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jueves, 30 de mayo de 2024

Meditación en un día de Corpus

“Tomen esto es mi Cuerpo”
Marcos 14, 12-18. 22-26 

Sólo Jesús lo sabía, y aunque se los había anunciado, al menos en tres ocasiones, esta noche no sería como las otras noches de Pascua.

A ninguno de ellos le pareció extraño que la Tradición Judía implicada en la festividad, Jesús no la cumpliera al pie de la letra esta vez. No era el día, sino el día anterior, y Jesús lo organizó todo para que fuera así. Por su parte, los discípulos estaban acostumbrados a los cambios de planes de Jesús; a que hiciera lo que nadie haría, que dijera lo que nadie diría: publicanos, prostitutas y leprosos eran testigos de ello, pues habían sido amados por Jesús como ninguno otro lo habría hecho.

Era, pues, el día antes de la Pascua, porque el día de la Pascua Jesús lo viviría de otra manera: siendo él mismo el “Cordero de Dios”, tal como Juan el Bautista lo había anunciado algunos años atrás, que él sería inmolado para la redención de todos. Si, de todos, no de algunos, no de muchos, sino de todos; aunque no todos la apreciarán, la reconocerán, o la recibirán.

En aquella cena, Jesús no sólo rompe el protocolo de la tradición, sino que la transforma por completo. Los discípulos, por supuesto, no están entendiendo; ya les había pasado antes, más de una vez; sin embargo, se sienten seguros, están con el Maestro, en quien han reconocido no sólo al Mesías, sino al mismo Hijo de Dios.


Él preside la mesa, toma el pan, lo bendice y lo entrega, y al hacerlo hace uso de unas palabras que a nadie extraña: “Tomen, esto es mi cuerpo”.

De igual modo lo hace con una copa llena de vino: “Beban de esta copa pues es mi sangre derramada para la redención de todos”.

Entendamos una cosa, quien se acostumbra a algo, aquello lo deja de sorprender y de maravillar: se convierte en rutina. Y aquí en este punto me detengo, pues aunque haya mucho más que decir, esto a mi juicio es fundamental aunque la doctrina sea importante: ¿Cuándo la Eucaristía – Santa Misa – se convirtió en una rutina para ti? ¿Cuándo dejó de sorprenderte? ¿En qué momento ya no fue más un acto maravilloso de amor y la volviste una tradición, un rito, una rúbrica, una obligación?

Una vez entre a la sacristía de una iglesia para disponerme a la celebración de la Misa, y en el lugar donde se revisten los sacerdotes había un letrero que decía: “Celebra la Misa como si fuera tu primera, tu única y tu última Misa” (Santa Teresa de Calcuta). Desde ese día entendí que se va solamente una vez a Misa. ¿Lo entiendes tú?

Que en la mesa de mi corazón, no falte Señor, el pan y el vino de tu amor.

Amén


Yerko Reyes Benavides

jueves, 14 de septiembre de 2023

A Un Paso de la Misericordia

“¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregó al Hijo!
Necesario fue el pecado de Adán
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”

Qué extraños son los recovecos que transita el pensamiento cuando se deja llevar por las ideas e imágenes que van surgiendo en los tiempos de meditación. Pudieran parecer distracciones que interrumpen la buena intención de ejercitar al intelecto y al espíritu en esos ratos de esmerada concentración. Sin embargo, precisos son para caer en cuenta de aquellas verdades que si no se transitasen esos caminos, no descubriría el corazón su necesidad de contemplar y dejarse transforma en ellos.

Lo dicho anteriormente no es una mera abstracción de la mente, sino el resultado de uno de esos “caer en cuenta”. Y ¿qué me di cuenta en esa ocasión? Que en la meditación como ejercicio, no existe pérdida de tiempo, aunque los resultados obtenidos no sean los esperados o planificados…

Un afirmación me rondaba hacía rato en el pensamiento: “Feliz la culpa que mereció tan gran Redentor”. Tal vez te resulte familiar este texto, pues se cita con gran solemnidad en la noche de la Vigilia de Pascua, formando parte del Pregón Pascual que se proclama inmediatamente después de la bendición del fuego con el que es encendido el Cirio, signo de la Resurrección de Cristo.

