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jueves, 14 de septiembre de 2023

A Un Paso de la Misericordia

“¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregó al Hijo!
Necesario fue el pecado de Adán
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”

Qué extraños son los recovecos que transita el pensamiento cuando se deja llevar por las ideas e imágenes que van surgiendo en los tiempos de meditación. Pudieran parecer distracciones que interrumpen la buena intención de ejercitar al intelecto y al espíritu en esos ratos de esmerada concentración. Sin embargo, precisos son para caer en cuenta de aquellas verdades que si no se transitasen esos caminos, no descubriría el corazón su necesidad de contemplar y dejarse transforma en ellos.

Lo dicho anteriormente no es una mera abstracción de la mente, sino el resultado de uno de esos “caer en cuenta”. Y ¿qué me di cuenta en esa ocasión? Que en la meditación como ejercicio, no existe pérdida de tiempo, aunque los resultados obtenidos no sean los esperados o planificados…

Un afirmación me rondaba hacía rato en el pensamiento: “Feliz la culpa que mereció tan gran Redentor”. Tal vez te resulte familiar este texto, pues se cita con gran solemnidad en la noche de la Vigilia de Pascua, formando parte del Pregón Pascual que se proclama inmediatamente después de la bendición del fuego con el que es encendido el Cirio, signo de la Resurrección de Cristo.

No he de negar que esta cita, aun siendo de mis favoritas, sólo la estaba dejando retumbar en las paredes de mi alma, cada sábado santo, y aunque mi gusto por ella es innegable, había llegado a un acuerdo tácito, de comprender sin entender; es decir, la frase por si misma se entiende y como se entiende, se deja pasar sin buscar las implicaciones de ésta en la vida personal.

Y, ¿qué se entiende de ella? que es una exclamación de regocijo que alaba la grandeza de Cristo, como el salvador del hombre, que en la fragilidad de su naturaleza es redimido en gratuidad por la oblación del Verbo Encarnado.

Dichoso, no es el pecado, sino dichosa es la persona que es redimida en el amor de Cristo; feliz es el hombre al que en su culpa y pecado no se deja excluido de la liberación que llega por el mismo Dios hecho hombre, quien sometiendo su divinidad a la humildad del siervo, lo hace por su entrega, y junto a él, hijo de Dios.

Justo en el verso anterior del Pregón, se afirma, y admira la contundencia con el que se dice: “necesario fue el pecado de Adán”. Y pensar en esto nos puede dejar en conflicto: ¿Es que el “Exultet” (nombre latino del himno pascual) exalta el pecado? No, no lo hace, suya no es esta afirmación, sino de San Agustín quien resume de esta manera el paralelismo entre Adán y Cristo hecho por San Pablo en la carta a los Romanos (Cfr. Rom 5,12-21).

(Entre paréntesis, una lectura que recomiendo y que yo mismo me vi en la necesidad de hacer y tuve que retomar hacer con la afirmación de san Agustín en mente, llave en mano que abre la puerta para dar cuenta de lo que el Apóstol contempla al encarar a Adán con Cristo).

San Agustín entiende, al interpretar el texto paulino, y con él podemos hacerlo nosotros, aunque nos cueste un poco reconocerlo: sin pecado, no hay necesidad de salvación; sin pecado, no hay necesidad de perdón; sin pecado, no hay redención, ni tampoco redentor.

El eco de la voz del profeta resuena en esta ocasión diciéndonos que la acción del Salvador será la pacificación de la creación entera; pues por su entrega: “de las espadas se forjaran arados y de las lanzas podaderas”. (Cfr. Isaías 2,2-5)

Por cierto, ni Pablo, ni San Agustín nos invitan a pecar, sino a no convertir el pecado en una excusa para justificar, por un lado, la fragilidad de nuestra condición humana; y por otro para anular toda acción de nuestra parte que procura el bien para los demás e incluso el  propio.

Evitar el pecado sigue siendo la consigna para el hombre y la mujer de fe; sólo que la actitud, y una que es profundamente más evangélica, no es la evitación, sino buscar y procurar la bondad del corazón a semejanza del corazón de Jesucristo.


No se equivoca quien ama, erra quien deja de buscar el amor de Dios.

En esta misma Carta, Pablo se descubre a sí mismo en contradicción, una que él afirma no entender: “dejo de hacer el bien que quiero por el mal que no quiero” (Cfr. Romanos 7, 19-25). Sin embargo, esto con lo cual nos podemos sentir identificados, sólo sucede cuando vencido el temor a equivocarse y dominado el sentimiento de culpa, por la fe en Cristo y en virtud a su gracia, se sigue, a pesar de las dificultades y los imprevistos, insistiendo en el camino de su Amor.

Al contrario de lo que creemos, Jesús no nos reprochará de tantas cosas como suponemos; uno sólo será su reproche: habernos sido vencidos por el miedo, dejando de hacer todo cuanto estaba en nuestros manos, para amar a la medida de su amor.

En este quehacer que es el quehacer del que vive el mandamiento de Cristo entregado a los Apóstoles: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Cfr. Juan 13,34.36 ) los brazos cruzados no existen, se ama amando y no evitando pecar; y mientras nuestro amor, en la práctica, se hace semejante al de Jesús, caemos en cuenta que en el amor está presente la misericordia como una de sus manifestaciones más extraordinarias:

Para recibir y para dar…

Ahora entendemos por qué es “feliz la culpa” tal cual como lo afirma san Agustín, porque sin ella no hubiésemos experimentado la plenitud de la Misericordia de Dios que se ha manifestado extraordinariamente en la entrega de Cristo.

No hay cabida al temor en aquel que en verdad ama.

Lo dicho, extraños son los recovecos que transita el pensamiento para traernos a la conciencia de que son muchas los pretextos de los que nos valemos para no arriesgar y justificarnos a nosotros mismo en nuestros temores.

Quizá con ello evitamos la contradicción que reconoce Pablo en su proceder, pero también desaprovechamos la ironía del Amor de Dios, que aun equivocándonos no deja de manifestarse en nosotros, y más se muestra cuanto menos lo merecerlo.

Buscando hacer el bien que quiero, y aunque aparezca el mal que no deseo, incluso ahí, sin mérito de nuestra parte, salimos ganando, pues, al caer en cuenta que hemos errado, quedamos a un paso de la misericordia de Dios, que no evita seguir amándonos.

