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domingo, 28 de mayo de 2023

Jaculatoria

Espíritu Santo




Aleluya, aleluya.

Dios ha puesto su morada en nosotros,
haciendo de nuestro corazón Templo de su Amor.

Aleluya, aleluya.

Yerko Reyes Benavides

miércoles, 17 de mayo de 2023

Un Antes y un Después. Itinerario Espiritual de Pentecostés

Presentación del Itinerario Espiritual
de Pentecostés en su Tercera Edición.


Hay momentos realmente significativos; demarcan hitos relevantes de nuestra vida, de este pasar nuestro por el mundo. Los rememoramos con cierta nostalgia, pues traen a nuestra memoria aquellas experiencias vividas en la consecución de metas trazadas o sueños cumplidos.

Algunos de estos momentos se convierten en verdaderos puntos de inflexión, un quiebre en la vida que implica un antes y un después.


Meditando sobre estos tiempos de quiebre, me preguntaba: ¿Por qué no se logra arraigar la alegría como un sentir permanente del corazón y una actitud constante en el vivir? Siendo la alegría un don de Dios, ¿Por qué se hace esquiva a muchos?

Jesús prometió a sus discípulos que los iba a inundar una alegría que nadie podría quitarles (Cfr. ) y esto a mí me suena a uno de esos puntos de inflexión donde se demarca el Antes y el Después. Ahora bien, ¿cómo llegamos a él? La respuesta la tenemos delante de nuestros ojos: Pentecostés lo fue el punto de quiebre para los discípulos, la presencia del Espíritu Santo que venció en el interior de ellos, el temor que los tenía cautivos.

El Espíritu Santo es quien propicia en el interior del creyente la alegría del Señor y en el Señor.

Pentecostés hoy día también es para nosotros la oportunidad de llegar a este punto de quiebre en nuestro Itinerario Espiritual de vida. Un oportunidad para que sea el Espíritu Santo quien demarque por su presencia en nuestra vida: Un Antes y un Después.

Con esta intención en el corazón, quiero presentarte en esta ocasión, la tercera edición de este material que ya hemos compartido, pero ahora llega, revisado, corregido y ampliado en su contenido, con la esperanza puesta en el Señor, que será un recurso de provecho.

Queridos amigos dejo a la disposición de ustedes, el Itinerario Espiritual de Pentecostés: Un Antes y un Después.




“Ven Espíritu Santo,
llena el corazón de tus fieles,
e infunde en ellos el fuego de tu amor”.

Amén.

Yerko Reyes Benavides
Editor

jueves, 22 de septiembre de 2022

Espíritu de Dios

Espíritu de Dios
don de bendición,
envuelve mi debilidad
en las alas de tu divinidad.
En el don de tu fortaleza
restaurada quede mi naturaleza,
derrotadas todas mis bajezas,
desterrada de mi corazón la impureza.
Mis ojos llenos de ilusión,
anhelan contemplar el rostro de Dios.
En el don de tu entendimiento
se sumerja mi pensamiento,
el deseo de mi razón sea tu aliento
y el sutil sustento de mi atrevimiento.
Sea servirte, de mi voluntad, su empeño;
amarte, de mi corazón su mayor anhelo.
Dame el don del Consejo,
que mi ser, de ti sea un reflejo
que avive en el desierto la esperanza
y en la tristeza la confianza,
de esperar sin desesperar.
Las lágrimas que libres destilan de mis mejillas
fecunden por tu gracia y templanza
el herido suelo de mi desesperanza.
Hazme beber cada día
de la fuente abundante de tu Sabiduría,
descubrir en este vivir inconstante
la alegría de tu presencia santificante,
valor que da libertad espiritual
para ser en ti donación habitual.

Inspira e infunde en mi alma
la Piedad que me hace falta,
la valentía que necesito
para no vivir con el temor,
del Amor del Señor.
Amén
Yerko Reyes Benavides

domingo, 5 de septiembre de 2021

Servir, Amar, Santificar

“En efecto, todos los que se dejan guiar 
por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” 
Romanos 8,14


Amar, Servir, Santificar: con toda seguridad ya nos hemos topado con estos tres términos por separado. 

Cada uno de ellos nos habla de una virtud, cualidad, condición o capacidad. También nos remiten al ámbito del quehacer y nos refieren al proclamado y tan requerido deber ser.

Hemos escuchado, leído, estudiado, incluso conversado insistentemente sobre ellos, y de todo este bagaje en el que se intercambian conceptos y experiencias  tenemos una noción personal de lo que ellos significan.

De lo que no estoy tan seguro es, si estos tres términos, los hemos vinculado entre sí. Es decir, los hemos visto, entendido y comprendido en interrelación y dentro del contexto de la vida espiritual, ya que son ellos -juntos y en constante interacción- sus tres elementos fundantes.

¿De dónde proviene esta interrelación entre, servir, amar y santificar? De la acción del Espíritu Santo en la persona que los ha recibido, al recibirlo a Él.
“Y soplando sobre ellos les dijo: reciban al Espíritu Santo”. 
(Jn 20,22)
Don de Cristo, regalo de su bondad, compañero de camino, quien propicia el conocimiento de la Verdad.

Cuando el discípulo de Cristo habla de espiritualidad, no mira hacia fuera, buscando estratagemas, sistemas, prácticas o métodos, sino que busca en su interior, la presencia del Espíritu Santo, origen, fuente e impulsor de la vida espiritual, es decir, de una vida bajo el influjo y la gracia que es Él mismo.
“Yo les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se los enviaré” 
(Jn 16,7)
Podremos llevar una vida religiosa formal y bien sustentada, pero sólo bajo la acción del Espíritu Santo podremos tener una vida espiritual plena: en amor, servicio y santificación.


Servir sin amar es servilismo
 y sin santificar es esclavitud.

Amar sin santificar es vanidad 
y sin servir es necedad.

Santificar sin amar es frivolidad
 y sin servir es vanagloria u orgullo individual.