No he de negar que esta cita, aun siendo de mis favoritas, sólo la estaba dejando retumbar en las paredes de mi alma, cada sábado santo, y aunque mi gusto por ella es innegable, había llegado a un acuerdo tácito, de comprender sin entender; es decir, la frase por si misma se entiende y como se entiende, se deja pasar sin buscar las implicaciones de ésta en la vida personal.

Y, ¿qué se entiende de ella? que es una exclamación de regocijo que alaba la grandeza de Cristo, como el salvador del hombre, que en la fragilidad de su naturaleza es redimido en gratuidad por la oblación del Verbo Encarnado.

Dichoso, no es el pecado, sino dichosa es la persona que es redimida en el amor de Cristo; feliz es el hombre al que en su culpa y pecado no se deja excluido de la liberación que llega por el mismo Dios hecho hombre, quien sometiendo su divinidad a la humildad del siervo, lo hace por su entrega, y junto a él, hijo de Dios.

Justo en el verso anterior del Pregón, se afirma, y admira la contundencia con el que se dice: “necesario fue el pecado de Adán”. Y pensar en esto nos puede dejar en conflicto: ¿Es que el “Exultet” (nombre latino del himno pascual) exalta el pecado? No, no lo hace, suya no es esta afirmación, sino de San Agustín quien resume de esta manera el paralelismo entre Adán y Cristo hecho por San Pablo en la carta a los Romanos (Cfr. Rom 5,12-21).

(Entre paréntesis, una lectura que recomiendo y que yo mismo me vi en la necesidad de hacer y tuve que retomar hacer con la afirmación de san Agustín en mente, llave en mano que abre la puerta para dar cuenta de lo que el Apóstol contempla al encarar a Adán con Cristo).

San Agustín entiende, al interpretar el texto paulino, y con él podemos hacerlo nosotros, aunque nos cueste un poco reconocerlo: sin pecado, no hay necesidad de salvación; sin pecado, no hay necesidad de perdón; sin pecado, no hay redención, ni tampoco redentor.

El eco de la voz del profeta resuena en esta ocasión diciéndonos que la acción del Salvador será la pacificación de la creación entera; pues por su entrega: “de las espadas se forjaran arados y de las lanzas podaderas”. (Cfr. Isaías 2,2-5)

Por cierto, ni Pablo, ni San Agustín nos invitan a pecar, sino a no convertir el pecado en una excusa para justificar, por un lado, la fragilidad de nuestra condición humana; y por otro para anular toda acción de nuestra parte que procura el bien para los demás e incluso el  propio.

Evitar el pecado sigue siendo la consigna para el hombre y la mujer de fe; sólo que la actitud, y una que es profundamente más evangélica, no es la evitación, sino buscar y procurar la bondad del corazón a semejanza del corazón de Jesucristo.


No se equivoca quien ama, erra quien deja de buscar el amor de Dios.

En esta misma Carta, Pablo se descubre a sí mismo en contradicción, una que él afirma no entender: “dejo de hacer el bien que quiero por el mal que no quiero” (Cfr. Romanos 7, 19-25). Sin embargo, esto con lo cual nos podemos sentir identificados, sólo sucede cuando vencido el temor a equivocarse y dominado el sentimiento de culpa, por la fe en Cristo y en virtud a su gracia, se sigue, a pesar de las dificultades y los imprevistos, insistiendo en el camino de su Amor.

Al contrario de lo que creemos, Jesús no nos reprochará de tantas cosas como suponemos; uno sólo será su reproche: habernos sido vencidos por el miedo, dejando de hacer todo cuanto estaba en nuestros manos, para amar a la medida de su amor.

En este quehacer que es el quehacer del que vive el mandamiento de Cristo entregado a los Apóstoles: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Cfr. Juan 13,34.36 ) los brazos cruzados no existen, se ama amando y no evitando pecar; y mientras nuestro amor, en la práctica, se hace semejante al de Jesús, caemos en cuenta que en el amor está presente la misericordia como una de sus manifestaciones más extraordinarias:

Para recibir y para dar…

Ahora entendemos por qué es “feliz la culpa” tal cual como lo afirma san Agustín, porque sin ella no hubiésemos experimentado la plenitud de la Misericordia de Dios que se ha manifestado extraordinariamente en la entrega de Cristo.