Yerko Reyes Benavides

sábado, 29 de abril de 2023

Hacer lo Correcto

¿Es correcto hacer siempre lo correcto?

Pensemos un poco antes de aventurarnos a dar una respuesta categórica o contundente de la cual luego no podamos contravenir…

Correcto sería decir: Sí, si es correcto; sólo que no siempre es correcto. Y no es correcto hacer lo correcto cuando entra en conflicto directo con hacer el bien o buscar el bien.


Actuar acorde a lo que es correcto está sujeto a los parámetros temporales con los que se entiende o se interpreta la realidad y regula la acción e intervención del ser humano en su relación con el mundo, los hombres, el cosmos y la naturaleza.

Lo correcto está en franca relación con las normas y pautas de comportamiento establecidas; con las costumbres y tradiciones recibidas, con el contrato social implícito que determina una sociedad; mientras que el bien es trascendente, está más allá de los convencionalismos de una época y del tiempo y al ser intuición es movido en el corazón de la persona por la presencia del Espíritu Santo y sus dones que permiten contemplar la verdad y descubrir lo que es bueno y justo, y así proceder en bien y en virtud.

El bien mira más allá de los parámetros y paradigmas vigentes con los que se ordenan las cosas, pues es el bien es la obra primigenia de Dios que todo lo hizo bueno y para el bien y lo muestra espontáneo y libre a quien está inserto y unido a su divinidad, y es capaz de ver la vida con sus ojos y amar a su obra con su mismo corazón.

Yerko Reyes Benavides

lunes, 25 de julio de 2022

Ser Distinto

Comienzo este artículo haciendo memoria de una vivencia, que bien puede también describir una experiencia tuya: haber conscientemente decido, “no ser igual que los demás”.

No estoy seguro si fue la época en la que se desenvolvió nuestra adolescencia y temprana juventud, a la que autores les gusta calificar como convulsionada, controvertida y desafiante (¿cuál no fue así?); o si este sentir, es común al desarrollo y la psicología propia de la edad y, siendo así, no se queda atascada en el tiempo, sino que se actualiza, haciéndose nueva en cada persona que la atraviesa, en cada tiempo.

Sea el primero o el segundo, o la interacción de ambos en su momento, lo cierto es que para mí fue una determinada decisión. Lo paradójico, y según lo hace notar y lo apunta Quino en su famosa tira cómica Mafalda: fui igual a todos de los que no quisieron ser iguales al resto.

Sin embargo, eso no tuvo relevancia alguna, pues se estaba en pleno proceso de autodefinición, descubriendo la propia identidad, y en plena conquista de un espacio propio y ser así, reconocidos como individuos únicos por el mundo (al menos el mundo que servía de contexto donde se desarrollaba nuestra vida: familia, barrio, escuela, grupo de amigos).

Esta reminiscencia de aquellos maravillosos días deja claro un punto: nada ha cambiado en cuanto a la decisión tomada en aquel momento. Los tiempos son otros (convulsionados, controvertidos y desafiantes, pero de hoy); la motivación es diferente; las razones para tal acción tampoco son las mismas; los errores cometidos en aquella expedición han dejado su huella, y aun así, la convicción de hoy es la misma de otrora: ser distinto a los demás.

No es difícil darse cuenta, que como personas, atravesamos diferentes procesos de desarrollo: el biológico y natural que está demarcado por la edad cronológica; el desarrollo psicológico que no está va de la mano de la cronología aunque la edad vaya demarcando algunos puntos de control (independientes a los contextos que también son influyentes en el proceso de maduración); lo que vale decir tanto para el desarrollo emocional, afectivito como el intelectual (o racional, más como actitud que como aptitud); y no olvidemos el espiritual (muchas veces ni si quiera es tomado en cuenta.

Ser distinto…

Lo que no sabía en aquellos días, era que significaba asumir conscientemente todas estas dimensiones e intervenir en cada una para orientarlas al fin establecido: ser distinto.

Tampoco sabía que, ser distinto, no es la extravagancia de romper los estándares socialmente convenidos, ni tampoco imponer nuevos estereotipos; sino ser consecuente con la propia identidad y coherente con las convicciones personales que son los motores (motivaciones) que mueven la vida.

Entre paréntesis, tampoco sabía, que a la consciencia así como al intelecto y al corazón había que alimentarlos y fortalecerlos con una dedicada y dilecta formación.

Cerrando el paréntesis, llegamos al punto de inflexión de este artículo, la razón de ser de estas líneas: la única manera verdadera de ser distinto es ser de Cristo y al ser de Cristo ser distinto.

“Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados: y anden en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en suave olor”. (Efesios 5,1-2)
En la instrucción de la consciencia está la consciencia de ser “Alter Crhistus” es decir “otro Cristo”; sin que ello implique ser una copia de su identidad, sino darle identidad a sus actitudes y cualidades en las nuestras. En otras palabras: Cristo habla en mí, mira en mí, toca en mí, ríe y llora en mí, abraza y se conmueve en mí; ora y suplica en mí, sufre en mí, actúa en mí, ama en mí…
«Ya no vivo yo, es Cristo, quien vive en mí”. (Gálatas 2,20)

Esto, ahora, es el gran desafío para todos, independientemente del momento y las circunstancias en las que nos encontremos cada uno.

Para muchas cosas en la vida, siempre una opción será: hacer nada; sólo que en esta ocasión esta no es la opción, pues esto es lo que somos y define no sólo nuestra identidad y naturaleza sino también nuestro destino: ser en Cristo y por Cristo, distintos.

Yerko Reyes Benavides.

Post Data

Te dejo en este Himno Cristológico de San Pablo un plan de trabajo.

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo,
para que fuéramos santos
e irreprochables en su presencia, por el amor.

Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo,
conforme al beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que nos dio en su Hijo muy querido.

En él hemos sido redimidos por su sangre
y hemos recibido el perdón de los pecados,
según la riqueza de su gracia,
que Dios derramó sobre nosotros,
dándonos toda sabiduría y entendimiento.

Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad,
conforme al designio misericordioso
que estableció de antemano en Cristo,
para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos:
reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
bajo un solo jefe, que es Cristo.

En él hemos sido constituidos herederos,
y destinados de antemano –según el previo designio
del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad–
a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo,
para alabanza de su gloria.