Yerko Reyes Benavides
Trazos a Mano

sábado, 30 de mayo de 2020

Pentecostés: Fiesta, Vigilia y Oración (Recursos)

Pentecostés, suena a nuestros oídos como la fiesta de la Iglesia en honor al Espíritu Santo. Fiesta que se celebra nueve días después de la Ascensión de Jesucristo y a cincuenta días de su Resurrección. 

Estos números nos pueden parecer simbólicos, y de hecho así lo son. Emulan en número a la cantidad de días que separan a las dos fiestas principales del pueblo judío y que están en el trasfondo de estas solemnidades cristianas, aunque de ellas poco quede. 

Pentecostés o fiesta de las “Semanas”, hoy conocida como Shavuot, celebra el encuentro de Dios con Moisés en el Sinaí, donde son entregados los Mandamientos -las tablas de la Ley, y fue establecida por el mismo Moisés, 7 semanas o 50 días después de la Pascua del cordero –Pesaj-, que celebra la liberación el pueblo de Israel. 

Sin embargo, y aunque podemos encontrar paralelos espirituales, nuestra fiesta de Pentecostés, nos habla de otra entrega, no en forma de Ley, no contenida en tablas, sino en forma de Gracia y en la Persona misma del Espíritu Santo. 

Así pues, la Celebración de Pentecostés constituye, a la par y junto a la Solemnidad de Resurrección, la Fiesta en la que nuestra Fe encuentra su fuente, sentido y proyección. Nace en ella la Iglesia, comunidad de creyentes y testigos. 

Sin la efusión del Espíritu Santo la primigenia comunidad, constituida por los apóstoles y discípulos del Señor, en compañía de María, Madre Jesucristo, no hubiese por sí misma encontrado el impulso necesario para, lanzarse definitivamente al mundo entero, y dar testimonio decidido y certero del Evangelio de Cristo. 

La originaria fiesta judía de Pentecostés, a partir de la Efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Virgen María, marca un punto de quiebre en la vida de los discípulos y establece para ellos “Un antes y un después”. 

Este es el tiempo del Espíritu Santo, la hora del Don de lo Alto y en nuestra caminar de fe y nuestra vida ha de ser tenido como un referente espiritual; momento privilegiado que se renueva año a año, y que nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo, de emprender nuevos caminos, de revitalizar nuestra entrega con la gracia que proviene del Cielo y es dada por Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu que de ambos procede. 

Nuestro gran desafío es hacernos consciente de ese “después” que demarca la presencia actuante del Espíritu Santo en nuestro corazón. 

Que estas líneas no sean sólo el preámbulo para hacer entrega del material para la realización de la Vigilia de Pentecostés, sino una motivación, un llamado un impulso, el desafío espiritual que nos mueva a renovar y avivar la presencia de Espíritu Santo en nuestra vida. 



Esta noche, nosotros al igual que los Apóstoles estaremos en Vigilia y Oración, a la espera de la efusión del Don de lo Alto, ya presente en nuestro corazón. 

Meditando la Palabra y elevando nuestras súplicas al Padre Dios, discerniremos, tomando en consideración los signos de nuestros tiempos, el “antes” y el “después” que hemos de emprender en compañía del Espíritu y guiados por su inspiración y gracia. 

 

 Listo ya nuestro ánimo y dispuesto nuestro corazón digamos: 

¡Ven, Espíritu Santo, te estamos esperando!

Yerko Reyes Benavides

miércoles, 28 de agosto de 2019

Don de lo Alto

Comienza un día nuevo, igual que siempre, nada diferente, sólo en ti lo que es rutina se vuelve sorprendente, puesto que lo cotidiano se convierte en ocasión de salvación, una oportunidad para hacer crecer en mí tu amor, el que me das incondicionalmente.  
Busco en todo momento y desde el mismo despertar, tu presencia; contemplar tu rostro es mi anhelo, pues revelas por él tu divinidad, la que en mí también está, ya que a imagen y semejante tuya vida me diste.  
En ti quiero vivir, siempre discernir y decidir lo que haga que Tú estés en mí y yo en Ti: en tu gracia; la misma que me das para que en todo haga la Voluntad del Padre, que es bondad, misericordia y compasión.  
Señor Jesús, tu Espíritu dame, que no falten en mí sus dones: Sabiduría y Ciencia, Inteligencia y el don de Consejo; Fortaleza en todo momento; Temor de Dios que mueva mi fe y Piedad que mi rodilla haga doblar y la imagen de tu Divina Majestad en mi resplandezca como luz de nuevo amanecer.  
Si el Don de lo Alto late en mi pecho podre en todo momento elegir el camino que al Amor me lleve, viviendo en alegría el Evangelio que pusiste en mis manos y me pediste que anunciara; esta Buena Noticia de Redención, que liberta mi espíritu y hace que todo lo que viva sea para la Gloria de Dios. 
Amén

Yerko Reyes Benavides

domingo, 9 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Amor

"El amor es paciente, es bondadoso. 
El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. 
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. 
El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. 
Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 
El amor no se acabará jamás".
(1 Cor 13,4-8)

Qué difícil es tratar de atrapar la esencia de algo que significa tanto en una sola palabra, en un solo vocablo. Así pasa con el término “Amar” (verbo) o “Amor” (sustantivo). 

Este escrito no tiene por objetivo exponer en pocas líneas el contenido de concepto tan complejo. La manera como abordaremos el concepto “Amar” será en el contexto de significación como el Fruto del Espíritu en el corazón de la persona que tiene a Dios. 

La etimología de la palabra castellana Amor proviene del termino latino Amor -Amōris; cuyo forma verbal sería Amāre, del que derivará nuestro verbo Amar.

La más remota raíz de la palabra amor procede del indoeuropeo am-, que significa ‘madre’, y que también vendría a ser la raíz de palabras como amigo o amistad. 