No hay cabida al temor en aquel que en verdad ama.

Lo dicho, extraños son los recovecos que transita el pensamiento para traernos a la conciencia de que son muchas los pretextos de los que nos valemos para no arriesgar y justificarnos a nosotros mismo en nuestros temores.

Quizá con ello evitamos la contradicción que reconoce Pablo en su proceder, pero también desaprovechamos la ironía del Amor de Dios, que aun equivocándonos no deja de manifestarse en nosotros, y más se muestra cuanto menos lo merecerlo.

Buscando hacer el bien que quiero, y aunque aparezca el mal que no deseo, incluso ahí, sin mérito de nuestra parte, salimos ganando, pues, al caer en cuenta que hemos errado, quedamos a un paso de la misericordia de Dios, que no evita seguir amándonos.

Yerko Reyes Benavides

miércoles, 16 de agosto de 2023

Desafío Espiritual

Nos suele pasar con más frecuencia de lo que pensamos, estar esperando que Dios obre de manera extraordinaria, un suceso por medio del cual, no queden dudas de su acción e intervención en nuestra vida.

Meditando en esta idea, y mirando la propia experiencia, interpelando a las expectativas personales, puedo decir sobre esta intervención, no se trata específicamente de aquello que entra dentro del rango de “milagros”, entendidos estos, como acciones inexplicables para la razón que son obra única de Dios y están más allá de las leyes naturales que rigen nuestra existencia.

No, hay un rango menor, que espera una parte de nuestro ser, que sea la intervención de Dios en el acontecer de nuestros días; que nos deje perplejos, admirados, sobrecogidos, emocionalmente conmovidos, espiritualmente sorprendidos; ese algo que esté fuera de la rutina, de lo aburrido y monótono de lo cotidiano; un destello de gloria, un cántico celestial audible, “un nos sé que” distinto y fuera de lo común, que conmueva al corazón desasosegado y desgastado de más de lo mismo de todos los días.

Sin darnos cuenta, y eso no tiene nada de malo, sino que es un proceso natural de nuestra mente, hacemos cosas en automático; dejamos a la costumbre y al hábito que hagan cosas por nosotros y para nosotros en un desgaste mínimo de conciencia. Este estado automático de la conciencia va desde cosas tan simples como cepillarse los dientes, bañarse o preparar el desayuno, hasta realizar acciones más complejas como sostener conversaciones con otros o realizar las tareas de siempre: caminar, trasladarse de un lugar a otro, escribir, hacer una llamada, trabajar, etc.

¿Te has dado cuenta de esto?

Hay momentos, que no son pocos, en los que estás en un “estado automático de conciencia”: estás, pero no estás; y hasta te pasa, que no suele ser frecuente, hay ocasiones en que caes de repente en cuenta; es decir: te das cuenta; y el estado de conciencia despierta. Despierta la conciencia, que no es aquella que habla cuando estás por hacer algo malo, sino esta que te permite ser consiente de ti mismo en al aquí y el ahora; te ves a ti mismo, un tanto desubicado en lo que estabas haciendo o diciendo, mientras estabas en automático; y hasta sientes la necesidad de pedir disculpas por no haber sido esa tu intención.

Nos resulta familia del dicho “sólo vemos lo que nos conviene” y es una verdad de la sabiduría popular que encuentra su sustento en la ciencia que nos ofrece datos para corroborar que, la capacidad de ver de los ojso es mayor que la selección de datos que hace el cerebro para mostrarnos como visto por ellos.

Esta selección es otro de esos procesos “automáticos” de los que hemos venido hablando. A qué obedece esta selección: intereses personales; preferencias, hábitos, actitudes arraigadas, gustos, motivación, instinto. ¿Podemos cambiar el estado automático de funcionamiento del cerebro? No, este seguirá haciendo su trabajo, es cuestión de economía de recursos psicosomáticos; pero podemos enseñarlo a mirar: haciendo una intervención consciente y re-educando nuestros hábitos, modificando lo que nos interesa y dando prioridad a lo que es relevante para nuestra existencia y naturaleza espiritual.