En él, ustedes,
los que escucharon la Palabra de la verdad,
la Buena Noticia de la salvación,
y creyeron en ella,
también han sido marcados con un sello
por el Espíritu Santo prometido.

Ese Espíritu es el anticipo de nuestra herencia
y prepara la redención del pueblo
que Dios adquirió para sí,
para alabanza de su gloria.

-Amén-

viernes, 15 de julio de 2022

Templo de Dios: panorámica bíblica

“Una sola cosa pido al Señor, y es lo único que persigo: 
habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, 
para contemplar la hermosura del Señor, 
y recrearme en su templo”.

(Salmo 27,4)

¿Qué viene a tu pensamiento al escuchar la expresión: Templo de Dios?

Como a muchos, quizá a ti también la imagen que dibujas en tu pensamiento es alguna edificación: una catedral, una capilla, o incluso la iglesia de tu parroquia.

No es equivoca esta imagen, sin embargo, no a la que la Escritura Sagrada da prioridad. Y esta afirmación descubre el propósito de esta Meditación Fugaz: hacer un breve recorrido por algunas de las citas bíblicas que llaman a nuestra atención, para darle el justo valor al Templo al que Dios hace su santuario, morada y hogar habitual.

Aclaremos un punto antes de seguir. El termino templo, proviene etimológicamente del vocablo latino “templum” cuyo significado es lugar sagrado.

En cada religión hay lugares, estructuras y edificios identificados para realizar la acción de alabar, adorar y rendir culto a la divinidad.

Entre otras acepciones, bíblicamente el término se usa para designar el lugar en donde se rinde culto y se ora a Dios.

Panorámica Bíblica:

Salmo 18,6

“En mi angustia invoqué al Señor; clamé a mi Dios, y Él me escuchó desde su Templo; mi clamor llegó a sus oídos”.

Isaías 56,7

“Yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi alatar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.

Mateo 12, 1-8

“Aquí hay uno que es más grande que el templo”

Juan 2,18-22

“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”.



Hechos 2,46-47

“No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartía la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que se iban convirtiendo”.

1 Corintios 3,16

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?

1 Corintios 3,17

“Si alguno destruye el templo de Dios, él mismo será destruido por Dios; porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo”

1 Corintios 6,19-20

“¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios”.

No busco dar una conclusión que cierre esta meditación, pretendo quede abierta para que puedas entrar a tu templo, y en la casa de tu oración poder contemplar la gracia de Dios y el quehacer de fe, esperanza y amor que está en cada uno realizar.

Yerko Reyes Benavides.


sábado, 21 de mayo de 2022

Intimidad y Soledad: Vida Espiritual

La Espiritualidad es una experiencia íntima y personal en la que el ser entero, con todas y en cada una de sus dimensiones que le definen, busca en su interior aquellos bienes trascendentes y trascendentales, que le propicien vivir una vida cada vez más plena.

Esta acción demanda una introspección, es decir, examinar en el alma, mente y corazón propio, la presencia de los bienes más grandes -que propicia Dios- en cada uno, sin que este acto de indagación interior conlleve en sí, un ensimismamiento o un aislamiento con respecto a las personas y la realidad (el mundo circundante).

La espiritualidad no es camino que se transite en soledad, aunque necesite momentos cada vez más prolongados y frecuentes de intimidad y silencio para la contemplación, la meditación y la oración.


En la búsqueda de esos bienes de Dios, compartir el camino andado; dar a conocer la experiencia de Dios que cada uno está teniendo; comunicar el sentir, el pensar y el interpretar, enriquece la vivencia de fe, de amor y entrega de los que se acompañan en el mismo Itinerario espiritual de vida.

Sin embargo, nadie puede dar aquello que no posee, el mismo Jesús insiste en ello, haciendo ver que del tesoro que es guardado en el interior es del que se puede dar.

Para bien de todo y todos, el mismo Dios ha abundado en riquezas espirituales que esperan ser descubiertas y aprovechadas por cada uno, para una vida en verdadera abundancia, que no queda reducida ni contenida a los bienes materiales.

Así pues, el hombre de una profunda vivencia espiritual es aquel que está más comprometido con la trasformación de sí y su entorno; vive en apertura y disponibilidad; es atento y solicito en todo, valora el tiempo que comparte con sus hermanos, familia, amigos, compañeros e incluso con los extraños; y todo esto y más, buscando cada vez y con más ahínco eso momentos de intimidad con Dios y consigo mismo, a la manera de Jesús, que no desaprovechaba las horas de la madrugada para la oración (Cfr Lucas 6,12).

Ese tiempo de silencio y soledad que se ha mencionado es la forma de ir a lo más íntimo de la propia intimidad, al lugar donde Dios ha dejado la impronta de su presencia, en la abundancia de sus dones y bienes: es llegar al cofre del tesoro para mirar, descubrir, seleccionar, apropiarse y luego emprender la salida trayendo en las manos la ofrenda de dones espirituales para compartir: en lo que se dice, se siente, se piensa y se hace.
Mientras más miramos en nuestro interior, y más descubrimos la acción de Dios, más grande es el impulso de irradiar a través de cada acto vital, la gracia, el amor, la compasión, la ternura, la alegría encontrada. Y también, surge la necesidad de contemplar en el otro el mismo don dado, pero vivido desde esa experiencia única e irrepetible.


El amor es dado no sólo para sentirse amado en el amor recibido, sino que el amor es dado para ser, a su vez, dado; en la abundancia con la que el amor (de Dios) recibido va transformado todo en el interior y se va descubriendo.

Si, la vida espiritual amerita recogimiento, una separación temporal del mundo, pero sólo para volver al él, con la fuerza interior necesaria para transformarlo.

Yerko Reyes Benavides

viernes, 15 de abril de 2022

En el Sepulcro



Gracias, Señor por tanto.
Gracias, Señor por todo.

Amén

sábado, 26 de febrero de 2022

Templanza

Trazos a Mano

"Una vez puesto pie en sendero, 
con paso firme y certero
nada ha de detener nuestro caminar aventurero, 
por más que haya que atravesar montañas 
o vencer mil trabas, 
pues Cristo es la razón de nuestra esperanza 
y en él está nuestra confianza"

Yerko Reyes Benavides


"¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?"