Así, pues, la palabra amor desde su origen está relacionada a la noción de afecto, cariño, a sentimientos que se establecen en la relación entre personas: en la pareja, entre amigos, entre hermanos, entre padres e hijos. Es apego y querencia, en el que está presente la bondad, el bien, el deseo bienestar. 

Los antiguos griegos, tenían distintas palabras para referirse a estas formas de afecto que nosotros, hoy en día, resumimos en la palabra castellana amor. Para ellos amor – amar era eros, que era el amor pasional, corporal, también erótico, expresado en el contacto corporal y físico. El ágape, que era el amor puro e incondicional, amor de donación y entrega, amor que conlleva lo “espiritual” sin abandonar lo físico. También amor se entiende como filia, que hacía referencia a aquel amor que profesamos hacia determinadas personas o cosas. 

El Amor Fruto del Espíritu Santo 

Amar ya en sí es un acto espiritual, intangible, a veces etereo, pero con consecuencia reales y tangibles. Por eso es tan difícil definir algo que en la práctica resulta tan complejo, puesto que es la esencia misma de la vida tanto divina como humana. 
“Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”. (1 Jn 4,7- 8)
El Amor es la esencia de Dios, lo que describe su naturaleza, lo que también describe la nuestra, puesto que hemos sido hechos a su “imagen y semejanza”. 

Lo que me da identidad, no es lo que recibo de afuera; no son las circunstancia, ni me definen cañones o estándares establecidos. Lo que me hace ser y no dejar de serlo ante nada, ni por nadie, lo que me hace todo en todos y a la vez único y singular, irrepetible; lo que le da sentido y proyección al vivir y trascendencia al existir, está en mi; lo que me hace ser es el Amor. 
"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados". 
(1 Jn 4,10)
Es la presencia del Espíritu Santo quien nos da la certeza y la seguridad que el amor es nuestra esencia, la naturaleza que nos define y nos une a Dios. 
"¿Cómo sabemos que permanecemos en él, y que él permanece en nosotros? Porque nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él".
(1 Jn 4, 13.16)
 La única manera de ser fiel a nosotros mismos es siendo fiel a nuestra naturaleza y ésta nos habla que el Amor nos define. Lo que al final de la vida dará paz a nuestro existir no será el dinero que hayamos guardado en un banco, los títulos que hayamos colgado en una pared, el prestigio social y los aplausos de la gente que hayamos conquistado, ni el poder ostentado, sino “el amor con el que hayamos amado” y lo que nos dará trascendencia será “el amor con que nos hayan amado”. 

Del amor se ha escrito versos y canciones, libros y manuales. Se ha dicho tanto del amor y a la vez tan poco. Sabemos lo que es amar y a veces no sabemos cómo amar. 

Dejemos que sea el Espíritu Santo el que propicie frutos de amor en nuestra vida. Y cómo son esos frutos: 

Abundante, continuo y fiel; sublime, santo, entregado; humilde y generoso; no es sólo sentimentalismo pasajero, sino que se compromete y de por vida, no sólo a ratos. Es de gusto y supera las ganas; no se engríe ni se enoja, no se envanece ni envilece, no se vuelve cruel o ruin. No está sujeto a intereses, mas su interés es el bien de la persona amada, aun a costa del propio bienestar. 

Este es un amor abarca el corazón y la mente y que brota del alma, pues el Espíritu lo hace proceder. Es perceptivo, inteligente y práctico. Es un amor que discierne y se esfuerza por escoger lo mejor y lo que realmente agrada a Dios y a los demás seres humanos. 

Este amor es el primero de los frutos del Espíritu Santo, fundamento y raíz de todos los demás. Siendo El, la infinita caridad, o sea, el Amor Infinito, es lógico que comunique al alma su llama, haciéndole amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda la mente y al prójimo por amor a Dios. Donde falta este amor no puede encontrarse ninguna acción sobrenatural, ningún mérito para la vida eterna, ninguna verdadera y completa felicidad. Es lógico, también, que la caridad sea un dulcísimo fruto, porque el amor de Dios, es alcanzar el propio fin en la tierra y es el principio de esta unión en la eternidad. 


Compromiso

“Sin amor nada soy Señor” 

Amar será mi misión, el sentido de mi vivir, el propósito de mi existir. Para ello, he de vencer el miedo, mi gran reto y desafío. No tengo más escusa, no puedo seguir poniendo pretextos, ni postergando lo inevitable. 

La verdadera vida en mi comenzará cuando comience a dar frutos de verdadero amor. 

“Enséñame señor a amar como tú”. 

Aprender a amar será mi compromiso. No amar más sino amar mejor. ¿A quién? A ti, a mi y a Dios. 

Gracias por venir Santo Espíritu Divino. 

Yerko Reyes Benavides

Santo Espíritu de Dios

Cuando mi vida por fin termine
no te quiero ausente
estuviste ya en mi caminar vigente,
me alejaste de lo corriente
y a lo imposible me llevaste;
recíbeme, al fin, en esta muerte,
que ahí justo mi vida de nuevo por ti comience.

Cuando por fin mi vida en ti empiece
y de ello me hagas consciente;
cuando se agote lo que vida reste,
te quiero a ti en mi presente.

De este existir no te apartes
ni de mi caminar te alejes:
tú serás la alegría floreciente
de este sentir naciente.

En este vivir peregrino, tu gracia no me desampare
tu bondad lejos de mí no dejes;
buscándote estoy siempre
lejos de mi muchas veces
dentro de ti, en mi algunas veces.

Sal del cielo, búscame,
encuéntrame, en este, de mi perderme;
guíame,
no quiero morir nuevamente
ahora que comienza este vivir perenne;
contigo en mi eternamente
en mi alma, corazón y mente.