Dicho con otras palabras, he de desarraigar de mi inconsciente lo que me enseñaron a ver y hacer el esfuerzo consciente de aprender a ver lo que no me enseñaron a ver. Y este es uno de esos grandes desafío que todos hemos de enfrentar en algún punto de este existir nuestro, si queremos experimentar el sosiego espiritual.

Un ejemplo, que no es ejemplo sino situación de vida en muchos: el que está invadido por la tristeza, sólo ve tristeza a su alrededor. ¿Es que desparecieron de su entorno las alegrías? No, siguen estando presentes, sólo que ha elegido – inconscientemente o a veces muy conscientemente – no verlas, ni dejarse tocar por ellas.

Dios es, y Dios está, como las alegrías - mencionadas en el ejemplo - .

“Yo soy el que soy y voy siendo” le dijo a Moisés (Cfr. Éxodo 3,14). “Yo paso por ti” y en mi paso dejo que descubras y percibas mi presencia: le anuncio a Elías que subió a la montaña para contemplar el paso del Señor (Cfr. 1Reyes 19, 9-13).

Jesús mismo es la expresión humana visible de la presencia divina invisible y por su palabra somos transformados: “esto se los he dicho para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a ser plena” (Juan 15,11).

Si no ves a Dios cada día, todos los días, no es capricho de Dios no dejarse ver. ¿Acaso Él puede faltar a su promesa y dejarnos desatendidos tan sólo un día?

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final del mundo” (Mateo 28,20)

Que nuestros ojos vean y que nuestros oídos oigan, y nuestro corazón sea capaz de sentir el amor de Dios, no se declara, ni tampoco es cuestión de suerte o de milagros.

Dicho sea de paso, esta es la manera bíblica y muy de Jesús de hacernos un llamado y enseñarnos a salir del “estado espiritual automático”, en el que también entramos, dejando incontables vacíos en nuestro interior.


El desafío espiritual, propuesto implícitamente hasta ahora, no es tan complicado, se trata de ver y de oír. Ajá, me dirás, eso lo hago todos los días, y hasta con cierta atención. Yo ahora te respondo, lo que haces consciente de lo que ves y de lo que oyes no es todo lo que viste o lo que oíste, hay más. Hemos de educar a la mente para que nos informe aquello otro que la vista vio y el oído oyó y lo descartó, por no corresponder al hábito al que le acostumbramos a percibir en su estado automático.

Hay una práctica muy antigua, ampliamente recomendada por los padres espirituales y los santos, que nosotros hemos menospreciado o hemos desestimado en la práctica: el Examen de Conciencia. Hemos reducido su ejercicio a una mera revisión nocturna en la que enlistamos los pecados cometidos en la jornada, que serán materia para una futura confesión. Ya ves, si no hay confesión entonces no hay revisión y el examen de conciencia sólo desaparece.

Si el examen de conciencia lo entendiéramos como un ejercicio del espíritu y su práctica la asumiéramos no como una revisión, sino como un hacernos conscientes; no de nuestros pecados, sino del paso de Dios en nuestro día a día; cada día estaríamos habidos y buscaríamos caer en cuenta, cómo, en qué o en quién Dios se está haciendo presente.

Un Desafío espiritual para ti: ¿Te atreves?

Quince minutos cada noche, serían suficientes, para contemplar nuestro día, ver y oír, cuaderno en mano, y apuntar aquellas situaciones, acciones o acontecimientos que nos sucedieron en donde, con toda humildad y fe, podemos reconocer y decir sin más, si Dios no hubiese estado ahí: qué hubiese sido de mí.-

Quince días de ejercicio consuetudinario, comenzarán a hacer la diferencia, y permitirán que al día siguiente nuestra vista y nuestro oído estén atentos al paso de Dios por nuestra vida.

Noventa días de ejercicio ininterrumpido, harán de esta práctica un hábito arraigado, y sus frutos no se harán esperar: “su alegría, será nuestra alegría”.

