darnos cuenta- lo que hace que aparezca en el horizonte de la humanidad. Dios es Dios sin nosotros, pero prefirió ser un “Dios-con-nosotros”. Su decisión en la eternidad; su compromiso y entrega en el tiempo, y continua y lo hará hasta la consumación. 

Esta no fue una palabra pronunciada por Jesús en la cruz; ni si quiera fueron palabras de Jesús, sino una aclaración de Juan el Evangelista que quiere describir el sentimiento que mueve al Maestro y late fuertemente en su pecho. Esta afirmación no está por casualidad. Lo que esta frase expresa lo pone todo en orden, lo que pudo parecer caótico ahora tiene sentido: y nos da el contexto de todo lo que va a suceder con Jesús transitando su Hora: 
“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” 
Todo se explica a partir de esto. No hay fuerza física humana o sobrehumana que hubiese podido resistir todo lo que hicieron con Jesús (y esto es más que todos los golpes, latigazos, patadas, bofetadas, latigazos que recibió en su cuerpo). La misma concentración que mantuvo Jesús; una concentración que lo llevo a expresarse de la forma más amable, cariñoso y tierna, más que en cualquier otro momento de su vida, no la hubiese tenido si no hubiese sido movido por un amor que no encuentra mejor cualidad para ser descrito que una Amor llevado al Extremo

Cada Palabra por él pronunciada, desde el mismo comienzo: “Conviértanse porque está cerca el Reino de los Cielos”, hasta la última pronunciada antes de exhalar su último aliento, encuentran su sentido en el Amor: en eso sabemos que es Dios: el que por nosotros murió y resucitó, porque “Dios es Amor”. 

¿Cuál fue la Voluntad del Padre para Jesús? 

Jesús decía dijo con frecuencia: “Yo no he venido por cuenta propia, sino por deseo y voluntad del Padre” ¿Cuál, pues, es esa? Ahora la entendemos. No, no viniste a dar tu vida por nosotros. No, ese Dios no existe, viniste a Amarnos y amarnos de una forma insospechada, difícilmente comprensible si se trata de entender con el intelecto. Sólo el que ha amado y “ha amado mucho” y no ha tenido miedo de amar aun a contracorriente, puede despejar algunas incógnitas de lo que significa “Amar hasta el Extremo”. 

Ya acercándose al final, cuando ya prácticamente toda la sangre del cuerpo de Jesús había sido vertida, y la tierra la había absorbido con ansiedad. Jesús, aun consciente de sí mismo dice: 
Todo está cumplido”. 
En verdad, en verdad, todo se había cumplido. 

Y no, no se trata de las profecías antiguas que habían vaticinado un momento como esté. No, tampoco se trata de la obligación “moral” que Jesús tenía con el Padre: “cumplir Su voluntad”. Ya horas antes Jesús le había suplicado que desistiera, que lo eximiera de la agonía: “Aparta de mí, Señor este cáliz”; habían sido sus palabras, unas que se reiteraron durante la noche, antes de su arresto; antes que todo comenzara; aunque ya había dado comienzo todo desde el momento en que se hizo uno con nosotros.

No, Jesús no fue al Gólgota porque se sintiera obligado, o por cumplir con una “Palabra”; sería iluso de nuestra parte pensar que era inevitable aquel final, y que Jesús “no tuvo más remedio que aceptar la cruz” como un gesto noble y altruista de su divinidad. 

Lo que Jesús, en sus últimas exhalaciones cae en cuenta –se hace consciente- es que ya ese punto, segundo antes de morir,  todo su Amor –humano y divino- se había dado sin reservas, sin restricciones, sin condiciones. Todo él  había sido vertido, como toda había su sangre sido vertida. No quedaba ya nada. Jesús se siente satisfecho de sí mismo. No hay culpa ni remordimiento, no hay pendientes, todo lo que tenía que hacer lo hizo, y lo hizo aceptando todas las consecuencias, hasta la misma cruz. 