Santo Espíritu de Dios inmanente
haz de mi alma trascendente
mi vida en tu amor se incendie
mi corazón en tu candor se renueve
no quiero más muerte
sino la vida que sólo de ti procede
ahora y por siempre
Amén

Yerko Reyes Benavides

sábado, 8 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Gozo

"Para mí, sin embargo, mi propia vida no cuenta, con tal de que yo pueda correr con gozo hasta el fin de la carrera y cumplir el encargo que el Señor Jesús me dio de anunciar la buena noticia del amor de Dios".(Hechos 20,24) 
El gozo es una palabra que proviene del griego antiguo y del latín. 

En griego Gozo o “Xapa” significa “deleite grandemente”. Este deliete no hace distinción entre cuerpo o alma; produce una satisfacción  que compete a todo el ser; por su  parte “Gaudium” –latín, significa “alegría, disfrute, placer". El vocablo latino no deja de recoger en su vínculo con su significación religiosa: “manifestación de alegría espiritual, fruto del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes de Dios"

Aunque el gozo no está desligado de su implicación corporal, éste se produce en el alma del ser, en las facultades mas elevadas del alma, porque el Espíritu Santo es el que lo propicia y su acción es que no se pierde incluso en situación de adversidad o tribulación. Es decir, no es un felicidad que dependa de externas circunstancias para exaltar el animo de la persona; no es un sentimiento fortuito o pasajero, sino algo duradero, permanente pues lo sostiene la unión de la persona con Dios.

Así pues, Gozo es la alegría o el entusiasmo que se experimenta normalmente fruto de tener a Dios en la propia vida, y sentirse amados y bendecidos por él. 

Esta Alegría emana espontáneamente del amor, cual perfume de la flor, la luz del sol, el calor del fuego, da al alma un gozo profundo, producto de la satisfacción que se tiene de la victoria lograda sobre sí mismo, y del haber hecho el bien. Esta alegría no se apaga en las tribulaciones crece por medio de ellas. Es alegría desbordada. 
¿Cómo podemos hacer distinción entre este fruto del Espíritu y la alegría, la diversión y los momentos placenteros que se disfrutan en la vida? 
Según la experiencia de Nehemías y de todo el pueblo, el gozo del Señor viene como resultado de una actitud de consagración y entrega a Dios y a su plan para nuestra vida. Ese gozo inunda el corazón cuando uno está dispuesto a compartir todo lo que Dios le ha dado con los que no tienen nada. 

El apóstol Pablo lo encontró cuando se dedicó sin reservas ni egoísmo a seguir la "carrera" y cumplir el "ministerio" que había recibido del Señor (Cf Hch 20,24). 

Este Gozo nace en el alma de la persona y tiene en el Espíritu Santo su sustento, por tanto es permanente, no se agota, no se extingue, nada lo quita, ni nadie lo puede acabar. 

No es una “felicidad” pasajera como las cosas efímeras que procura el mundo. Al gozo, en su realización y ejecución como fruto le acompaña las actitudes y actos que proviene de la paz. 


Compromiso

Vivimos en tiempos en que la “felicidad” se vende como un producto, está amarrada al tener o al poseer. Se gana como premio y muchas veces es fruto del azar. Con razón nuestro tiempo es un tiempo marcado por codicia, la avaricia, el egoísmo, la egolatría; por una parte, y por la otra, la desolación, la tristeza, la indolencia, la indiferencia, el desgano, la agresividad y violencia, y la depresión y la queja. 

El gozo es consecuencia: ¿de qué? de la presencia eficaz del Espíritu Santo en la propia vida. Pedir felicidad a Dios, entra dentro de nuestro no saber pedir al Padre, observación hecha por el mismo Jesús. 

Pablo nos dirá: 
“De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades. Es cierto que no sabemos qué debemos pedir, pero el Espíritu ora por nosotros con gemidos tales que no se pueden expresar con palabras". (Romanos 8,26)
No te puedo pedir que empieces a vivir en “alegría”. Eso no es mi competencia. Mi facultad es decirte: comienza a tener una experiencia más viva del Espíritu en tu día a día “todo lo demás se te conferirá por añadidura”. 

Yerko Reyes Benavides

Aquí Estoy


Aquí estoy, Santo Espíritu de Dios, esperando la efusión de tu amor en mi corazón 
Aquí estoy, Aliento Divino, queriendo insufles cálidamente la gracia que llega contigo de lo alto.

Aquí estoy, Bondad que del Padre y del Hijo procedes, aliento de vida que todo lo renueva, apura tu venida, mi alma está de ti necesitada.

Aquí estoy, Brisa Celestial, llegas y te quedas, pero no te dientes, todo lo mueves; mueve todo de mi interior, no dejes nada sin estremecer, hombre nuevo de ti quiero renacer.

Aquí estoy, Llama de Ternura, ardes constante y no incineras, al alma purificas de sus penas, devuelve por el crisol de tu flama la pureza a mi alma y la inocencia a mi mente.

Aquí estoy, Sabiduría Suprema, pudiera no estar, pero me quiero quedar, y de ti recibir lo que el mundo no espera, la paz que perdura, la Verdad que devela el misterio de tu Amor persistente a nosotros dado.

Aquí estoy, Consuelo de Dios, te pido enjugues la lágrimas de mi dolor y mi pena, abrásame en el fuego de tu Amor, no me sueltes hasta que el pecado en tu ardor se haya del todo consumido.

Aquí estoy, Espíritu Santo sutil y silente, siempre operante, actuando apaciblemente en mi alma que hoy te aguarda, y te hace presente.

Aquí estoy, Heraldo Divino, no calles, háblame al oído suavemente, dime; déjame saber los secretos de tu corazón y vida infundirás a mí existencia.

Aquí estoy, Amor de Dios, en tu amor mi amor quiere perderse para así encontrarse en libertad, la que surque los cielos de la eternidad.
Amén


Yerko Reyes Benavides

viernes, 7 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Benignidad

La respuesta amable calma el enojo, 
pero la respuesta grosera lo hace encenderse más. 
(Proverbios 15:1) 

En alguna ocasión de la que no recuerdo mayores detalles, escuche que se decía y con gran determinación por parte de la persona que lo hacía, decir: “No basta con ser bueno”. 