No te desalientes; será la primera tentación a vencer, si te pasa que llegada la noche y después de los quince minutos no haya nada en tu cuaderno. Persevera e insiste; pide al Espíritu Santo el don del discernimiento que deja expuesto al alma el designio de Dios.

Te desafío.

Yerko Reyes Benavides

martes, 14 de marzo de 2023

El Perdón. Notas a mano alzada

El perdón un tema espinoso pero necesario de plantearse de tanto en tanto, ya que interpela un aspecto de nuestra vida interior que en ciertas ocasiones permanece a puerta cerrada y con la cerradura echada. 

Para este escrito he querido recoger una serie de notas y apuntes, hechos a mano alzada, a través de algún tiempo reflexionado sobre el tema y la propia experiencia. 

Estás Notas a mano alzada no quieren ser una cátedra ni una apología a la virtud teológica del perdón, sino ideas, ecos que resuenen en el interior y que inspiren un descubrir, un darse cuentan, una excusa para abrir aquella puerta donde están contenidos los perdones dados y los que se han retenido.

“Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguno, perdónenlo, para que también su Padre que está el cielo les perdone a ustedes sus pecados” .

(Marcos 11,25)

  • El perdón no depende de que el otro cambie o enmiende sus acciones. Perdonar  no es esperar el arrepentimiento del otro o su transformación, sino cambiar tu y dar vuelta a la  página donde quedaron apuntadas las huellas de tus heridas infringidas en ti, y comenzar a escribir una nueva página de vida, dejando atrás lo que en algún momento pudo lastimarte. 
  • Perdonar es darle la oportunidad al corazón para seguir adelante él intuye mejor el camino y lo que está dos pasos más allá del resentimiento y la frustración. 
  • Jesús en su llamado a la reconocía y su invitación permanente al perdón no significó en ellos que te quedarás anclado a situaciones que te sigan haciendo daño o a personas que insisten en lastimarte o perjudicarte. Puedes perdonar y también alejarte y dar por concluido lo que no te edifica ni procura tu bien.

“Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”.

(Efesios 4,32)



  • Perdonar no es olvidar pero tampoco es seguir recordando; es abrir el pensamiento, permitirle descubrir un porvenir distinto y avocarse a realizarlo más que insistir en el sufrimiento.
  • Perdonar es hacer lo que no se espera en un mundo que no tiene al perdón como su valor y se muestra cada vez más inmisericorde. 

“El nos libró del dominio de la oscuridad y nos traslado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de los pescado”.

(Colosenses 1,13-14)

  • Perdonar es quererte a ti mismo, pues el perdón necesita del amor propio para sublimar el orgullo que lo niega” 

“Yo soy el que por amor a mi mismo borra tus transgresiones y no se acuerda más de tus pecados”.

(Isaías 43,25)

  • Perdonar es parecerte más a tu Padre del cielo, quien sin importar el tamaño del pecado su amor es siempre mayor,  en el que perdón es su don. 

“Si tú, Señor, tomarás en cuenta los pecados, ¿quién, Oh Dios, sería declarado inocente? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto” .

(Salmo 130,3-4)

  • Perdonar es casi siempre un imposible que sólo se hace posible, bajo la gracia y la acción misericordiosa de Dios.

“Señor, si mi hermano me ofende: ¿Cuántas veces he de perdonarlo? ¿Hasta siete veces? ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

(Mateo 18,21-22)


Un apunte de cierre que no quiere ser un punto y final sino un punto y seguido en ti, en quien estás notas resuenan como un eco de inspiración. 


El perdón, como se ha inferido tiene que ver más con la persona que lo consiente, lo acoge y lo expresa en sí, que con quien lo recibe. Al perdonar reconocemos nuestra propia vulnerabilidad y aceptamos con humildad la humanidad propia a la de los demás. 


El perdón como moción del alma, concebida en el corazón y aceptada por la razón, más allá de toda lógica, propicia dejar ir el Ego y, abrirse y confiar en algo más grande que uno mismo. Implica ser consciente del proceso de transformación personal necesario y perseverar en la intervención decidida del interior al que se le van incorporando como criterios y parámetros de vida la compasión, la generosidad, la empatía, el amor incondicional, la humildad y la aceptación. 