“Lo que para los judíos fue escándalo y para los paganos locura”, para nosotros fue el acto de amor más grande y sublime que jamás nadie podrá darnos. 

Y sintiéndose satisfecho de sí mismo, los clavos no duelen ni en las manos ni en los pies; la corona de espinas no punza en la cien, ni se siente ya la cruz; ha desparecido el cansancio, el agotamiento extremo se fue. Y aunque la sangre y los hematomas del rostro impiden ver a los ojos de Jesús, en él hay una mirada de conformidad -nunca de resignación-, y esboza una sonrisa (nadie la vio, pero Jesús sonrió) una que nace en el alma, una sonrisa que sólo es percibida por el Padre a quien Jesús dirige su última palabra antes de fallecer: 
“Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. 
A manera de conclusión. 

Estos días pasan junto con sus prácticas piadosas. En poco tiempo la rutina del quehacer cotidiano habrá vuelto y nos atrapará y ya no tendremos ocasión de pensar en estas cosas. Ya no más, quizá, el próximo año. Estaremos “distraídos” en lo que nos “concentramos” a diario. Sin embargo para mí, haberme dado cuenta que mi concentración no está en lo que debería; que divago y me disperso en tantas cosas que son importantes pero no fundamentales, ha sido sumamente revelador. 

Vivir no es simplemente cumplir con el estándar de un ser vivo, valga la redundancia. No se trata de quedarnos como espectadores en el gran espectáculo del Cosmos y su infinitud. Muchos pasan por la vida, pero la vida no pasa por ellos. No se arriesgan, los paraliza el miedo; otros piensan que vivir es acumular riqueza, fama y poder. La gran aspiración de muchos en un auto, o ser directivo en una corporativa. Veo cómo a los jóvenes se le insiste que la razón para estudiar es la de tener un “futuro”; un futuro que está cuantificado y no cualificado. 

La utopía de los hombres es la “Felicidad” incluso involucran de formas muy atípicas a Dios en esta concepción de la vida, y dicen: “Dios quiere que tú seas feliz”; “la Voluntad de Dios es tu Felicidad” o esta otra: “Dios no te hizo para que fueras perfecto, sino feliz”. Hace tiempo me rebelé contra estos pensamientos “cliché” y superficiales. 

Nuestro “destino” es “pasar” por el mundo teniendo conciencia de que estamos “de paso”. Ahora nos queda definir el cómo; porque el cuándo está aconteciendo. La buena noticia es que tenemos a alguien en quién inspirarnos, alguien que nos acompaña, y nos fortalece con su Amor y Gracia y junto a él dejaremos una huella imperecedera de Amor Verdadero.

Yerko Reyes Benavides

miércoles, 2 de enero de 2019

¿Quién Eres?

“Es ahora; la plenitud no puede esperar”

¿Quién eres?
Llegas en silencio y a la puerta de mi alma llamas. Mas no son tus manos las que tocan; susurras, mi nombre pronuncias, y dices:
“Te he visto mucho antes que alguno y de ti prendado he quedado”.
¿Quién eres?
Te conozco, más tanto te ignorado que ya no reconozco lo que eres, y sin embargo, no has cambiado. Sigues viniendo, llegando, tocando, por mi preguntando.

¿Quién eres?
Llegas y todo lo estremeces. No hay parte de mí que a ti no se avoque. Mas pienso y en el interior me repito: no estoy listo. Sin embargo, tú me dices:
“Ya es tiempo, mi hora en ti ha llegado”.
¿Quién eres?
¿No puedes esperar un momento? ¿Pasar por mí en otro tiempo?
Ahora estoy entregado a las cosas de este mundo. Tengo trabajo, familia, amigos, una vida; al menos digo, creo. Pero tú insistes:
“Es ahora; la plenitud no puede esperar”. 
¿Quién eres?
Persiste en tocar a mi puerta. Te ignoro. Antes lo había hecho. Acallo la voz de mi concrescencia; pero me reprocha: lo que el mundo ofrece es mucho y no basta, no alcanza, siempre vacíos en el alma deja. Lo sabes y lo sientes.