Lo que si recuerdo es que esto me dejo pensativo, pase mucho tiempo tratando de poner en contexto el significado de esta afirmación tan categórica. 

Hoy por hoy, no he encontrado el contexto ideal para ella, pero no importa, me ha hecho meditar, pensar y reflexionar y he aprovechado esto para llevar a la vida cotidiana muchas de las cosas que han quedado como frutos de estos ratos de contemplación. 

No, no basta ser buenos, la Bondad va acompañada de la Benignidad y juntas como hermanas gemelas hacen verdaderos milagros .

La palabra Benignidad viene del término “Benigno” que en latín sería benegnus compuesto por los vocablos bene que significa “bueno” y genus que indica "nacido”, por lo tanto etimológicamente significa que es algo concebido o creado para el bien. 

Así pues la Benignidad se refiere a los valores de algo o alguien que es considerado bueno en su esencia: "Fuimos concebidos para ser buenos"

De esto entendemos que la bondad nos es esencial, es decir, somos buenos por naturaleza. Que nos echemos a perder después es otra cosa. Pero si buscamos la esencia de nuestra humanidad daremos con la bondad y el bien como principales cualidades y característica. Nuestro destino existencia es la benignidad. 

A propósito, y sin que tenga que ver directamente con lo que estamos planteando, ¿o sí? Mucho me hizo pensar esta afirmación venida del mundo del cine: “La especie humana es una enfermedad, un suerte de virus que destruye el ecosistema al que infecta” (Cfr. La Matrix) 

En su momento le di la razón. Sin embargo, y aunque mucho de nuestro proceder es de malignidad (antónimo a benignidad), destructivo, dañino, abusivo, violento… etc, todo esto no es más que el resultado de nuestra propia contracción; una que es posible corregir. 

Esto que describo a continuación si es más nosotros mismos; es ser humanos y nos hace seres humanos: 
“La persona que expresa benignidad tiene cualidades positivas como simpatía, ternura, comprensión, buena voluntad, compasión, paciencia y amor con las personas de su entorno. Es considerado una buena persona, de buen corazón y que actúa en relación a buenas intenciones, siendo sincera, comprensiva y tolerante”.

Compromiso

La benignidad se manifiesta en obras de generosidad y en un deseo de hacer bien a otras personas y de ponerlas en un mejor plano. 

Como fruto del Espíritu Santo es la virtud que exalta la bondad que hay en el corazón del ha sido arrancado de las manos del “maligno” (extraño a su esencia) y ha sido devuelto al regazo del Padre (del que es su imagen y semejanza más perfecta). 

Una persona benigna muestra simpatía a los que sufren y se empeña en ayudar a resolver los problemas de los demás. Jamás usa las faltas de otros para ponerlos en aprietos. 

Ese es el individuo que da siempre la afable y serena respuesta al que ataca con violencia y con ira; se aleja emocionalmente de la confrontación agresiva y de las explosiones temperamentales. 

Si esto que voy describiendo no se parece a ti: ahí tienes tu compromiso. 

Quizá por tu mente pase como una tromba la pregunta: ¿Y por qué “tengo yo” que ser el “benigno” en un mundo que abusa de los que son así? 

Precisamente porque el mundo no está bien, es que se necesita de gente que sea así. 

Y además, dar frutos de benignidad te hace ser más tú, más auténtico, más coherente con lo que en verdad eres, que es en primera instancia lo que realmente importa.

Yerko Reyes Benavides

Espíritu Divino

Espíritu Divino
Don de lo alto
Santo del cielo
mi alma es tu templo
mi corazón tabernáculo
es de tu amor.

Fuego Divino venido del cielo,
arde con la flama imperecedera
de tu gracia
que no se apague en mi ser tu llama,
ni en mi no existir tu candor se extinga.

De tu presencia llénalo todo,
resplandor del día que ya no tiene ocaso,
no dejes al miedo espacio
que enlute el regalo de tu amor.

Brisa de temprana primavera
suave y ligera en días de fuego,
acrisola mi alma con tu sutil encanto
libra mis pensamientos de sus desaciertos
y a mi corazón de sus áridos desiertos.

Manantial inagotable
déjame posar mis labios
en las aguas de tu entendimiento
y saciar mi sed de Dios, su conocimiento.

Soy de ti,
Santo de Dios su Amor.
Se de mí,
Vida en mi espíritu encarnado;
llámame,
búscame en el tiempo
y así te encontraré en la eternidad.

Que tu moción en mi sea persistente
en tu gracia hallarme insistente
este es mi anhelo
Espíritu Divino,
ser contigo, en el Hijo, por el Padre
todo, en todos,
con todo y por siempre.
Amén

Yerko Reyes Benavides

jueves, 6 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Templanza

"Por eso mismo, pongan todo su empeño en unir a su fe una vida honrada; a la vida honrada, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la paciencia; a la paciencia, la religiosidad sincera; a la religiosidad sincera, el aprecio fraterno; y al aprecio fraterno, el amor. Pues si poseen todas estas cosas, no quedarán inactivos ni estériles en orden al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo".
(2 Pedro 1, 5-7) 
Bondad, paciencia, fidelidad, mansedumbre o humildad, todos estos términos tienen algo en común, no son sólo virtudes de la persona, sino también cualidades divinas que el comparte en nuestra naturaleza humana y, a su vez, frutos de su presencia divina en nuestra propia existencia que manifestamos en lo que hacemos, decimos, sentimos y pensamos.

Son dones y son consecuencias, así también lo es la templanza. Un término que quizá no nos resulte del todo familiar y lo utilicemos muy poco en nuestras conversaciones diarias, pero ¡qué tesoro es para la vida la templanza! 