Así el perdón no será ni un sacrificio ni un signo de debilidad, sino al contrario, un acto sagrado de valentía, de liberación y de da sanación en unidad a Dios Padre de amor y misericordia. 


Yerko Reyes Benavides 

martes, 6 de septiembre de 2022

“Bienaventurados”: Lectura espiritual de las Bienaventuranzas según san Lucas

I Parte 
Lucas 6,17-26
“Bajando con ellos, Jesús se detuvo en un llano. Con él estaba un grupo impresionante de discípulos suyos y un pueblo numeroso procedente de toda Judea y de Jerusalén, como también de la costa de Tiro y de Sidón.

Habían venido a oírlo y para los sanará de sus enfermedades. Sanaba también a los atormentados por espíritus malos, y toda esta gente trataba de tocarlo porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.

Él, entonces, levantó los ojos hacía sus discípulos y dijo…” 
“Bienaventurados”

Caras vemos, corazones no sabemos y era necesario que ante aquella muchedumbre, Jesús diera algo más que un discurso, una lección o hiciera una apología.

Y así fue aquella tarde al bajar de la montaña. Y así sigue siendo hoy, que Jesús, el Maestro, el Mesías y nuestro Señor, llegue a lo más íntimo de nuestro ser, toque nuestra alma y renueve la esperanza, de esperarlo todo en Dios y confiar en su designio de amor.

El llamar Bienaventurados a aquéllos, no fue sólo un decir, palabras al viento, ni tampoco, un acto demagógico de su parte, cuya intención es de procurar la adhesión de una masa; sino llegar al corazón de cada persona y despertar en cada una, la fe, ilusión y, más que nada, la confianza de que ya se están cumpliendo las promesas hechas por Dios desde el inicio; con Abraham, pasando por Moisés y los Profetas.

Bienaventurado es el adjetivo calificador del sustantivo Bienaventuranza, que proviene del vocablo latino: “Bienaventurar” y significa, “prosperidad o felicidad humana”.

Sin embargo esta acepción del término, no nos es sugerente, puesto que la noción que tenemos está más dentro del ámbito religioso y del contexto bíblico.

Añadamos algunos elementos más a esta noción básica, arrojarán ideas a nuestra meditación:
1. Bienaventuranza, llamada además, “macarismo”, es un género literario, presente en varios escritos tantos del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.

2. A este género los autores, recurren para expresar una felicitación por tener una cualidad o comportamiento grato, en virtud al deseo o voluntad de Dios.

El ejemplo más reconocido de este género literario lo encontramos en las Bienaventuranzas manifestadas por Jesús.

Expresar una bienaventuranza, no trata de conceder una bendición, o idealizar una condición específica de vida; sino, hacer una clara, directa y puntual invitación, a seguir el camino de virtud que procura dicha situación, estado o condición.

3. Así pues, entendemos, las Bienaventuranzas, es decir, cada una de las ocho fórmulas de felicidad espiritual que Cristo proclama a sus discípulos, como ideal de vida.

4. Y un elemento adicional, el más importante: Jesucristo, el Hijo del hombre, es el Bienaventurado por excelencia.
Y ya ha llegado, él está en medio de todos y es el consuelo de lo alto.

Jesucristo es quien nos hace bienaventurados con su gracia, amor y bendición.


“Bienaventurados los pobres”
“Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios” 
                                                                                        (Lucas 6,20b)
Dijo mi profesor de teología: “las bienaventuranzas son la razón de ser del Evangelio, las que le dan contexto y proyección a la acción de Cristo”.

Yo, en aquel momento, como tú, ahora que me lees, no entendí nada. Pero te comparto, con la humildad que amerita la consideración siguiente: sólo pateando calle se entiende; después, al final, se entiende, y quizá ahí, tú tengas mucho para compartir conmigo.

Lucas (el evangelista de nuestra referencia) es más conciso a la hora de presentar este plan programático de Cristo, sin embargo, al igual que Mateo, las encabeza, con la bienaventuranza a los pobres.