¿Quién eres?
Vuelves a tocar y mi nombre nuevamente en tu boca se escucha; me estremece; siento miedo: “la plenitud no espera”. El eco de estas palabras estremece mi espíritu. Eso quiero, eso espero, eso busco: sentirme pleno.  
¿Quién eres?
Espera, no te vayas. Quédate conmigo esta tarde. Quizá te animes y la noche pases y al amanecer, juntos nos vamos. Que sea al alba cuando comience mi vida en ti, y jamás me deje de ti; tú no te alejes de mí.

¿Quién eres?
"Yo soy", me dices: "El que te ha amado, te ama y amará:
¿Te basta?"

Sí, no necesito más:
¿Nos vamos ya?
Amén
Yerko Reyes Benavides

lunes, 13 de agosto de 2018

Así es el Amor de Dios

"Mientras los hombres piensan en lo inmanente, 
Dios se da a sí mismo hasta la muerte, 
para que por él, 
lo humano sea trascendente".

Yerko Reyes Benavides


viernes, 30 de marzo de 2018

Muero Contigo


El Señor me ha dado lengua de discípulo, 
para que haga saber al cansado una palabra alentadora. 
Mañana tras mañana despierta mi oído, 
para escuchar como los discípulos; 
el Señor me ha abierto el oído. 
Y yo no me resistí, ni me hice atrás”.  
(Is 50,4-5)

¿Qué cosas habrás hablado al oído de Jesús, Padre de la Palabra?, para hacer que tu siervo no se resistiera a tantos ultrajes y vejaciones. 

El “hijo del hombre” reconoce tu voz, atento está a tu Palabra, a su alrededor quedan quienes lo condenan, profieren palabras y más palabras, pero tu siervo no las reconoce como si a las Tuyas y, aunque para él estas palabras lo condenan a una inmerecida muerte, él guarda silencio. 
El eco de tu Voz resuena en su corazón y eso basta. 
En el huerto de Getsemaní tu Siervo eleva su propia voz, en su humanidad necesitada de ser escuchado por su Abbá: 
«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» (Lc 22,42). 
Su agonía no es desconfianza, el miedo no está anidado en su corazón, al contrario, necesita el susurro de tu voz, una vez más, como tantas veces lo ha recibido en su peregrinar mesiánico, cuando en medio de la noche, se escabullía para escucharte. 

No habrá otra noche más para disponer el oído a tu Voz; esta será la última vez que tu Hijo, hecho hombre como uno de nosotros acudirá al velo de la palabra humana para trascender hasta ti:
Su trascendencia ahora será realizará en la plenitud de su humanidad, totalmente divinizada en el Reino celestial.
¿Qué Palabra dócil al oído y poderosa al corazón suspiraste en esa noche, en donde ambos corazones latían al unísono del sacrificio de la divinidad humanada? 
“Muero contigo”. 
¿Cuántas palabras son pronunciadas inútilmente? ¿Cuántas de ellas son utilizadas para lastimar, humillar, difamar, engañar, manipular, tergiversar y dejar heridas tan profundas, tan difíciles de curar? 

La palabra humana que es utilizada para condenar, Tú la convertiste en palabra que redime. 

La palabra que ofende y humilla, Tú la profieres para exaltar y dar reconocimiento. 

La palabra que oprime Tú la haces liberadora. 

Fue tu Siervo quien nos mostró el camino de la Palabra. Tu “discípulo” quien nos enseñó a reconocerla y oírla. Esa Palabra que resonó en lo más profundo de su corazón aun en el mismo momento de la entrega, cuando la palabra humana se volvía en su contra, salió la tuya a su encuentro, para que se realizara en él la remisión de todo lo humano. Redimida fue la palabra condenatoria y blasfema, su poder mortífero quedo anulado. El develó que la palabra tiene la eficacia de construir la realidad y en él de llevarla a la plenitud de tu divinidad. 

Enséñanos a valorar la palabra como constructora de tu Reino, ayúdanos a recocer tu voz en el interior de nuestra alma. 