Del latín temperantia, la templanza está relacionada con la sobriedad o moderación de carácter.  
Del griego engkateía que significa: control sobre si mismo; conocido también como dominio propio.
Una persona con templanza reacciona de manera equilibrada ya que goza de un considerable control sobre sus emociones y es capaz de dominar sus impulsos.

La templanza como cualidad humana no sólo infunde recato y moderación en los ademanes y formas de expresarse, sino también conlleva en la forma de actuar continencia para evitar daños, prudencia, precaución, discernimiento en el que no está ausente la sabiduría y el buen juicio. 


El Apóstol Pablo emplea el termino en relación con el obrar del Espíritu de Dios, así que no ensalza la voluntad el hombre natural, si no que nos hace ver que la vida espiritual abarca el control de las paciones y los impulsos que son propios del viejo hombre, así comprendemos como llega a ser una manifestación del fruto del Espíritu. 

Compromiso 

Elegancia Espiritual, ante todo, con todos y para todos. 

Esta elegancia es como un perfume que deja el aroma de su paso y todo lo impregna de su deliciosa fragancia. 

La templanza como virtud hace eso en el actuar de la persona que lo ha trabajado en hacerse de ella. Que ha buscado la moderación, la sencillez, el dominio de los sopores de su ímpetu, carácter y pasiones. 

La templanza como aptitud conlleva el trabajo consciente sobre sí mismo, implica disciplina, esfuerzo y sobre todo la abstinencia no como penitencia sino como favorecedora del desarrollo de las cualidades más nobles. 

La templanza es un don y por tanto un regalo de Dios, que hay que pedir, descubrir y aprovechar. 

La templanza como fruto es simplicidad, sencillez, atracción, gozo, simpatía, buen trato, control y recato. 

Yerko Reyes Benavides

Ven, Creador, Espíritu amoroso


Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú, que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente,
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano;
tú nos dictas palabras y razones.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza
con tu eterna virtud fortalecidos.

Por ti nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.

Por ti al eterno Padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente
con viva fe y amor siempre creamos.
Amén

Autor: Fray Diego González
(Cortesía)

miércoles, 5 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Fidelidad

Como hemos hecho ya con los anteriores frutos del Espíritu, para su mejor compresión, acerquémonos de forma simple y en primer lugar al significado del vocablo: 

Etimológicamente, el término fidelidad proviene del latín “Fidélis” que significa “fiel” y del sufijo abstracto “idad” que indica “cualidad de”. Así en su forma completa sería “Fidelitas” –Fidelidad- Cualidad de ser fiel.

Fidelidad hacer referencia por definición a la persona que actúa con devoción, nobleza, lealtad, franqueza. Inspira certeza y seguridad a otras personas. Es diligente, riguroso, puntual, comprometido en su quehacer y busca exactitud y precisión. No divaga en su palabra es veraz y certero. 

Nos preguntamos ahora, y no es una pregunta que no se haya hecho mucho antes: 
¿Quién puede ser fiel? 
¡Cuán bueno, Señor, es darte gracias
y entonar, oh Altísimo, salmos a tu nombre;
proclamar tu gran amor por la mañana,
y tu fidelidad por la noche,
al son del decacordio y de la lira;
al son del arpa y del salterio! 
(Sal 92,1-3) 

Y la respuesta, salta ante nuestros ojos: “Sólo Dios”

Esta comprensión la vemos constante en los textos bíblicos. Sin embargo, la fidelidad no se queda contenida en Dios, sino que por él, el hombre, en virtud del Amor, también está capacitado en su propia naturaleza así como Dios a ser fiel: fiel a Dios, fiel a sí mismo, y fiel a otras personas. 

La fidelidad es sin lugar a dudas una cualidad, pero también un don, un regalo, y además un fruto (consecuencia de una acción). 

En nuestro refranero popular, en el que subyace una gran sabiduría, solemos decir: “Todo lo que vale la pena cuesta”. Así es, palabra cierta cuando se trata de la virtud y una tan especial como esta, que quien la posee con humildad se hace grande entre los hombres. 

Vivir la fidelidad llena de gozo el corazón, exalta el alma y eleva al espíritu. Nos hace semejantes a Dios, y realiza en nuestra existencia su más perfecta imagen. 

En la vivencia de la fidelidad, las virtudes teologales encuentran su mejor y mayor expresión: fe, esperanza y caridad no sólo facilitan el transitar de la persona por el mundo, sino que a su paso es un pasar transformador. Efectivamente el que es fiel cambia el mundo. 

Son las pequeñas cosas de cada día las que marcan la mayor diferencia. 


Compromiso 

He visto más virtud en el silencio de la constancia que la algarabía de una sola ocasión. 

La fidelidad es una de esas cosas que no se anuncia con bombos y platillos. Puesto que no es cosa de un instante, sino de toda una vida. 

De ahí su mayor dificultad. 

¿Cómo ser fiel? 

Para el hombre es imposible: “Contesta el Ángel a María, no para Dios”. Y precisamente, la doncella de Nazaret recibe al Espíritu Santo que hace todo en Dios posible. 

Fruto de la Presencia fecunda del Espíritu es la Fidelidad: ahora es posible para todo el que hace del Espíritu su más distinguido aliado. 

Así pues, en virtud al Espíritu que hemos recibido y cuya presencia hemos de renovar en nuestra vida, en todo y para todos ser personas que inspiren confianza. Ser personas de “Si” retundo y comprometido. 

Mantener la palabra dada, ser puntuales en los compromisos y horarios, así también glorificaremos a Dios que es Verdad. 

Amar al prójimo no es sólo un sentimiento lindo, sino que se traduce en actos de vida verdaderos, ser fiel es amar al prójimo como Cristo mismo ama y nos ama. 

Yerko Reyes Benavides

Ven Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo,
cúbreme con tu bondad,
que se aleje de mi vivir toda maldad.

Ven Espíritu Santo,
toma posesión de mi corazón,
infunde en él toda tu consolación.

Ven Espíritu Santo
llena mi alma de tu presencia,
que mi alegría sea tu verdad y tu gracia.