Romanos 8,31

viernes, 28 de enero de 2022

"Obligado ni al Cielo"

Un refrán reza: “Obligado ni al cielo” y está categórica afirmación, me lleva a preguntarme en mis tardes de meditación, cuando mis pensamientos se pasean sin destino fijo, por los océanos insondables de los misterios del Creador: ¿A quién le gusta vincularse por obligación u obligando una relación, cualquiera que sea? Los autócratas y tiranos, los dictadores, déspotas y opresores, encajan en este perfil.

Y avanzo en la reflexión: Básicamente, hay dos tipos de obligación: la obligación por imposición, en la que la voluntad no tiene cabida y la obediencia se inculca por coacción y, la segunda, la obligación moral, que tiene lugar en un acto de conciencia ante las responsabilidades, las necesidades y los compromisos asumidos por oficio, vocación o servicio.


Tropiezo, además, en mis divagaciones con aquella máxima que dice: “El que obedece no se equivoca”, sin embargo, a mi modo de entender este asunto, se erra dos veces. Una, al creer que no se es responsable de los actos y consecuencias de la obediencia, y por ellos se ha de responder; y dos, pensar que se encontrará justificación en la obediencia sin consciencia.

No hay ley que esté por encima del bien y la bondad, la libertad y la conciencia. Y aunque esto pueda sonar discordante, ni si quiera el mandamiento del amor, en cuanto ley y norma, puede ser impuesto.

El amor no es una obligación, sino un acto de la voluntad que hunde sus bases en la libertad y en la conciencia del bien. En los sentimientos encuentra las formas de manifestarse en la riqueza de sus múltiples expresiones y en el aprendizaje la manera de sostenerse en el tiempo.
Decir que el amor es tan sólo un sentimiento es tan peligroso como decir que el amar es una necesidad u obligación.
No veo a Dios complaciéndose de amores por obediencia, ni tampoco puedo concebir que Dios imponga su amor por obligación. Y aunque esta afirmación encuentre coincidencia en tu forma de pensar, ha habido, y siguen habiendo sistemas y estructuras que solapadamente cabalgan sobre la imposición como manera de relacionarse con Dios.

Donde quiera que haya tiranía, surgirán actos de rebeldía y rebelión, y la búsqueda y conquista de la libertad; aunque esto implique declarar la “muerte de Dios” (ateísmo).

Me alivia en la meditación, que Dios es Dios independientemente de lo pensemos de él, o la manera como lo presentamos a los demás. Y digan, lo que digan de él: “Dios es y sigue siendo Amor” (Cfr. 1Jn 4,8) y en él no hay obligación, ni por necesidad ni por imposición.

Respiran de nuevo en sosiego el alma, el corazón y la mente, pues pueden amar a Dios y ser amados por Él en plena libertad.

Yerko Reyes Benavides

martes, 4 de enero de 2022

Acciones espirituales para este tiempo

Revisando entre mis apuntes; notas que voy tomando a mano alzada, en cuadernos y hojitas sueltas que voy encontrando de camino, tropecé con esta anotación, inmediatamente me sedujo y me llevó a pasar un buen rato en meditación.

En confidencia les revelo que a la hora de hacer anotaciones, no soy la persona más ordenada del mundo; escribo sin detenerme en detalles técnicos, aquella idea que aparece de repente entre los afanes de mis pensamientos, o aquello que mis ojos contemplan y llevan a mis labios a exclamar con admiración y a mis manos anotar velozmente, antes que a tropezones llegue la siguiente idea y haga olvidar la que estaba pendiente.

Al hacer lectura de algún texto escrito, he adoptado el hábito de citar a su autor al margen de cada apunte, más por costumbre metodológica, que por ser fiel al derecho de su autor. Sin embargo, esto no es el punto que me ha traído hasta acá, ideas atropelladas que mis teclean mis dedos para manifestar el entusiasmo que siento al encontrar en pocas líneas y en un par de trazos, un digno quehacer espiritual para estos tiempo que estamos viviendo

Así pues, no estoy seguro si estas líneas son de mi autoría o pertenece a algún autor reconocido, pido disculpas si es lo segundo y no lo cito como es debido; por el contrario si me pertenecen tienen mi consentimiento para apropiarlas tal como hice yo:
“Vive de tal manera que todos se pregunten:

La razón de tu alegría,
el motivo de tu esperanza,
la autoridad de tu palabra
y la caridad de tus acciones”


En el trasfondo de estas cuatro prácticas espiritual subyace está la pregunta que todos han de hacerse, incluso tú ahora: ¿Cuál es?

¿Te comenté que esto me había llevado un buen rato de concienzuda meditación? Luego de haberme paseado por varias opciones, me quedé con una. Una que ha sido el detonante para convertir las cuatro acciones espirituales en mi intención y el propósito de mi alma, mente y corazón, ahora aprovechando que andamos de inicios de ciclos.

La fecha en la que escribo esta propuesta, a la final no importa, pues solo es el pretexto para animarte a iniciarte en este caminar espiritual en el momento en el que estés listo y decidido para vivir de esta manera.

¿Te animas?

Yerko Reyes Benavides.

martes, 26 de octubre de 2021

Invertir en Eternidad

Trazos a Mano es un espacio en nuestro Itinerario, que nos permite hacer a través de una breve propuesta, un alto. Detenernos del apuro en el que la vida y sus afanes nos llevan, y meditar, pensar y descubrir aquello que es importante, valioso e indispensable para nuestra salvación.

No estamos acá para hacer castillos en el suelo, sino para garantizar que nuestro paso por este mundo nos conduzca, por medio de nuestros quehaceres cotidianos, a la vida plena, a la vida eterna, a la vida en Dios.


Aprovechamos este trazo a mano y hoy nos preguntamos: ¿nuestro quehacer está propiciando ese lugar que Dios tiene reservado para nosotros en su Reino?
Jesús, claramente lo dejó establecido, al momento en el que su hora se acercaba, a sus amigos, a los discípulos les aseguró que su partida era necesaria pues iba a preparar un lugar en la eternidad para cada uno (Cf. Juan 14,2-5)
Lo más importante que hemos de hacer no es procurar bienes materiales, riquezas, privilegios, poder o humanos reconocimientos; sino, convertir nuestro empeño, en ocasión para la vida eterna, por la fe (oración) y en el amor (servicio y caridad) con el que vivimos todo momento.