Que la palabra que nos diste como un don de tu acción creadora la utilicemos en todo momento para construir, para crear la comunión entre hermanos, para darnos en plenitud. Has que inspire y se convierta en presencia nuestra en el alma y en el corazón de quien la recibe, así como Tú te hiciste presencia en nosotros por la Palabra encarnada. 

Enséñanos a reconocernos verdaderamente por la palabra que inspira y fortalece los vínculos de unión en una misma naturaleza, la humana.

sábado, 24 de marzo de 2018

Y tomo tu Cruz

¿Cuántas fueron las veces, Jesús, que a tus amigos y también a los extraños les invitaste a tomar la Cruz? 

¿Acaso se imaginaron aquellos a qué te referías? ¿Es que tú mismo sabías la literalidad de lo que pedías? 

¡Cuánto me gustaría tenerte en frente! 

No para que me respondieras a todas estas preguntas y las que quedan reservadas en el corazón. 

Me gustaría tenerte en frete para arrojarme en tus brazos, y abrazarte; no, no quiero quitarte la Cruz de tus hombros 

¡Qué acto de pretensión egoísta la mía si así lo sintiera! 

Es tuya, tú la has de llevar, pero sólo quiero abrazarte y sostenerte un rato.

Descansa un poco en mí, Señor, como tantas veces yo he descansado en ti. Reposa tu cabeza en mi hombro, que mi mano temblorosa recogerá tus sudores, sangre y lagrimas.

Hermoso eres Señor, con tu rostro desfigurado, nunca fuiste más bello que en este momento de entrega. 

¿Qué ser humano en su sano juicio hubiese por otros recibido, los golpes merecidos por su humillación y pecado? 

Tú en cambio en vez de entregar al malvado a Juicio, preferiste, herido cargar la cruz de su ignominia.

No era tuya, tú la registe.

Castigar, exterminar, lastimar, no habrían servido para que el hombre corrigiera el rumbo, entonces en tu sabiduría infinita decidiste cambiar la estrategia, tantas veces otrora equivocada, incluso para tu omnipotencia. 

En vez de extender el puño para maltratar, expusiste tu rostro para recibir en él los golpes que a otros iban dirigidos; prestaste tu cuerpo para ser marcado por el látigo que veloz cortaba el aire con su zumbido para desgarrar la piel del arrogante y del pérfido. 

Cargar la Cruz ahora significa otra cosa, para mí, muy distinta: No es un gesto de “solidaridad” en donde me conduelo del sufrimiento del otro.

Por más sensibilidad que se tenga, nadie puede ni podrá sufrir por otro, apropiarse del dolor del ajeno. 

Cargar la cruz es tomar el lugar del que sufre, aunque el sufrimiento no es propio es hacer suyo el sufrimiento del que no puede cambiar su realidad y con la fuerza de la gracia consagrar la vida para marcar la diferencia, es decir, hacer diferencia: ser diferencia de Dios en medio de los hombres.

Ser voz de los que no tienen vos; ser espada divina de misericordia ante las injusticias; recoger del lodo al que ha perdido toda dignidad y valía. Con el grito de los siervos que sufren levantar al abatido. 

La Cruz deja de ser un adorno cuando en vez de colgar en el pecho se lleva en el hombro.


“¿Quién dio crédito a nuestra noticia? 
Y el brazo del Señor ¿a quién se le reveló? 
Creció como un retoño delante de él, 
como raíz de tierra árida. 
No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y 
no tenía aspecto que pudiésemos estimar. 
Despreciable y desecho de hombres, 
varón de dolores y sabedor de dolencias, 
como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, 
y no le tuvimos en cuenta. 
 ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y
 nuestros dolores los que soportaba! 
Nosotros le tuvimos por azotado, 
herido de Dios y humillado”. (Is 53,1-4)

Yerko Reyes Benavides

lunes, 5 de marzo de 2018

Amado, Jesús:

Amado, Jesús:
Dios y Señor de la historia,
humano “hijo de hombre”;
siempre amable y cercano,
qué día y noche te paseas
por las praderas de nuestras luces y sombras
e irrigas las almas apasionadas de aguas transparentes. 
Esencia anhelante de dulces y cristalinos manantiales de Palabra bendita
de tu parte:
llena de ternura, amor y bendición: espíritu,
inquieto que deseoso de amor
se pasea por los áridos desiertos de la vida.
Continúa, amado, haciendo tu acción vehemente
en nuestro corazón inclemente.