Ven Espíritu Santo
toma control de mis pensamientos,
sean siempre nobles, veraces, creativos y buenos.

Ven Espíritu Santo
renueva en el crisol del fuego de tu divinidad mis sentimientos,
que de tu ternura este siempre llenos
y sean de tu amor su más fiel expresión.

Ven Espíritu Santo
te estoy esperando,
el candor de tu presencia
mi alma está aguardando;
para con tu existencia en la mía
vida concebir en abundancia.
Amén

Yerko Reyes Benavides

martes, 4 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Mansedumbre

En la década de los 60 y 70 del siglo XX se puso en moda los movimientos pacifistas; nacidos muchos de ellos en contraposición a los enfrentamientos bélicos del momento y uno en particular la Guerra de Vietnam.

Jóvenes de todas partas hacia vigilias por días y noches enteros exigiendo el cese de la guerra y la restauración de la Paz.

Por otra parte, también del siglo pasado el mundo conoció la “lucha no violenta de Mahatma Gandhi y su lucha “pacifica” por la liberación de la India.

En la misa década de los 60 se publica la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un tratado Internacional al que muchos Estados y Naciones se suscribirán con lo cual reconocen y se comprometen a garantizar legalmente un conjunto de Derechos de toda persona como inherentes a su condición.

¿Será que el mundo por fin entendió el Evangelio de Jesús y se decidió a ponerlo en práctica? 
“Dichosos los manso de corazón porque heredarán la tierra prometida. Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mt 5,5.9) 
Hay algo que la historia nos ha dado varias lecciones: el ser humano es tardo y lento para aprender; pero aprende de sus “errores” y más de sus “horrores” y, lamentablemente, “olvida pronto”. 

El ser humano ha logrado llegar a firmar tratados de paz, convenios en los que se decreta el cese de hostilidad, sin embargo, eso no ha significado que haya dejado a un lado la violencia. 

La paz que ha decretado el hombre es frágil y débil. Pende de un hilo muy fino que podría romperse en cualquier momento. 

Acá no me refiero a las naciones y sus gobiernos, sino a la persona en lo cotidiano. Basta una pequeña cosa insignificante para que una persona –cualquiera- estalle iracundo y ejerza sobre otro algún tipo de violencia, física o verbal. Lo vemos a diario, lo vemos incluso en nosotros mismo. 

Hemos encontrado otras formas no violentas de ejercer violencia, por ejemplo la indiferencia o la indolencia. Nuestro tiempo está ampliamente caracterizado por estás dos formas de individualismos y egoísmo que llega incluso a la egolatría. 

El que hayamos acordado el cese de la “guerra” no nos hace “pacíficos”, ni tampoco menos violentos, ni tampoco “Mansos de Corazón”. 


Mansedumbre 

El término proviene del griego: "Prautes” que, significa: gentileza, afabilidad, docilidad, apacibilidad, e incluso humildad. También pude ser entendido como amistad tierna o dulce. La mansedumbre es contraria a la a aspereza, mal temperamento, enojo repentino, agresividad y ofuscación. 

El que es manso tiene la cualidad de soportar la incomodidad, no perder el buen ánimo y el trato afable en momentos de ataque y/o violencia. Tiene control sobre sus sentimientos y sus emociones, maneja sus instintos y los somete a su juicio y voluntad. 

Este fruto del Espíritu se manifiesta cuando la persona está completa y totalmente abandonada y rendida a Dios. En el Señor ha depositado toda su confianza. 

La mansedumbre de Dios no implica debilidad, al contrario su fuerza interior radica en la capacidad de control y de no perder “los estribos”. Buscará ante todo la justicia y no la venganza. Ante la violencia “pondrá la otra mejilla” antes de aplicar “el ojo por ojo”. 

Ser de corazón manso no implica renunciar a la “indignación” ante la humillación o la injusticia. Al contrario, ser manso es estar comprometido con la transformación de la realidad por los caminos de la paz, la verdad, la libertad y la justicia. 

Compromiso 

Discutir sin intolerancia, encarar la verdad sin resentimiento, enojarse sin pecar, ser amables y sin embargo no ser débiles. Es parte del desafío cotidiano, y por ende un noble propósito para hacerlo presente constantemente. 

La mansedumbre no quita el enojo, ni elimina la rabia que ciertas situaciones infunden; tampoco elimina la fuerza de carácter. La mansedumbre es el ejercicio consciente del espíritu sobre la naturaleza y el instinto. 

Es la capacidad de decidir siempre, cómo responder ante cada circunstancia, de forma libre y consciente. Esto solo se alcanza cuando estamos rendidos completamente a Dios y cuando el Espíritu Santo domina por completo nuestra interioridad. 
Ser manso no es ser tonto o débil, sino libre. 
Yerko Reyes Benavides

Espíritu Divino


Luz de Dios,
disipa la tiniebla de mis dudas
y guíame.

Fuego de Dios,
derrite el hielo de mi indiferencia
y abrásame.

Torrente de Dios,
fecunda los desiertos de mi vida
y renuévame.

Fuerza de Dios,
rompe las cadenas de mis esclavitudes
y libérame.

Alegría de Dios,
aleja los fantasmas de mis miedos
y confórtame.

Aliento de Dios,
despliega las alas de mi espíritu
y lánzame.

Vida de Dios,
destruye las sombras de mi muerte
y resucítame.

Ven, Espíritu Paráclito,
Espíritu creador y santificador,
Espíritu renovador y consolador,
Espíritu sanador y pacificador.

Ven y concede hoy a tu Iglesia,
reunida en el Cenáculo
con María,
la experiencia de Pentecostés.
Amén


Ángel Sanz Arribas
Cortesía

lunes, 3 de junio de 2019

Los Frutos del Espíritu Santo: Bondad

"Jesús le respondió: "¿Por qué Me llamas bueno? 
Nadie es bueno, sino sólo uno, Dios"
(Mc 10,18)

Siempre pensé que sabía el significado de la palabra bondad. Ahora, al detenerme en ella para escribir estas líneas, lo que daba por sentado, y sabido, no era una noción más que abstracta de algo a lo que prefería dar pos supuesto y sentado. 