En cada día ha de haber un verdadero acto de amor, de servicio y de entrega; una oración, un gesto de bondad o una obra de caridad que nos acerque a la vida eterna. Esto es invertir en eternidad. Lo demás está en las manos de Dios y su misericordia.

Yerko Reyes Benavides

domingo, 5 de septiembre de 2021

Servir, Amar, Santificar

“En efecto, todos los que se dejan guiar 
por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” 
Romanos 8,14


Amar, Servir, Santificar: con toda seguridad ya nos hemos topado con estos tres términos por separado. 

Cada uno de ellos nos habla de una virtud, cualidad, condición o capacidad. También nos remiten al ámbito del quehacer y nos refieren al proclamado y tan requerido deber ser.

Hemos escuchado, leído, estudiado, incluso conversado insistentemente sobre ellos, y de todo este bagaje en el que se intercambian conceptos y experiencias  tenemos una noción personal de lo que ellos significan.

De lo que no estoy tan seguro es, si estos tres términos, los hemos vinculado entre sí. Es decir, los hemos visto, entendido y comprendido en interrelación y dentro del contexto de la vida espiritual, ya que son ellos -juntos y en constante interacción- sus tres elementos fundantes.

¿De dónde proviene esta interrelación entre, servir, amar y santificar? De la acción del Espíritu Santo en la persona que los ha recibido, al recibirlo a Él.
“Y soplando sobre ellos les dijo: reciban al Espíritu Santo”. 
(Jn 20,22)
Don de Cristo, regalo de su bondad, compañero de camino, quien propicia el conocimiento de la Verdad.

Cuando el discípulo de Cristo habla de espiritualidad, no mira hacia fuera, buscando estratagemas, sistemas, prácticas o métodos, sino que busca en su interior, la presencia del Espíritu Santo, origen, fuente e impulsor de la vida espiritual, es decir, de una vida bajo el influjo y la gracia que es Él mismo.
“Yo les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se los enviaré” 
(Jn 16,7)
Podremos llevar una vida religiosa formal y bien sustentada, pero sólo bajo la acción del Espíritu Santo podremos tener una vida espiritual plena: en amor, servicio y santificación.


Servir sin amar es servilismo
 y sin santificar es esclavitud.

Amar sin santificar es vanidad 
y sin servir es necedad.

Santificar sin amar es frivolidad
 y sin servir es vanagloria u orgullo individual.

Yerko Reyes Benavides
Trazos a Mano

miércoles, 4 de agosto de 2021

¿Ir a Misa?

Un día me hicieron una pregunta que despache con la convencional respuesta:

¿Por qué ir a misa?
  • La Misa es un sacramento que nos proporciona la gracia santificante necesaria para el alma que espera la salvación.
  • Es la entrega incruenta del Verbo Divino que se da en remisión de nuestros pecados.
  • Es deber y es precepto…
Todo lo antes expresado, aunque correcto, dejó una inquietud que por mucho tiempo estuvo rondado en las meditaciones que hacía sobre el tema, hasta que encontró una manera de presentarse que no pude eludir de forma tan desentendida.

Un giro muy pequeño en la pregunta lo cambió todo:

¿Por qué voy yo a misa?
 

Después de tanto buscar, investigar, pensar, meditar, reflexionar y orar, llegué a la respuesta de tan sólo una razón:

- Para recordar.

- ¿Para recordar?

- Si, para recordar.

No es la respuesta que esperaba. Tantos siglos de dogmas, doctrina y teología… esperaba de ti algo más elevado –algo como lo anteriormente dicho- a la altura del misterio que contiene; una apología que promueva su existencia, que la defienda de los continuos ataques y que ponga una coraza protectora ante los que la pretender cambiar, incluso razones por las cuales no hay que faltar a ella y menos si es domingo.

Esos serían los argumentos de la Iglesia y sus razones, no la mía.

¿Entonces? Para recordar qué, si se puede saber:

Para recordar cuánto me ha amado Dios.

Para recordar que Dios no ha dejado de amarme.

Para recordar cuánto me sigue amando Dios Padre, en su Hijo, por la acción del Espíritu Santo...

… Y para recibir ese día, el detalle de su Eterno Amor, que ha dispuesto para mí en el altar de su ternura, misericordia y compasión; un beso sutil, una caricia intensa y a la vez gentil de su corazón en el mío.

Me introduce en el cielo sin darme cuenta; en un instante me viste de fiesta y me sienta a la mesa de su Reino, en el que él mismo dispone la mesa y se hace alimento no sólo de mi alma sino también de mi corazón y de todo mi ser.

Al terminar tan magnifico banquete me despide con su bendición y el deseo de su paz y, aunque la mayoría de las veces no me fijo, deja la puerta sin cerrar para que pueda volver a este lugar las veces que quiera, mientras busco, lo que él ya por mí ha realizado, no levantarme más del lugar que ha dispuesto para mí a su lado por toda la eternidad.

Voy a Misa para recordar.

Yerko Reyes Benavides

domingo, 18 de julio de 2021

Espiritualidad: aclaraciones

Tenemos la tentación de racionalizar todo cuanto hay a nuestro alrededor, en ello hemos perdido la capacidad de sorprendernos delante de lo insondable. Hemos hecho un gran esfuerzo a través del tiempo para que todo cuanto existe tenga un concepto o esté definido, delimitadas sus cualidades, formas, expresiones, dimensiones, esencia, sustancia, etc.

Todo está conceptualizado, definido, catalogado, caracterizado; cada objeto, situación, proceso, animación, real o imaginado, nos ofrece un qué y su para qué tipificado, acompañado de una lista de rasgos que le son propias, le pertenecen y hacen que sea lo que es y no otra cosa.

Sin embargo, hay realidades bajo este cielo, que al tamizarlas por la conceptualización, lejos de favorecerlas se ven perjudicadas, se hacen presa de las limitaciones propias de la inmutabilidad de los términos que usamos para definirlas.