Esto me dejo pensando, pero a propósito de este artículo, no es teología lo que abundo mis ideas, y lo que voy a exponerte no es cátedra, ni tampoco una teorizada sugerencia, sino experiencia:
Nadie hay tan pobre que no tenga un abrazo para consolar.

No hay nadie que por muy mal que ande en lo material, no abunde en sonrisas; al menos una para animar al que la desesperanza ha abatido.

Pocos son los que no tienen sus piernas y píes bien dispuestos, para acompañar al que camina en soledad.

Tampoco la pobreza toca los oídos y al tiempo de más, para escuchar al que necesita un consejo y desahogar sus penas.

Miro mis manos, y caigo en cuenta, que no son expresión de pobreza, pues están ahí para ayudar; para levantar al que ha caído y sostener al que está a punto de irse al suelo.

Y si por cosas de este mundo, todo esto faltará, nadie hay tan pobre, que no tenga en su corazón el Reino de Dios, para derramarlo en abundancia.
Esto – las bienaventuranzas – no es promesa, no es que va a suceder algún día , ni llegará con la parusía.

Por Cristo, los pobres ya somos bienaventurados.

Y aquí, mi apreciado lector, comienza tu caminar al lado del Señor.

Yerko Reyes Benavides

viernes, 28 de enero de 2022

"Obligado ni al Cielo"

Un refrán reza: “Obligado ni al cielo” y está categórica afirmación, me lleva a preguntarme en mis tardes de meditación, cuando mis pensamientos se pasean sin destino fijo, por los océanos insondables de los misterios del Creador: ¿A quién le gusta vincularse por obligación u obligando una relación, cualquiera que sea? Los autócratas y tiranos, los dictadores, déspotas y opresores, encajan en este perfil.

Y avanzo en la reflexión: Básicamente, hay dos tipos de obligación: la obligación por imposición, en la que la voluntad no tiene cabida y la obediencia se inculca por coacción y, la segunda, la obligación moral, que tiene lugar en un acto de conciencia ante las responsabilidades, las necesidades y los compromisos asumidos por oficio, vocación o servicio.


Tropiezo, además, en mis divagaciones con aquella máxima que dice: “El que obedece no se equivoca”, sin embargo, a mi modo de entender este asunto, se erra dos veces. Una, al creer que no se es responsable de los actos y consecuencias de la obediencia, y por ellos se ha de responder; y dos, pensar que se encontrará justificación en la obediencia sin consciencia.

No hay ley que esté por encima del bien y la bondad, la libertad y la conciencia. Y aunque esto pueda sonar discordante, ni si quiera el mandamiento del amor, en cuanto ley y norma, puede ser impuesto.

El amor no es una obligación, sino un acto de la voluntad que hunde sus bases en la libertad y en la conciencia del bien. En los sentimientos encuentra las formas de manifestarse en la riqueza de sus múltiples expresiones y en el aprendizaje la manera de sostenerse en el tiempo.
Decir que el amor es tan sólo un sentimiento es tan peligroso como decir que el amar es una necesidad u obligación.
No veo a Dios complaciéndose de amores por obediencia, ni tampoco puedo concebir que Dios imponga su amor por obligación. Y aunque esta afirmación encuentre coincidencia en tu forma de pensar, ha habido, y siguen habiendo sistemas y estructuras que solapadamente cabalgan sobre la imposición como manera de relacionarse con Dios.

Donde quiera que haya tiranía, surgirán actos de rebeldía y rebelión, y la búsqueda y conquista de la libertad; aunque esto implique declarar la “muerte de Dios” (ateísmo).

Me alivia en la meditación, que Dios es Dios independientemente de lo pensemos de él, o la manera como lo presentamos a los demás. Y digan, lo que digan de él: “Dios es y sigue siendo Amor” (Cfr. 1Jn 4,8) y en él no hay obligación, ni por necesidad ni por imposición.

Respiran de nuevo en sosiego el alma, el corazón y la mente, pues pueden amar a Dios y ser amados por Él en plena libertad.

Yerko Reyes Benavides