Gota de dulce agua eres que constante y perseverante
no nos abandonas a nuestros humanos placeres,
sino que insistente plenas nuestros espíritus rebeldes
de tu gracia desbordada para que
también nosotros seamos en este mundo,
tan lleno de contradicciones y objeciones
esplendor, rayo exiguo de luz reflejada,
en los corazones desagarrados y doblegados
de tanta miseria, humillación y dolor.
Ven Señor, paséate una vez más por las laderas
inconstantes de nuestra fe y amores. 
No nos dejes a nuestra suerte
que sin ti, despierta la muy vil y cruel tentación
de creer que podemos suplantar tu divinidad
y que nuestra conmiseración está a la altura
de tu bondad, misericordia y compasión. 
Toca un y otra vez con insistencia
las puertas de nuestra inconsciencia quizá,
de tanto golpear, con tu suave y firma voz,
puño abierto de ternura,
resquebrajes una vez y otra
nuestro encostrado, por dolores no curados
nuestro interior y,
de una vez por todas y para siempre
correspondamos a tu entrega desbordada
en humana Encarnación,
Pasión Muerte y Resurrección.
Paséate Señor sin desfallecer por las
laderas de nuestras inconstancias
alma hecha imagen y semejanza de
tu amor en libertad. 
Amén 


Yerko Reyes Benavides

lunes, 2 de marzo de 2015

Oración al Nazareno


Algunos, en tu tiempo, te llamaron:"Nazareno", sin con ello imaginar que con ese apodo sería reconocida tu entrega a Dios y a los hombres. El "Siervo Sufriente del Señor". Nazareno del perdón.
Nazareno, en tu tiempo sólo significaba el lugar desde el que venías, tu pueblo, tu región, tu casa. Sin embargo, ya algunos sentían en su corazón que aquel Jesús de Nazareth llevaba en sí, la humildad del corazón bondadoso de Dios.


Nazareno, entonces comenzó a significar el "humilde del Señor". Aquel Dios temido por ser un Dios de los ejércitos; ya no más. El Dios del terror, tomando la forma de Siervo, se hizo pobre con los pobres: Dios del Amor.

Nazareno de los perseguidos;
Nazareno de los humillados;
Nazareno de los pobres;
Nazareno de los enfermos;
Nazareno de los que sufren;
Nazareno de los que lloran;
Nazareno de los limpios de corazón;
Nazareno de los que buscan el Reino de Dios;
Nazareno de los que luchan por la paz.

Nazareno te clama aquel que en su debilidad anhela la fortaleza que viene de lo alto, y que, al contemplarte a ti, con la pesada cruz sobre tus hombros, comunicas. Pues, a pesar del peso que ésta representa y, las heridas que ella infringe en tu espalda, la llevas con dignidad, coraje, valor y orgullo hasta el final.

Nazareno te llamamos hoy, quienes delante de ti damos gracias al Padre Dios, por tu entrega generosa y tu muerte liberadora.

Con tu cruz a cuestas nos inspiras confianza, pues en ti sentimos en lo más hondo de nuestra alma, que no existe, en el amor, dolor sin redención; esclavitud sin liberación.

Nazareno, eres tú el Redentor, el Liberador y el Glorificador de nuestras vidas. Gracias por lo que has hecho por nosotros.

Nazareno hoy cuando mis ojos contemplan tu entrega, representada en esta imagen de tu camino al Calvario, permíteme acompañarte hasta el final con mi dolor, dame el Amor que necesito, para que este dolor, sea redentor junto al tuyo.