Por ejemplo, si decimos que un objeto es blanco, lo reducimos a ese color, pues el término blanco no varía en significación. Así pues, si aquello que lo blanco está definiendo pierde lo blanco, deja de ser lo que lo blanco describe, y por ello se hace otra cosa, en lo que blanco no forma parte. ¿Qué queda, entonces? hacer que aquello vuelva a ser blanco (forzado o rebuscado), modificar la realidad y no los conceptos para que todo siga siendo como lo que nos tiene acostumbrado las definiciones que poseemos; caer en la negación y le execración de lo que cambió; echar aquello al saco de los olvidos donde los recuerdos están prohibidos o seguir adelante, sabiendo que las cosas cambian.

Las definiciones esclarecen la comprensión de aquello que estamos descubriendo, ayudan a comprender lo que estamos conociendo, pero también, encasilla el conocimiento, haciendo que lo que puede cambiar, porque entra dentro de la dinámica de lo perfectible, quede impertérrito por siempre.

La Espiritualidad, como noción, experiencia, vivencia, camino, adjetivo o sustantivo, es de esas cosas que es mejor no definirlas, para no detener la dinámica propia de su acción en el que de ella se hace parte. Esto no quiere decir que no tengamos que hacer un esfuerzo en hacernos de un concepto; sin embargo, mientras menos definiciones formales tengamos y a menos conceptos racionales la llevemos, prevalecerá su libertad de acción.

La ironía nuestra es que mientras decimos lo que no ha de hacerse es justo lo que ahora estamos haciendo, con la salvedad de decir e insistir no se haga: dar un concepto, establecer una definición.

El teólogo, mundialmente reconocido, Karl Rahner nos ofrece una definición de espiritualidad muy sencilla de comprender por su simplicidad y brevedad: “Espiritualidad es vivir desde el Espíritu”.

“Integración de toda la vida en forma sostenida y reflejada por la fe”, es otra definición que se aferra a términos contemporáneos para hacer eco, en la actualidad, a una noción tiene sembrada sus raíces en el suelo de la antigua Grecia.

Antes de proseguir hagamos algo, apreciado lector, a la medida en que más se haya ahondados en algo, démosle a ello la oportunidad de sorprendernos, dejar la puerta abierta, para que de tanto en tanto, salga de nuestra habitación de conceptos y vuelva a nosotros con una nueva concepción, cualidad, característica, propuesta o noción, aunque esto cambie los esquemas preestablecidos de años de almacenamiento en nuestra memoria.


Por otra parte, a lo que recientemente estemos indagando, en lo que vayamos aventurando en nociones, términos, definiciones y conceptos, no nos casemos por toda la eternidad con ello, que así como la muerte pone fin a lo que ha unido indisolublemente el sacramento, así la perfectibilidad de todo, y más la nuestra, hará que a través del tiempo, lo que una vez dimos por cerrado con el célebre grito del centinela “nada nuevo bajo el sol”, nos deje con la boca abierta de admiración al ver su novedad que en este momento no estamos en condición de contemplar.

Dicho esto, incluimos una definición más de un autor contemporáneo reconocido por su trabajo en el área de la espiritualidad como disciplina y diremos algo más sobre espiritualidad sin pretender que sea una conclusión, sino una invitación abierta a seguir investigando, pero sobre todo a hacerse una planteamiento serio y en serio de una vida espiritual que le dé sentido a la vida de todos los días.

Anselm Grûm propiamente no da una definición de espiritualidad, sino que resalta lo que está en su sustrato, lo que le es propio a su naturaleza y esto es, una vida desde el Espíritu Santo. En sus propias palabras: “la esencia de la espiritualidad consiste en vivir a partir de la fuente del Espíritu Santo”.

Esto contextualiza a la espiritualidad, la reviste con un contenido propio, con unas maneras específicas y con una dinámica particular: aquella que bebé de la fuente del Evangelio, la que tiene como referente las Sagradas Escrituras, la que se inserta dentro del ambiente propio que ha brotado como un manantial inagotable del corazón abierto de Cristo Jesús.

Esta determinación de la espiritualidad propuesta por nosotros acá, no niega la existencia de otras contextualizaciones de la espiritualidad, ni se impone como la “verdadera o la única”; sino que es capaz de convivir armoniosamente e inspirar desde sus especificaciones propias las espiritualidades existentes.

Lo que nos lleva a resaltar un elemento más, necesario en el proceso reflexivo que nos ha hecho buscar esta información. La espiritualidad que proponemos, no es una más exhibida en el anaquel de una tienda de espiritualidades; no es mejor, no es peor que otras, no se trata de eso, sino de una determinación, es decir, esta espiritualidad es la que decidimos hacer nuestra con todas sus consecuencias, y por ello es propia, única y especial.

Esta espiritualidad de la que hablamos, la que nos sorprende, la que queda abierta, la que es un camino que implica nuestra determinación y la decisión de hacerla nuestra y de vivirla con todas sus exigencias, propuestas, entregas, esfuerzos y satisfacciones es cristiana porque tiene a Cristo como fuente del cual bebe incasable e incesantemente.

Esta espiritualidad, sugerente, se inspira en la invitación implícita que deja Jesús cuando plantea “entre ustedes no sea así” al contraponer la acción de los suyos a los ademanes y maneras del mundo (Cfr Mt 20,26).
La espiritualidad es la acción que me hace visible, en este tiempo, de una manera específica y con una forma particular de vivir en bondad, alegría y libertad, en virtud y bajo la gracia del Espíritu Santo.

Yerko Reyes Benavides

domingo, 27 de junio de 2021

Casualidad

“Nada sucede por casualidad”, reza un conocido refrán secular que solemos usar para justificar las cosas que nos pasan y no comprendemos.

Se puede estar o no, de acuerdo con la expresión citada; es una de esas que por la validez de su afirmación es lógica y no se duda su veracidad.

Sin embargo, en ella apelamos a la “diosa” fortuna o al “dios” destino para tranquilizarnos en momentos de dificultad, o darle sentido a circunstancias que están más allá de nuestro deseo y comprensión y, que llegan para estremecer las bases de nuestras seguridades o comodidades.

Esta poca espiritual y muy mágica manera de interpretar las cosas, nos pone como víctimas del vaivén de una vida que nos resulta ajena y de la cual tan sólo somos objetos de sus caprichos que de tanto en tanto juega con nosotros para sacarnos del letargo de un bostezo prolongado y enciende una alerta para avisarnos de algo que viene, de lo que no somos artífices ni participes sino sólo depositarios.