¿Qué es Bondad? 

Cualidad de ser bue. Comencemos entonces por ahí, “bondad” es una cualidad que describe algo; hace referencia a lo que le es esencial a algo o alguien. 

Aquí marcamos un punto importante que no pasaremos por alto: no es lo mismo ser que tener; tampoco es igual ser a parecer. Por ejemplo, no es igual, en ninguno de los sentidos desde el que se le aborde: “ser bueno” a “parecer bueno” o “tener bondad” a “ser bondadoso”. 

Que sea la etimología de la palabra la que nos ayude a entender este pequeño desajuste en el uso de los términos. 

La palabra etimológicamente viene del idioma latín “bonitas” formado de “bonus” que se refiere a bueno, y el sufijo “tat” que funciona en español como “dad” y hace referencia a cualidad. 

El significado de bondad es la cualidad o atributo que tienen las personas para ser bueno, caritativo y generoso. 

La bondad es una cualidad de las personas que refleja claramente la naturaleza del ser humano, su esencia verdadera. La persona bondadosa es benévola y buena, tiene inclinación natural o disposición permanente para hacer el bien con una actitud de amor, respeto y comprensión. 

La bondad, como hemos podido constatar describe la esencia de los humano, habla de su naturaleza. El hombres es esencialmente bueno y su naturaleza es esencialmente bondadosa. Sin embargo, nos siempre en ser humano actúa acorde a su naturaleza, no obra según le corresponde por esencia. 

La Bondad Fruto del Espíritu 

Es la fuerza que nos ayuda a ocuparnos del prójimo y beneficiarlo. Es como consecuencia de la benignidad pero de manera más incisiva en quien sufre y necesita ayuda. Quien da este fruto no critica malsanamente y tampoco condena a los demás; es más, ayuda a sanar a ejemplo de Jesucristo, la bondad infinita. 

El amor de Dios es un amor que empuja a que salgamos de nosotros mismos. Lo que somos se va expresando en lo que hacemos y decimos, en la manera en al que vivimos y convivimos con los demás. No ha de quedarse oculta, aunque muchas veces preferimos hacer lo que no nos es esencial y por ello, más son las veces en las que entramos y andamos en contradicciones. 

San Pablo, mirando su propio proceder, va a decir al respecto: 
"Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20.Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí." (Rom 7,18-20) 
Pablo refiere a esa contradicción entre lo ser y el hacer; el que se termina haciendo lo que no se corresponde a la propia naturaleza; quedando sujeta a esta a lo que no le perteneces, a aquello que no le es esencial.


Compromiso 

Digamos sin rodeos, y por decirlo de forma directa no lo hace más sencillo: “Ser en todo Coherentes”. 

Basta de apartar, no más mentirnos a nosotros mismo, pretender ser lo que no somos, hacer lo que no nos corresponde según el don que hemos recibido de Dios. 

No podemos seguir pretendiendo ni una bondad que sea fingida (puesto que la verdadera esta encadenada y presa en la cárcel de nuestras pretensiones y vanidades) ni tampoco, fingir una maldad que no está en nuestra alma y corazón. 

Este amor de Dios que nos pertenece y a la vez nos es dado, nos mueve, y nos mueva a vivir según la gracia de aquel que ha hecho su morada en nuestra alma, en nuestro corazón y pensamientos. 

Es el Espíritu quien no empuja con todas sus fuerza y también nos impulsa a ser caritativos, generosos, nobles, veraces, de buenos sentimientos… Todo eso nos hace ser lo que somos a semejanza de Dios: Buenos como el Padre.

Yerko Reyes Benavides

Consuelo del Padre

Ven Espíritu Santo, Consuelo de alto; 
ven para no marcharte y quedarte. 
Permanece oculto en este corazón

¡Consuelen!

¡Consuelen! Es la voz que resuena en lo más alto del cielo.
 
¡Consuelen! repiten a una, con Dios, el coro de los ángeles.

¡Consuelen! dices Padre, con tu corazón herido de las penas y tristezas que hasta ti suben de todos los que claman con dolor tu santo Nombre.

¡Consuelen!


Y el Consuelo bajó de lo alto cual rocío de hora temprana, que todo lo cubre en un abrazo de compasión y ternura.

El Consuelo viene de ti Señor, que eres Padre amoroso; en tu compasión lo infundes y haces que tu Amor sea en Él para hacer nuevas todas las cosas y así, en ti por Él, tengan un nuevo existir, más sensible y armonioso, más noble y verdadero, más justo y bondadoso.

Que tu Consuelo llegue hasta nosotros, Padre de gracia; derrámalo sin recato y con el celestial encanto que de ti procede. Haz que todo lo llene de tu divina presencia y así desaparezca del alma y del corazón toda pena, dolor y tristeza.

Ven Espíritu, Consuelo del Padre que en el Hijo eres dado; promesa de Amor divino, realización de vida para el ser humano. Sólo en ti se alcanza la plenitud, que tu gracia procura en el alma y la aviva a ir siempre más allá de lo creado.

Ven Consuelo del alma, que no son las penas las únicas que agobian al corazón, tu acción es necesaria para vivir el gozo del Señor. Eres la alegría que el miedo no roba, la razón para seguir confiando y el motivo para seguir esperando.

Ven Espíritu Santo, Consuelo de alto; ven para no marcharte y quedarte. Permanece oculto en este corazón que busca amar sin condición, sin argumentos y sin razón, pues tú eres su inspiración, el motivo de darse sin restricción y ser de Dios también consuelo.

Ven Espíritu Santo, eres el Consuelo que el hombre clama, el Padre proclama y el Hijo derrama.

Amén

Yerko Reyes Benavides