Amén.

Yerko Reyes Benavides

jueves, 24 de enero de 2008

EL CRISTO DE NEUSTRA FE. Rasgos de la Personalidad de Jesús IV

1(IV) Jesús el hombre libre

d) Jesús y el sacerdocio: Aquí la cosa resulta más llamativa, si cabe, que en los apartados anteriores. Por una parte, está claro que los sacerdotes de la religión judía gozaban de la máxima santidad y veneración en Israel. Por otra parte, siempre que aparecen los sacerdotes en los evangelios es en contextos polémicos y normalmente en contextos de enfrentamiento entre Jesús y aquellos sacerdotes. Eso hace que el mensaje global de los evangelios sobre el sacerdocio judío sea un mensaje crítico, incluso provocador. Pero veamos las cosas más de cerca.

Los sacerdotes judíos se dividían en dos grupos: los simples sacerdotes y los sumos sacerdotes. De los simples sacerdotes se ocupan poco los evangelios. Pero, aun así, resulta significativo que, por ejemplo, en la parábola del buen samaritano, los personajes que pasan de largo, y son por eso el prototipo de la insolidaridad, son precisamente un sacerdote y un levita. La intención del evangelio es manifiesta. Y viene a indicar dos cosas: primero, que Jesús está por encima de los sacerdotes; segundo, que mientras lo propio de Jesús es el amor misericordioso que acoge al marginado social, lo que caracteriza a los sacerdotes es el mero trámite ritual e incluso mercantil de su oficio.

Pero lo más chocante en todo este asunto es lo que los evangelios nos cuentan de los sumos sacerdotes. Y prácticamente siempre se habla de ellos desde un doble punto de vista: el poder autoritario y el enfrentamiento directo y mortal con Jesús.

No hace falta insistir en todo esto, porque ya es de sobra conocido. Lo importante aquí está en comprender por qué Jesús se comportó así con los sacerdotes judíos, es decir, por qué se comportó así con la institución quizá más fuerte del judaísmo. Y por qué, también hay que decirlo, los sacerdotes se comportaron de manera tan brutal con Jesús.

Es evidente que allí hubo un enfrentamiento mortal. Ahora bien, eso no fue caprichoso. Si ese enfrentamiento se produjo es porque Jesús se comportó y habló con una libertad absoluta respecto a los sacerdotes y a lo que ellos representaban. Jesús no los venera. No los adula. Sino que, por el contrario, los desprestigia ante el pueblo y se enfrenta directamente con ellos. ¿Por qué? Otra vez nos volvemos a encontrar aquí con lo mismo de siempre: Jesús se enfrenta directamente a las instituciones de su nación y de su pueblo, que, en vez de servir al pueblo, se enseñoreaban sobre él y lo dominaban brutalmente.

Por eso él se rebela, toma postura frente a aquellas cosas y se manifiesta en contra de semejantes procedimientos y actitudes. Las palabras de Jesús a este respecto son tajantes: "Sepan que los grandes oprimen" (Mc 10,42 par). Para Jesús, lo propio de aquellos poderes era tiranizar y oprimir. De ahí la severa prohibición que él impone a sus seguidores: "No ha de ser así entre ustedes". De tal manera que "el que quiera subir, sea servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos" (Mc 10,43-44 par).

Es en virtud a este llamado al servicio comprometido y humilde que hace Jesús, las parroquias, nuestros templos actuales no pueden simplemente limitarse al servicio ritual que gire en función al sacerdote como principal figura. Es un imperativo, sobre todo en nuestro tiempo, en que las iglesias sean comunidades de servicio y de atención solidaria a las necesidades de aquellos que son víctimas de las situaciones que contravienen su filialidad divina y su dignidad humana. Si nuestra búsqueda espiritual sólo se concentra en la satisfacción ritual, no estamos ni cerca de encontrarnos con el Jesús del Evangelio que enfrenta decididamente la opresión y la tiranía.


Boletín Lazos de Fe, Edición Electrónica, Año 1, Nº 2, Enero 2008