Si somos personas creyentes, no hemos de invertir nuestra fe en aquello que, en el mejor de los casos, es una interpretación de un principio físico y natural como el de la “causa y el efecto”. Es evidente, y no se necesita de ciencia muy compleja para validar que todo lo que sucede es consecuencia de algo y causa de otra y, en ello, no hay casualidad.

Empero, no somos sólo materia y sabemos, que en lo que nos sucede está la mano de Dios y la interpretación que le demos a aquello que nos acontece dependerá de la concepción de Dios que tengamos.


Así pues, si ya llegaste aquí, en la lectura de este Trazos a Mano, te pido disculpas, pues te hice venir hasta acá, para ponerte a pensar en la idea de Dios que tienes, la forma como lo concibes personalmente y la manera como te relacionas o no con él.

Yerko Reyes Benavides

miércoles, 9 de junio de 2021

La Sonrisa

Es una capacidad innata, intuitiva e instintiva, no necesita ser aprendida, le es natural y propia a la persona incluso más que el llanto.

Es estéticamente la expresión más hermosa del ser humano.

Es terapéuticamente sanadora. Hace bien a la química del cuerpo y además es factor dominante en procesos de curación psicosomáticos.

También está relacionada con el bienestar espiritual de la persona, que expresa un clima interior de equilibrio (homeóstasis) serenidad, confianza, alegría y paz.


Encontrar razones para sonreír es un verdadero desafío, más en los tiempos en los que vivimos.

Mientras el mundo se devana por ofrecerle al hombre la utópica felicidad, Dios le da a la persona cada día razones para vivir en alegría: reconciliación, perdón, salvación, paraíso, vida eterna, plenitud, esperanza, libertad, Espíritu Santo, gracia, la Virgen María.

Al hombre, hechura de sus manos, lo convierte de creación a creador, de creatura a hijo e hija de su divinidad, imagen suya; cambia su corazón de piedra y le concede un corazón de carne.

Las razones del sufrimiento humano, Cristo las convierte en Bienaventuranzas, motivos para la alegría y razones para la esperanza.
  • Si tan solo por esta ocasión nos hiciéramos de la vista gorda y omitiéramos el hecho de que hicimos de un acto intuitivo un acto aprendido que necesita de argumentos, circunstancias y razones.
  • Si dejáramos por un instante de buscar argumentos, y hacer depender de otros cosas lo que es muy nuestro.
  • Si por tan solo un momento, nos detuviéramos delante de un espejo y sonriéramos sin tener que darle una razón al intelecto y dejáramos que el corazón se manifestara en ese rato sin restricción (nadie se daría cuenta) sólo tú y Dios.
  • Si hiciéramos del acto de sonreír un ejercicio, y nos habituáramos a ella, seguramente aparecerían con más rapidez las razones más sencillas que nos harían sonreír cada día.
De este tema no quiero hacer una apología, ni un artículo de ciencias, sino darle qué pensar a la razón para distraerla y al espíritu la oportunidad para encontrar el camino que nos lleve a la sonrisa.

Yerko Reyes Benavides

sábado, 5 de junio de 2021

Amar a Dios

Trazos a Mano

Un día se a ti se acercó un escriba, al parecer era un joven estudiante de la ley; sin embargo, ya tenía el conocimiento para saber demás lo que a ti te iba a preguntar.

Dejaste que se acercara a ti, le diste confianza, algo viste en su joven corazón, quizá uno que buscaba la verdad más allá de los intricados prolegómenos de la ley.

Sin mucho preámbulo fue directo al punto: Maestro, ¿puedes responderme? ¿Cuál es entre todos los mandamientos, leyes y preceptos el primero de todos?


A él le dijiste, lo que ya sabía, pero era necesario destacarlo nuevamente, pues siguen pasando los años y se sigue olvidando, que lo primero para todo ser humano fue, es y será:
“Amar a Dios con todo el ser, alma, mente y corazón y al prójimo como a uno mismo”. (Cfr Mt 22,34-40)
No hay otro mandamiento más importante, no hay otra ley o norma que lo sustituya, no hay y aunque la inventen para complacer la incompetencia humana para arriesgar a hacer del amor la medida de su vida, mandamiento alguno que esté por delante de este.

No será nada fácil hacer vida tan grande mandamiento, pero para que tuviéramos la referencia y no nos perdiéramos en la búsqueda de complicados procedimientos, dejaste claro el camino:
“Un mandamiento nuevo les doy: ámense los unos a los otros como YO los he amado” (Jn 13,34)
No hay otro lugar a donde mirar, ni a nadie más a quien acudir, vivir en amor, es amar a la medida de tu amor, Señor Jesús.

Yerko Reyes Benavides

viernes, 14 de mayo de 2021

Lo que está en mis Manos

Trazos a Mano

Seguramente en más de una ocasión te has encontrado con personas, lugares o situaciones que implican para ti, en lo personal, un gran desafío, un reto inevitable, o incluso, se plantan ante ti en forma de interpelación para tu fe.

Con este artículo no pretendo ser ingenuo, ni tampoco iluso, estoy consciente que no siempre y no en todos se da el hecho que la fe sea un criterio fundamental en la manera como se vive o se decide el quehacer cotidiano.

En muchos la fe y la religión, junto con el culto y la devoción son un ropaje, una vestimenta de ocasión, y a veces ni si quiera llega a ser dominguera, pues para algunos creer en Dios no implica estar en comunión con un comunidad; y viven en un less a fare de su fe.

No es raro, entonces, encontrar quienes justifican esta forma de fe individualizada, diciendo que no hay iglesias perfectas, ni comunidades santas. En ello tienen razón, pero olvidan que si no hay iglesias perfectas, ni comunidades santas es porque no hay personas perfectas, ni personas santas, y tú, si eres de los que piensa de esta manera, eres la excepción, como para eximirte de presentar la ofrenda de tus manos y de tu corazón en una de ellas.

La buena noticia, es que si bien no hay personas perfectas, ni tampoco personas santas, si las hay que están poniendo de si sus mejores dones y dotes y buscando permanentemente la gracia de Dios para serlo.

Con lo antes planteado, pasamos al punto que nos ocupa, para no distraer la atención, por más tiempo y argumento a esta “Meditación Fugaz”.

La coherencia entre el decir y el hacer, entre el sentir y el pensar, entre el proclamar y el obrar siempre será requerida para las personas que expresan su fe abiertamente. Pero más allá, del hecho de satisfacer las expectativas de otros, está la necesidad de corresponder a la propia consciencia y ser cónsono consigo mismo, aunque nadie esté viendo.

La fe, sin lugar a dudas es testimonial, pero al primero que se ha de dar testimonio e a sí mismo, para que todo cuanto se diga o e haga sea el resultado del acto maduro de vivir según lo que se cree, y no de creer según se vive.

Teniendo esto en mente, sabemos y seguramente ya lo hemos vivido, que no siempre es sencillo afrontar situaciones desafiantes, bien porque implican un riesgo para nosotros y nuestra integridad o bien porque conllevan un riesgo para otros y su integridad.

Lo que no hemos de hacer, y menos si en verdad queremos vivir a la manera de Cristo, es pasar de largo, hacernos los indiferentes y, mucho menos, cerrar nuestro corazón en la indolencia. Un invitación clara de esto la encontramos en la parábola del Buen Samaritano, texto sagrado en el que se inspira este criterio espiritual del que venimos tratando (Cfr. Lc 10,29-37).


El criterio espiritual, vencida la tentación de la indiferencia, es preguntarnos y actuar en consecuencia a la respuesta obtenida:
“¿Qué está en mis manos hacer para llevar el Amor de Cristo a esta persona, lugar o circunstancia?
Es decir, una sola es la pregunta y esta se adapta según sea la necesidad de encontrar la respuesta que determina el quehacer. Así pues nos queda:
- ¿Qué está en mis manos hacer para llevar el amor de Cristo a esta persona, familia, niño, joven, compañero de trabajo….?

- ¿Qué está en mis manos hacer para llevar el amor de Cristo a esta institución, comunidad, parroquia, sector, empresa, trabajo…?

- ¿Qué está en mis manos hacer para hacer presente el amor de Cristo bajo esta circunstancia de soledad, injusticia, guerra, pandemia, pobreza, desempleo, indigencia, marginación, persecución, enfermedad, duelo…?
En realidad el criterio espiritual no es la pregunta en sí, sino lo que está en el trasfondo a ella, y es, estar del todo claro, que tenemos lo necesario para actuar en amor a Cristo.

Descubrirnos a nosotros mismo en posibilidad de cambiar el mundo, ya es un criterio no sólo espiritual sino que nos hace ser en este mundo otro Jesús.

Yerko Reyes Benavides

viernes, 23 de abril de 2021

De lo pequeño Dios se sirve

Meditación Fugaz

Jamás subestimes lo que hay en ti,  e incluso, de lo que no sabes, de lo que no has si quiera imaginado o de lo que puedes descubrir de ti en ti.

Jamás subestimes lo que eres, lo que tienes, lo que has aprendido, lo que has alcanzado; de tus dotes y de tus dones. 

Y, jamás subestimes lo que Dios puede hacer con la ofrenda más humilde y pequeña que provenga de ti y puedas poner en sus manos.
Ser humilde no es decir “no tengo”, sino decir, “lo que tengo te lo ofrezco, Señor”. 
Por tanto, todo lo que hagas, por muy chito que esto sea, si lo haces en amor a Dios, él lo recibirá de tu corazón como una ofrenda agradable a sus ojos, que sube hasta el altar del cielo como el incienso. (Cfr Salmo 141,2)


Trazos a Mano
Yerko Reyes Benavides

miércoles, 21 de abril de 2021

Referencia

Meditación Fugaz

Hay tanta información, tanto que ver, tanto que descubrir y tan poco tiempo para hacerlo.

La tecnología nos ha mostrado que el mundo cabe en un pañuelo, abriéndonos los lugares más recónditos y que jamás hubiésemos tenido acceso a ellos si no es por este medio. Esto nos deja expuestos, es evidente que despierta nuestra curiosidad, la información se ha vuelto objeto de consumo y no de aprendizaje, y por tanto se ha vuelto desechable: ¿Cuánto puede durar algo que se exponga en el ámbito virtual? Bajo estos parámetros muy poco, cuestión de días, horas o incluso minutos.

Una tendencia es una moda que se vuelve fugaz, rápido llega al punto más deslumbrante, roza el quicio de su popularidad, y así como fue elevada a lo más alto, desaparece sin dejar rastro.

La fe ha entrado en esta carrera loca, buscando abrirse paso en este transitar fugaz, queriendo posicionarse sin quedarse atrás y hacerse una tendencia. Sin embargo, la fe es el medio que sustenta algo bien profundo, intenso, que involucra no sólo momentos, sino la vida misma, es, el escenario de nuestra experiencia de Dios; y aunque nuestra relación con Dios tenga momentos de exaltación, de clímax místico, la mayoría del tiempo se da en lo cotidiano, donde lo que está de moda no tiene cabida, y es necesaria una referencia sólida que anime el lazo de amor que nos une y nos mantiene en Dios.


Haciendo alusión a un personaje de la TV y parafraseando su expresión típica:
"Las tendencias pasan, la experiencia queda" y es la que nos mueve día a día y nos hace testigos de la bondad y de la misericordia del Señor.
Y es lo que hemos de buscar , encontrar y propiciar más allá de esta marejada que nos trae la virtualidad.

Yerko Reyes Benavides

domingo, 28 de marzo de 2021

Pasará

Trazos a Mano

No han sido pocas las ocasiones en las que la tempestad ha golpeado la puerta de nuestra vida. La pena ha llegado y se ha instalado con tanta fuerza en el corazón, que nubla la mirada, incapaz por el dolor de mirar más allá de su agonía.

Esos días se hacen interminables, la sensación del "no pasará" agota al pensamiento que queda atrapado en la espiral que deja el torbellino de la dificultad a su paso.

Las ganas de desistir se apoderan del existir que se percibe en extinción. Se baja la cabeza en abatimiento y en un acto desesperado se clama al cielo por un milagro; no hay respuesta, no al menos como se espera.


De pronto el rostro es bañado por una suave brisa que hace que las lágrimas se detengan; es la voz de Dios, un suspiro en el interior: 
El cielo y la tierra se acabarán y con ellos cualquier pena, pero mi amor no pasará, y te he amado desde mi plenitud para que estés conmigo por toda la eternidad; así que mientras todo pasa, haz que pase mi amor en ti.
Yerko Reyes Benavides